Una Mujer con mayúscula, por Francisco J. López B.

En el año 1999, con la publicación de “La Sección Femenina” (1), Luís de Otero continuaba con la explotación del filón que había encontrado en la espulgación de los textos educativos más rancios y bufos de lo que fue el dominio del nacional-catolicismo en la vida española durante la dictadura de Franco, en la serie iniciada por “Al paso alegre de la paz” (1996) y concluida por “En el nombre de Franco, del Hijo y del Espíritu Santo” (2003).
El citado libro, continuación inequívoca de “Mi mama me mima” (1997), transmitía una imagen estereotipada, bien resumida por Juana Vázquez en su artículo para El Mundo (2):
”Se trata, en último término, de esa mujer reina-esclava, que ocupaba el solio de la casa pero que su inteligencia, si la tenía -puesto que por muchos era negada- consistía en hacerse la boba para que el macho ibérico se sintiese «realizado» y no tuviera que obligarle a doblegar más la cerviz en materias caseras.
[...] ¡Qué responsabilidad, para las de la sección femenina!, cuyo trabajo consistía en adoctrinar a la españolita en las virtudes de la esposa del caudillo, espejo en el que debían mirarse todas.”
Esta caricatura, responde en fiel medida a la definición sesgada que de la Sección Femenina podemos encontrar en Wikipedia (3):
“Finalizada la guerra su labor se centró en instruir a las jóvenes sobre como ser buenas patriotas, buenas cristianas y buenas esposas, relegando su papel como mujeres independientes a una subordinación total al hombre.”
Lo ciertos es que casos como el que nos ocupa, desmienten a las claras asertos como el de la última afirmación.
La mujer de la foto se educó en un colegio de ambiente religioso y tradicional, lo cual logró a pesar de su origen humilde, quemándose las pestañas a la luz del carburo para mantener las becas que lo posibilitaban.
Cuando a temprana edad y sin haber pasado una noche fuera de su casa acabó la carrera de magisterio, no buscó un puesto cómodo, sino que solicitó una plaza de interinidad en una escuela rural. Una de esas escuelas llamadas de integración, en que los niños de varias edades recibían clase a un tiempo, compartiendo los mismos bancos, que por las noches ocupaban sus padres con las ropas aun llenas del polvo de la labor, pero deseosos de huir de la tiranía del analfabetismo.
Una aldea perdida en la serranía a donde la joven maestra tenía que acceder a pie o a lomos de un borriquillo, en una escalada de cinco kilómetros desde el pueblo donde la había dejado el autobús de línea. Sin agua corriente, sin luz eléctrica, compartiendo las humildes condiciones de vida de sus alumnos pequeños y grandes, supo ganarse su respeto y su cariño, expresado en el inmenso centro ornamental de cerezas con que volvió cargada a su ciudad natal al acabar el curso, convertida ya en una mujer muy diferente de aquella chica de ciudad que había sido.
Posteriormente acudió al Curso Nacional de Monitoras de Educación Física en el Castillo de la Mota, lo que posibilitó su primer encuentro con otras jóvenes del resto de España que nunca había visitado, vivencia que enriqueció su sentimiento de arraigo nacional y de entrega a una causa común. A su regreso fue nombrada Regidora Provincial de Educación Física, cargo que desempeño por tres años en los cuales trabajó por llevar el deporte a las zonas rurales, formando equipo con otras mujeres y hombres que vistiendo la camisa azul y afrontando los rigores de las carreteras de la época lograron llevar el deporte y la educación sanitaria a los más recónditos rincones de su provincia, haciendo a su vez un ímprobo esfuerzo de recopilación del folclore popular gracias al cual muchas danzas y coplas tradicionales no se han perdido.
Aun tuvo voluntad de repetir por otro curso su experiencia como maestra rural, para después casarse y criar a sus hijos.
Pero no acabó ahí la historia de esta mujer valiente. No se acomodó, ni se anuló. Cuando sus hijos tuvieron edad de usar una llave, volvió a su labor docente, que desempeñó hasta la edad de jubilación, compaginándola como tantas mujeres de su época con el cuidado de su casa.
Socorro, que así se llama, siempre ha sido y aun es una mujer independiente, culta y con criterio propio, nada más lejos de la figura de porcelana que Otero y sus compinches nos han querido vender.
No os engaño, lo sé de primera mano. Ella es mi madre.


![maria antonia[1]](http://www.hispaniainfo.es/web/wp-content/uploads/2013/05/maria-antonia1-50x50.jpg)















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