El corazón tiene sus razones, que la razón no entiende. Pero también la inteligencia tiene su manera de amar, como acaso no sabe el corazón. José Antonio.

El capitalismo, una mentalidad

PATRIA SINDICALISTA / A algunos de los que ya peinamos canas nos da por ser utópicos, y ello acarrea, si no el desprecio, sí la conmiseración de nuestros conocidos o contertulios. Pero es una condición que mantenemos contra viento y marea, aunque sólo sea por llevar la contraria a Churchill más allá de la tumba, acerca de aquello d ser revolucionario a los veinte y conservador a los cuarenta, etc., etc.

En realidad, lo que nos ocurre, por lo menos en mi caso –aprendiz de montañero– es que somos infatigables perseguidores de horizontes: cuando se alcanza una referencia que parecía lejana, el horizonte está aún más lejos, lo que obliga a no dimitir del camino.

Proponer en nuestros días una alternativa al sistema capitalista es una de esas utopías –bello horizonte, por otra parte–. La mundialización lo retroalimenta y no se vislumbran, de momento, más síntomas de derrumbe que la crisis, que seguro sabe bien cómo gestionarla con ayuda de los políticos. Marx se equivocó, al parecer, y llevó a este mismo error a Mussolini y a José Antonio, que aceptaron sus previsiones aunque no sus propuestas. Los centros de poder económico están bien consolidados y sí se está produciendo la acumulación de capitales o, por lo menos, de esos centros de poder. No es extraño que el economista Funes Robert haya predicado, desde una original perspectiva de raíz joseantoniana, una “nueva lucha de clases”, con el importante matiz de que la clase dominante estaría formada exclusivamente por los financieros y sus aliados políticos, y la dominada, por todos los demás seres humanos.

Por otra parte, han surgido voces autorizadas que relativizan la otrora indiscutible democracia como sistema político excluyente de todos los demás e inherente al sistema capitalista; en efecto, ¿quién toma decisiones en Atenas, Roma, Madrid… o Berlín? ¿los gobiernos elegidos por los pueblos? Según estos analistas políticos, la democracia como sistema político quedaría reducida a asuntos locales, de política doméstica, pero las grandes decisiones seguirán tomándose en aquéllos centros de poder, cada vez más concentrados en cuanto a iidividuos y sectas y más diversificados en cuanto a sus alcances.

Primera y apresurada lectura: al capitalismo ya no le sirve su juguete, la democracia, como sistema; como dejó de servirle en un momento dado el totalitarismo del fascismo, tras su deriva conservadora. Segunda lectura: todos los sistemas políticos y económicos han tenido su nacimiento y fecha de caducidad; si ahora le está tocando al brazo político, ¿quién nos asegura que, debido a la capacidad humana de imventiva y esfuerzo, no le podrá tocar en el futuro al brazo económico?

Lo dicho; para los que entendemos la democracia como otra cosa (esa vida libre y apacible) y denostamos el capitalismo, de momento es perseguir horizontes…

A todo esto, creo que no hemos definido con suficiente rigor qué es el capitalismo y este era el objeto de estas líneas. La definición académica (“Régimen económico fundado en el predominio edl capital como elemento de producción y creador de riqueza”) se nos antoja claramente insuficiente. Porque el capitalismo, más allá de las formas que ha adoptado a lo largo de la historia, es ante todo una mentalidad. Más que de régimen o sistema capitalista, debe hablarse en propiedad de sociedad capitalista, cuyos miembros, casi sin distinción, merecen este apelativo por estar en posesión de esta mentalidad.

¿Y en qué consiste esa mentalidad capitalista? Como cualqueir forma de ser y de pensar, parte de unos –llamémoslos– “valores”, que en este caso son el materialismo y el consumismo. Ambas características suelen aplicarse a las circunstancias culturales de la Modernidad y la Postmodernidad (o “modernidad líquida” según Baumann), pero estas no son más que las derivaciones históricas de un cambio de mentalidad en la historia de la humanidad que puede remontarse más allá incuso de la Ilustración y el Liberalismo, porque provienen de la impronta del Luteranismo y el Calvinismo, como veremos.

La mentalidad capitalista, como afirma Heleno Saña, se opone “a la noción clásica de ascetismo y de frugalidad”; la idea cristiana de la renuncia y el ideal renacentista del homme complet son extraños al capitalismo. No se trata del natural deseo de satisfacer holgadamente unas necesidades, sino de la avidez que proporciona el afán de lucro, esta avidez lleva a la codicia, a la insolidaridad, al hedonismo y a la ambición desmesurada; de ahí, “a los instintos más groseros del hombre”.

Según la conocida teoría de Max Weber, el “espíritu” del capitalismo debe rastrearse históricamente en la ética del reformismo protestante y, más concretamente, en la del calvinismo y sus derivaciones: Dios concede a sus elegidos un signo de que son tales en la tierra, el éxito económico dimanante de su actividad profesional, mientras que los que no figuran en el numerus clausus de los predestinados deben conformarse con ocupar el modesto lugar de los asalariados. Ambos grupos –elegidos y no elegidos; triunfantes y asalariados– lo son, según esta teoría, ad majorem gloriam Dei. Por el contrario, el Catolicismo, con su afirmación del libre albedrío y de la libertad humana, como emanantes de la dignidad otorgada por Dios al hombre, repudia, por una parte, cualquier forma de predestinación o determinismo y, por la otra, condena la usura en todas sus formas, el afán grosero de riqueza opuesto al amor al prójimo.

Weber justifica así que los países donde triunfó la Reforma se incardinasen en la vía capitalista, mientras que los católicos (España, Italia) quedasen a la zaga del progreso. Ésta óptica fue asumida por parte del alicorto liberalismo español del XIX y así nos fue.

Sea como sea, todo este fundamento teológico de la economía quedó para los estudiosos dela Historia. Para el resto, la “mentalidad” del capitalismo ha sido asumida plenamente y es la que prevalece en todos los niveles, clases sociales e individuos, porque, como dice el propio Max Weber: “El sistema capitalista actual es un cosmos terrible en el que el individuo nace y que es para él, al menos como individuo, como un caparazón prácticamente infranqueable, dentro del que tiene que vivir”. Esta afirmación puede trasladarse sin cambiar una coma a nuestra época, añadiéndole quizás el carácter de mundialización de esta mentalidad. El sistema “educa” a todos sus elementos productivos y los condiciona en sus preferencias, comportamientos y ética.

Tan capitalista es el financiero como el gran accionista; tan capitalista es el parado como el obrero de la construcción, el autónomo el intelectual de izquierdas o el mangui que simula una dolencia o pide para sus hijos inexistentes en un vagón del metro; todos ellos están alienados por el sistema y aspiran al mismo afán de lucro. Si se intercambiaran los roles sociales, unos y otros actuarían dela misma forma que los “opresores”. Esta mentalidad capitalista se une a la vieja tradición dela Picaresca y de ahí surgen la corrupción del político, la cultura del pelotazo, el vericueto para defraudar a Hacienda y un largo etcétera sobradamente conocido.

Quien aspire a transformar la sociedad, incluso en la bella utopía de un sistema futuro más justo y solidario que sustituya al capitalista, tiene en la Educación un campo de actuación, acaso más difícil que el de la antigua barricada o el de la moderna reivindicación.

Los que os dedicamos a esa educación sabemos de esa dificultad: competimos con todo el despliegue de medios del sistema, incluyendo las poderosas nuevas tecnologías, con todo el atractivo dela “novedad” constante, con el ardor consumista, con la comodidad del pensamiento débil. Nuestros alumnos suelen responder a las preguntas sobre sus aspiraciones en la vida conn un inevitable “ganar mucho dinero”.

¿Tarea imposible? ¿Sermón perdido en el desierto? Sólo la constancia y la acción –lo mejor coordinada posible– de quienes perseguimos horizontes en el siglo XXI puede suscitar, por lo menos, dudas sobre la bondad de lo que estamos viviendo. E esa duda –cuanto más metódica mejor– puede salir en algunos la pequeña luz que alumbre esa utopía de los que hoy en día somos considerados como ingenuos.


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