PASEANDO POR LAGUARDIA
Ola de calor en Navarra, valores significativamente altos en el resto de la Península. En el porche de mi casa, 28°; en el txoko de mi primo, 18°; en el coche del alcalde, bajo 0°.
Y en un día tan caluroso como el de hoy, martes 26 de junio, el que suscribe no tiene otra ocurrencia que echarse a la carretera en plena hora de la siesta, después de meterme entre pecho y espalda unas pochas viudas de entrada y una cazuelita de bacalao ajoarriero, de salida. Conste que he perdonado el postre; unas peras al oporto que da gloria verlas. Ni media docena de coches me cruzo en todo el camino, la verdad, tal es la solanera que cae, a tal punto que los dardos ardientes hacen danzar a lo lejos el asfalto de la carretera cual espejismo en el desierto. En días así es cuando se echa de menos modernidades tales como es el aire acondicionado en los vehículos, pero qué le vamos a hacer si la rocosa y veinteañera Volkswagen venía de serie sin semejante artilugio.
Con la intención de entretener la tarde y las primeras horas de la noche paseando arriba y abajo las calles de Laguardia, ignoro la ola de calor, pues siempre que me he acercado a la evocadora villa medieval, el descubrimiento de un nuevo rincón ha hecho que la excursión mereciera la pena. Debido a sus empinadas cuestas –la villa está enclavada en un altozano, como no podía ser de otra manera al tratarse en sus orígenes de un soberbio castillo fundado con una eminente función defensiva, donde los navarros luchaban encarnizadamente con los castellanos por el control de La Rioja–, deambular entre las calles de la localidad alavesa con estos calores no deja de ser una temeridad.
La furgoneta se queda aparcada fuera de la muralla que rodea la ciudad; una robusta obra de piedra de sillería de varios metros de altura, que todavía conserva cinco de las puertas que la franqueaban en sus orígenes, coronada con un adarve almendrado. Despacio, sin prisa, sabedor de lo que me espera –empinadas cuestas, calles adoquinadas y estrechas, callejuelas recoletas y un largo paseo ajardinado–, accedo a la villa por la puerta de San José. Mi primera intención es adentrarme hasta el centro de la villa, donde se encuentra su plaza mayor porticada y el ayuntamiento nuevo, que luce en su fachada el escudo de la villa y un reloj carillón de autómatas que, a las ocho de la tarde, danzan por tercera vez en el día al ritmo de un pasacalles. Contemplado el espectáculo, me encamino en busca de mi destino final: la estatua del fabulista Félix María Samaniego.
Como todavía me queda un buen trecho por recorrer antes de llegar a su encuentro, y habiéndose mitigado el calor sofocante entre las calles sombrías, decido darme un homenaje de cafeína. Así pues, entro en la primera tasca que se pone a mi alcance. Una de esas tabernas que tanto abundan por aquí me recibe con un intenso olor a vino.
Una vez las pupilas corrigen su dilatación para acostumbrarse a la oscuridad que reina en el local descubro que, a este lado de la barra, hay un hombre de ancha faz encarnada, con una nariz grande, gorda, roja y surcada por una maraña de venitas azules, orondo, de movimientos desasosegados y trémula voz cavernosa. Prendida en el ojal de la sahariana que viste lleva una insignia de oro que representa el escudo de armas de su familia, supongo.
Como digo, el hombre está junto a la barra, sentado en un taburete de madera, el antebrazo izquierdo acodado sobre la misma, la pierna del mismo lado un poco flexionada, y en el intersticio de los dedos índice y medio de la mano izquierda sostiene un caliqueño que, además de representar la rebeldía del portador, desprende un olor apestoso, sin embargo los hilillos de humo son de un azul celeste purísimo. Aparentemente irritado por el calor, el hombre balancea su robusto trasero sobre el frágil taburete, da una calada al caliqueño y llama al camarero por su nombre de pila, quien sigue a lo suyo sin hacer cuenta de nuestra presencia. Entonces, incorporándose, suelta un gruñido: «Ponme un buen francés, redíos, que parece que estás en las nubes, chaval». De un solo trago vacía la copa de vino que el camarero, ahora solícito, ha dejado sobre la barra, sujeta el caliqueño entre los dientes, se lleva la mano al bolsillo del pantalón y saca dos monedas que deja dentro de la copa. Acto seguido se marcha del lugar con el gesto desabrido. Es al alejarse de espaldas cuando caigo en la cuenta de que la manga derecha de su sahariana cuelga vacía.
Mientras el camarero prepara el servicio de café con hielo que le he pedido, encogiendo los hombros y enarcarndo las cejas, en el gesto universal de la universal impotencia, susurra resignado: «paciencia».
–Un manco con muy malas pulgas parece el hombre» –me atrevo a meter baza.
–Es un viejo amargado que bebe demasiado, para el que todos los días amanecen nublados y que se pasa el día jodiéndole la vida al prójimo –responde el camarero sin levantar la vista de la faena–. Aunque motivos, bien mirado, le sobran. Según comentan los más viejos del lugar, en sus buenos tiempos ése ser huraño que acaba de salir por la puerta fue un pelotari amateur con un futuro deportivo prometedor; pero vio truncada su carrera profesional antes de que ésta comenzara, cuando perdió el brazo aplastado con una prensa en la fábrica de Fagor de Mondragón en la que trabajaba.
–Y a santo de qué viene eso del “buen francés”, si puede saberse –le pregunto por rellenar la inmensa laguna de mi ignorancia.
–Nada… dichos de por aquí…, que durante la Guerra de la Independencia, para pedir un buen Rioja, se decía: ¿Tienes un buen francés?
Acto seguido, dejando la taza de café encima del platillo y ante mi gesto alelado, el camarero me explica que la patriótica expresión hacía referencia a la curiosa técnica de hacer desaparecer el cadáver de un soldado gabacho en la cuba de fermentación, lo que sin duda debía conferirle al vino un gusto particular, particularmente apreciado por algunos paladares patrios de la zona.
Asimilada la explicación, pago el importe del café, me despido del camarero, salgo a la calle, pongo rumbo hacia el Paseo del Collado, y cuando llego allí completo su recorrido de principio a fin. Al término del mismo, en un lugar privilegiado desde el que se tiene la panorámica más espectacular que de las bodegas y los viñedos de la Rioja Alavesa pueda contemplarse, me hallo, protegido por la sombra de una pérgola de forja, a los pies de un pequeño monolito de granito que está coronado por un busto de bronce. Allí concluyo el camino y la jornada, junto a la efigie de D. Félix María Samaniego, músico, literato, fabulista y natural de la villa de Laguardia.




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como el capitán Tan, espero seguir leyendo y disfrutando tus viajes a lo “largo y ancho de este mundo”, que es España.