Lo que guarda un cajón
Por Carlos Paz.
Uno de los momentos más penosos por los que puede pasar una persona es el verse obligado a dejar su casa, abandonar el lugar que le vio nacer y crecer, ese en donde si el destino da su permiso, alguno de los seres más cercanos exhalaron el último aliento y murieron. Una infinitud de sentimientos y recuerdos le recorren a uno el cuerpo cuando ha de cerrar por última vez la puerta de entrada del hogar, echar el cerrojo sabiendo que jamás volverá a entrar, dar el portazo a muchos años y al final de otras tantas cosas. Porque de no ser así, si por el contrario al despedirse de la casa familiar se esboza un estulto “sólo son cuatro paredes”, no quepa ninguna duda que se es un auténtico desalmado. Por esa experiencia pasé yo hace un tiempo, y se me hace muy difícil acertar a describir lo que sentía en ese momento, al ver las paredes desnudas, descuidadas, desgastadas por el paso del tiempo, con pequeños desconchones en las esquinas, pequeñas porciones del suelo levantado por el ir y venir de decenios, tristes cables a su suerte donde antaño colgaban espléndidas lámparas, rememorando cómo aquellos espacios fueron en otro tiempo ocupados en alegres fiestas por tus padres, por familiares que ya no están en este mundo, que nunca volverás a poder ver, hablar y tocar, sentir que una parte consustancial de uno mismo queda encerrado en aquel lugar para siempre.
Y para llegar esa situación, un tiempo antes uno ha de haber ido seleccionando qué cosas se lleva, cuáles abandona en la basura por viejas, por rotas o inservibles, y observa con estupefacción cómo tales objetos nunca fueron apreciados de esa manera ya que en verdad conforman importantes recuerdos, imborrables algunos, difusos otros, aunque todos al unísono parte intrínseca de ti mismo. Pero el mundo moderno obliga a soltar lastre, exige para llegar a ser un modélico ciudadano cosmopolita a no tener pasado ni raíces, a ser posible ni creencias, y los recuerdos resultan por lo tanto molestos e inútiles, un estorbo.
Aunque me gustaría poder escribir, -ya que queda muy literario-, que fue buscando en el desván, en verdad no fue así, más que nada porque nunca he tenido de eso, sino que fue perdido en un sin fin de cajones, entre un océano de libros hasta entonces desconocidos, revolviendo sin parar entre papeles ya amarillentos y carpetas viejas llenas de fotografías e ignotos papeles que te llevan a elucubrar miles de cosas, algunas inconfesables, donde me encontré conmigo mismo. Y sin parar de rebuscar no sabiendo muy bien el qué, aparecieron todo tipo de cosas imaginables, gomas carcomidas y medallas, objetos diversos a cada cual más absurdos, de esos que te es imposible no preguntarte qué hacían allí, sin acertar a poner orden entre todo un huracán de sensaciones que producen un intenso vértigo entre tanto caos. Y en estas te topas con escritos que no reconoces como propios, avergonzándote al leer unos y admirando incrédulamente los menos.
Ronda triste por la noche oscura
buscando un no sé el qué que se perdió,
por calles extrañas sin guía ni farol
sin saber a donde voy ni do está tu balcón.
Angustia de mi alma torturada
tristeza en la larga noche sin luna,
arrullo de amores en la sombra
densa y pesada de la esquina.
Palabras de amor que a mis oídos llegan
llevando la nostalgia a mi espíritu,
parejas que pasan a mi lado
dándome sueños de ventura.
Tristeza en mi alma por tu ausencia
temblores de mi cuerpo por tu recuerdo,
golpes de mi sangre apresurada
recuerdos de mis sueños sin ventura.
Versos sencillos e intrascendentes, sin gran calidad, pero que cuando fueron escritos lo eran seguramente todo para uno. No había reparado nunca en estos poemas plasmados en aquel papel, que ahora en mis manos se presentan realmente lejanos y viejos.
Y recuerdas cuando la realidad se te ofrecía enteramente diferente, y tú estabas repleto de soberbia, de alguna manera entre santa e irreverente, y sentías que todo era posible. Aquellos días en que sentías que podías atreverte a todo sin ruborizarte.
Noche mentirosa, noche
que haces romperse la luz
entre tus quiebros
y haces soñar vivos fantasmas
en tus esquinas falaces.
Noche que recuerdas mi ventura,
noche que haces soñar despierto
que embancas el placer
¿me quieres decir tu secreto?
Tú que cobijas amantes
y sabes de rondas secretas,
que ayudas infidelidades
bajo tu capa de muerto;
tú que tanto sabes
¿por qué no me dices tu secreto?
En vano te interrogo,
a ti, a tus sombras y a tus astros
sin hallar jamás la respuesta,
en vano recibo tus lluvias
y pregunto a tu luna pálida,
y corro tus portieres negros
pero si ni aún así quieres decirlo,
¡quédate con tu secreto!
¡Quédate, amiga noche,
con tus colores de muerto!
Porque piensas que el que más o el que menos, ha escrito a escondidas algún verso en su vida. Y sonríes al recordarte como un enamoradizo adolescente, y te reconoces al leer:
Ella ha leído mis versos
en sus pupilas divinas,
se han pintado estas rimas hechas de sangre y suspiros.
Ayer me oyó declamar éstas mis pobres canciones,
estos pálidos renglones
de mi gloria de amar.
De esta gloria triste y grande,
de esta gloria dolorosa
clamoroso eco de mi sangre,
hecha lava tumultuosa
que busca, enloquecida
besar su boca querida
por quien llora y suspira
mi pobre alma temblorosa,
como frágil mariposa
dormida en flor helada.
Y te preguntas en qué momento te hiciste un hombre, suponiendo al instante que fue al empezar a tomar responsabilidades. Y caes en la cuenta que aquel desamor, ese que a todo hombre que se precie le ha destrozado y se le ha hecho imposible recobrarse, supuso el motivo por el cual abandonó uno eso de escribir.
¡Bebamos que viene el día,
empuñemos otra copa
que aquesta, que ya está rota,
de nada nos servirá!
¡Escancianos licorero,
escancia tu alcohol divino
llena mi copa de vino
y bebamos por mi amor!
Saca tus rojas botellas
esas blancas y esas verdes,
que el que más llora más pierde
en este mundo de dolor.
¡Basta de cantar amores
tristes y desesperados,
con las bellas a mi lado
cantemos enloquecidos!
¡Vengan acá esas botellas
bebamos más vino, hermanos
que por sus divinas manos
os juro que os va a gustar!
Escancianos licorero,
pon mi copa rebosante
porque, quizá, en este instante
con otro se vaya a besar.
Escancianos licorero
hasta estar enloquecidos,
a sátiros parecidos.
¡Besamos sin descansar!
Bebamos hasta olvidar
las cuitas del corazón,
¡hasta perder la razón
que de nada sirve ya!
Bebamos que viene el día.
¡Hurra ya ha salido el sol!
Brindemos muerte al amor
empuñando nuevas copas.
Llenad, otra vez, los vasos
abrid, abrid, más botellas,
¡apretaos bien a las bellas
que se desmayan de amor!
Llenad los vasos de nuevo
bebed con nuevos furores
que del vino los vapores
la mente nos cubrirá.
Mirad como alzo mi copa
como os miro sin llorar
como no pierdo lugar
de llenar otra vez mi copa.
Bebamos que viene el día.
¡Hurra ya nos da el sol
bebamos que viene el día
y olvidemos al amor!
Entonces se despiertan en tu memoria sentimientos olvidados pero no por ello menos verdaderos, reencontrándote con el niño que fuiste, aquél que solamente pensaba en jugar, en permanecer en un rincón imaginando, el que quedó abandonado sin saber ni cómo ni cuándo; y te reconcilias con ese joven que soñaba con dar varias veces la vuelta al mundo para devorarlo todo y un sin fin de cosas más, comprobando entristecido que poco o nada de lo que te ensoñó se ha cumplido…y te es inevitable llorar.



















Llevo tiempo siguiendo este espacio en internet y de los mas interesante son las columnas de este colaborador. Realmente muy interesante.
Los que escriben bien casi siempre hablan (consciente o inconscientemente) de sí mismos, de sus afectos más profundos, de su propia memoria personal, de sus sueños de infancia y juventud frustrados, de sus proyectos ideales no cumplidos, etc.
Otras veces -cuando todo esto quiere guardarse para sí mismo y sólo para uno mismo- se habilita un espacio en el “fondo del alma”, y se guarda como un tesoro para acariciarlo en solitario; o para dolerse como el zarpazo doloroso que un día casi nos partió la vida. Yo creo que en eso nos parecemos casi todos los hombres (ellos y ellas).
El relato de Carlos me ha conmovido (hasta en la fotografía de la casa solariega que lo acompaña). Para algunos (supongo que hay, también, diferencias fundamentales en la concepción de la vida y en la forma de percibir las circunstancias que se producen de manera aleatoria) toda una existencia no es suficiente para recuperar la infancia y la juventud perdidas. Esa es la palabra: PERDIDAS, y además de manera definitiva. Lo que no quita para que la imaginación (esa “loca de la casa” que eleva los espíritus y la capacidad de crear, o mata lo mejor de nosotros en una nostalgia absolutamente destructora) campe libremente por nuestra memoria y en nuestros corazones. Del corazón -por cierto- nacen todos los sentimientos e ideas que nos elevan o nos sepultan.
Tal es la suerte de los hombres y mujeres que no quieren rupturas definitivas en sus itinerarios vitales; que luchan por mantener una linea de continuidad; que no aceptan olvidos o abandonos de parte de sí mismos en el tiempo pasado, que de ninguna manera quieren que se fracture la unidad de sus vidas en compartimentos estancos que puedan aislarse y ser abandonados, según dicte una memoria selectiva de las buenas y de las malas experiencias personales.
Todo esto lo saben quienes no echan su pasado a los carroñeros que se alimentan de los despojos de uno mismo que se va abandonando por el camino, hasta convertirlos en seres irreconocibles, sin pasado, desarraigados, sin tierra, nutrientes, grado de humedad y de temperatura ambiente que los mantendrían como a esos árboles poderosos que engrandecen todo un territorio, o el simple jardín de la casa solariega familiar ya perdida.
Pero es que muchas veces la circunstancia apremia el cambio radical: el que nos arranca de nuestro suelo, de la tierra y de las condiciones ambientales que nos harían la vida más propia, sujeta a nuestra voluntad y gusto. Es lo que se lleva el viento, como en la película que evoca ese cambio de una época feliz a otra de devenir incierto. La imagen de la protagonista apretando el puño con la tierra de Tara y la expresión resuelta de no rendirse al destino fatal de perder su pasado querido, es una de esas imágenes que no se olvidan por lo que de uno en ellas se reconoce.
Pero, ¡ay, amigos!, y qué hacemos con la Providencia. Porque no somos seres autónomos, abandonados a nuestra voluntad, que no siempre nos sitúa ante una visión acertada de las opciones que tenemos delante. La visión completa y más perfecta es aquella que pregunta cuál es la Voluntad que nos enseña el camino que lleva a la felicidad y a la realización plena personal. Desde la libertad que se nos regala, desde la asistencia que no ha de faltar, desde los cuidados seguros del Padre más amoroso, por el camino de abrojos, espinas, cuestas empinadas, piedras, remansos de sombre y agua cristalina donde reposar, vistas imponentes desde las cumbres, el aliento que anima de quienes nos acompañan, y sobre todo el final de triunfo perfecto en el encuentro con el Amor, para siempre, para siempre, para siempre.
En estas cosas hemos pensado muchos muchas veces. Mi conclusión es que sabemos poco, pero tendremos siempre el asidero fijo de quien verdaderamente sabe. Y El, por boca de quienes ha puesto en nuestro camino para ayudarnos, nos ha dicho: El pasado no existe; el futuro no sabemos si llegará; pero EL PRESENTE ESTA AQUI, es la realidad sobre la que tenemos que trabajar y el punto de partida para conquistar el futuro que desconocemos y guardar en la memoria lo mejor de nuestras vidas.
Querido Carlos, hace ya muchos años, cuando comprendí que había perdido la infancia y la juventud de Tara, que se llevó el viento de los cambios irreversibles, yo también escribí unos versos (malos de solemnidad) de despedida y de desgarro interior:
“Sueña el alma perdida en las sombras,
que callan.
Del amor en la tiniebla busca una luz,
que no halla.
Laten las penas y oprimen el pecho,
que estalla.
Sólo queda una llama tenue y azul,
que se apaga”.
Esa es la hojarasca que ha de llevarse el viento de la vida. Vida que se renueva desde la realidad del PRESENTE que ha de llevarnos al Cielo.
Todo esto es tan pequeño, tan efímero, tan insustancial a veces.
Excelente, me ha encantado el artículo.
Enhorabuena a Carlos Paz, domina todos los géneros con gran maestría. Su estilo es elegante, puro y con clase.
¿Para cuándo una tertulia literaria con este columnista, por favor?