“Mucha gente, especialmente la ignorante, desea castigarte por decir la verdad, por ser correcto, por ser tú. Nunca te disculpes por ser correcto, o por estar años por delante de tu tiempo. Si estás en lo cierto y lo sabes, que hable tu razón. Incluso si eres una minoría de uno solo, la verdad sigue siendo la verdad.” Gandhi

Contra las visiones actuales del 18 de julio

Por Gabriel García.

En estos últimos años se ha puesto muy de moda, entre algunos sectores, el querer igualar a los dos bandos contendientes en la Guerra Civil Española del pasado siglo XX, con el objetivo de apelar al hermanamiento y a superar la división entre los españoles. Frente a esa concepción, se alzan también quienes pretenden hacernos creer que el Madrid rojo de 1936 era un paraíso de tolerancia y libertad…
Pues bien, señores, un servidor no se queda ni con unos ni con otros.

Una de las cosas que he aprendido leyendo a José Antonio Primo de Rivera es que las obras de una persona deben de juzgarse en función del fin que buscan y no por la legitimidad legal que les ha otorgado la capacidad de actuar o por la obediencia a las pautas marcadas por la autoridad en el camino de lograr su objetivo. Por lo tanto, en ningún momento podré considerar legítimos los argumentos que apelan a la tragedia de los españoles a causa del carácter abiertamente contrario a la democracia liberal que demostraron la gran mayoría de las fuerzas políticas en el año 1936 (a excepción de los ilusos liberales de turno, incapaces de poder hacer frente a las masas organizadas en torno al marxismo y a los militares y civiles dispuestos a derrocar al gobierno de Azaña por la fuerza).

Cualquier persona interesada por la Historia y libre de los prejuicios progresistas no podrá igualar a quienes quemaban edificios religiosos e incitaban al asesinato de media España con aquellos españoles que defendían a la existencia en el futuro de la cultura cristiana, española y europea. De la misma manera, tampoco puede compararse la actitud de quienes soñaban con la secesión de determinadas regiones de España frente a aquellos que defendían la unidad nacional como parte del proyecto histórico que todos los españoles, desde hace generaciones, hemos tenido en común.
Eso sí, curiosamente, nadie parece hacer hincapié en el mismo sentimiento materialista que compartían las fuerzas “de izquierdas” con las fuerzas “de derechas” (donde, por supuesto, no debe incluirse ni a la Falange ni al tradicionalismo). Y la única persona que metió el dedo en la llaga en ese aspecto terminó ante un pelotón de fusilamiento en una fría mañana del 20 de noviembre en la ciudad de Alicante.

Pasemos a hablar ahora del Madrid rojo… Si nos fijamos bien, la imagen que se vende de aquella época es equivalente a la que ofrecían los líderes socialistas y comunistas del Moscú de 1936 como una especie de paraíso terrenal: otra muestra más del infantilismo y la mentalidad retrógrada de la que tanta gala hace la izquierda política en España. Quizá dentro de unos años maduren y se den cuenta de que ese cuento, igual que el que sostenían en los 60 y 70 del paraíso comunista del Telón de Acero, ya no puede sostenerse más.

Los españoles habremos sido tradicionalmente un pueblo cainita: desde los diversos conflictos entre los reinos cristianos en la Edad Media, pasando por las guerras carlistas y terminando en la última Guerra Civil. No obstante, lo cierto es que en los dos últimos conflictos se decidía mucho más que un simple jefecillo sediento de poder: lo que estaba en peligro era, ni más ni menos, que la persistencia de España como ente nacional tal y como se había conocido desde sus orígenes y no como una fórmula política extranjera importada.
Los partidarios del bando republicano (más bien del bando rojo, porque me da que así es como prefieren que se refieran a ellos) no fueron precisamente unos santos, sino todo lo contrario. Junto con el tema político, una de sus costumbres favoritas para justificar la eliminación física de otros españoles era la cuestión religiosa (y dudo mucho que haya algún cristiano de verdad que, consciente de la Historia de España, pudiera ponerse del lado de los enemigos de la fe cristiana).
Por otra parte, en el bando nacional se unían fuerzas del bien (falangistas y carlistas) junto con fuerzas del mal que aparentaban ser de los buenos (aristócratas y banqueros partidarios de conservar sus injustos privilegios sociales). Pero a muchos españoles, cada vez menos, nos importa que un día hubo compatriotas que, por un ideal superior a ellos mismos, se alzaron contra un gobierno que suponía la negación de todo lo que era y ha sido España.

La culpa del conflicto bélico ha de achacarse tanto al Frente Popular como a determinados capitalistas disfrazados de “fuerzas nacionales”… pero hoy no es el día de acordarnos de esa gente; hoy debemos acordarnos, especialmente, de aquellas camisas azules, de aquellas boinas rojas y de aquellos militares españoles de buena fe que en ningún momento temieron a un destino que se les presentaba muy incierto a la hora de salvar a una nación secuestrada bajo las garras de una siniestra coalición entre liberales, marxistas y separatistas.

Honor y gloria siempre a los caídos por España.
¡Arriba España! ¡Caídos por Dios y por España, PRESENTES!

Por Gabriel García.

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