Una parada en el camino
Camino de Pamplona, hace un par de semanas paré a comer en Puente la Reina. Como suelo. Participaros de las inolvidables bondades gastronómicas que ofrece El Peregrino, de sus magníficos espárragos rellenos de besamel, de su jugoso cordero al chilindrón y de su espectacular helado de mandarina, es de justicia. Como también es de justicia señalar que los molinos de viento que, cual colosales monumentos erigidos en aras del progreso, están apuñalando toda la cima del puerto del Perdón impunemente, son el tributo a pagar, en forma de contaminación paisajística, por las políticas que fomentan las energías renovables.
Esa parada en plena travesía navarra del Camino de Santiago sólo fue la penúltima de otras muchas que se dieron antes, porque la última data del día que concluye, viernes 20 de julio, ya con el sol escondido detrás del horizonte y millones de estrellas festeando de luces el firmamento. De las que se dieron antes no os hablaré hoy, pero permítaseme, apelo a vuestra infinita paciencia, que de esquinazo al insomnio relatando la más reciente de todas.
Lo primero que he de decir es que el “Pobre de mí” se entonó hace exactamente seis días; y lo segundo, que por los pueblos aledaños a Pamplona aún pululan gentes de lo más variopintas, de diferentes nacionalidades y de los más diversos pelajes. Deambulan al tuntún, sin ton ni son, a tientas y a locas, como perdidos, con los ojos vidriosos y sin saber muy bien dónde están, qué están naciendo por aquí o adónde volver.
A tan sólo 24 kilómetros de Pamplona, Puente la Reina es uno de esos lugares que recibe las infalibles visitas de un buen número de curiosos personajes. Uno de estos especímenes –alta, pelirroja, guapa, con la cara y el cuello y el escote y los hombros y los brazos y las manos y las piernas surcados por incontables pecas, todo un tipazo de unos veinticuatro o veinticinco años, pinta de neozelandesa (el top verde con el mapa de las islas y la leyenda I love New Zealand que éste llegaba grabado en letras doradas fue definitivo para que el que suscribe llegara a tan sagaz deducción), con cara de ida, supongo que debido a los estragos que el calimocho aún provocaba en su joven organismo–, se paseaba este mediodía por su casco antiguo con una mochila tan nueva como mugrienta a la espalda, una bota menguada de vino colgada al hombro y una gruesa guía de la localidad entre las manos. La guiri se aferraba con fuerza a la publicación, como si temiera perderla, y ora posaba la vista en sus páginas para no ver nada, ora la descansaba en un palacio señorial, ora la fijaba en una casa blasonada, ora la paseaba a lo largo de la torre de una iglesia.
Al cabo, la neozelandesa, o lo que diantre fuera, salió disparada hacia adelante, trastabillada al haber metido el pie en un parterre. Cuando recobró el ánimo y la compostura, comenzó a caminar hacia un hermoso puente que mil años después de su construcción aún continúa en pie, convertido en uno de los ejemplares más representativos y señoriales del románico español.
En el mismo lugar donde hoy se erige dicho puente, un siglo antes de su construcción por la reina Doña Mayor, esposa de Sancho el Mayor, hubo de existir otro que fue atravesado, en plena Alta Edad Media, por la reina Toda de Pamplona, cuando ésta partió desde la capital de su reino con destino a Andalucía. El viaje lo recrea magistralmente Ángeles Irisarri en su novela El viaje de la reina Toda. En sus páginas, se narra cómo mediado el siglo X, época del máximo esplendor del Califato de Córdoba, mientras pequeños reinos y condados cristianos sobrevivían como buenamente podían en el norte de la Península Ibérica, la reina Toda Aznar, soberana de Navarra, solicita a su poderoso sobrino Abderramán III que le recomiende un sabio capaz de menguar la desbordante obesidad de su nieto Sancho el Graso, rey de León, quien, desposeído de su trono, se ha refugiado en Pamplona. El califa cordobés responde afirmativamente a la petición de su tía, pero como única condición pone que la cura ha de realizarse en Córdoba. Así comienza un viaje en el que se ven inmersos, además de la propia reina, que cuenta ochenta y un años de edad al emprenderlo, y del desposeído rey Sancho, que tiene que ser transportado en una torre de asalto a falta de un carro del tamaño adecuado que pudiera acoger semejante corpachón, el abanderado, los caballeros de la corte, sus damas, el tesorero, el preste, los dineros, ocho cautivos para devolver al califa, la gente de tropa, las lavanderas, cocineros, tahoneros y los sirvientes de palacio.
Como intuiréis fácilmente, a estas alturas de la noche y en pleno ataque de insomnio ya no recuerdo qué fue de la supuesta neozelandesa y todo mi afán consiste en dejar constancia escrita de que Puente la Reina es mucho más que un centro gastronómico de primer orden, mucho más que una neozelandesa medio colgada, y también mucho más que un puente románico cargado de evocaciones literarias. En ese cruce de caminos que es Puente la Reina, ejemplo de villa medieval fortificada, se unifican los dos itinerarios principales del Camino Francés de Santiago de Compostela: los que entran en España por Somport y por Roncesvalles.
Dicho cruce de caminos, que a un español del siglo XXI le podría parecer cuanto menos pintoresco, entonces, en la Alta Edad Media –época de recogimiento, fe y peregrinaciones; tiempo de lucha contra el Islam, de revitalización y expansión del cristianismo; período de transformaciones sociales y de cambios; etapa que supuso un vuelco en la historia espiritual y cultural del Viejo continente– provocó que el rey Alfonso I el Batallador concediera Carta Puebla a un grupo de francos para que se establecieran en los márgenes del río Arga, en la antigua aldea de Garez, o sea en Puente la Reina.
De esta manera hasta el pequeño enclave navarro, procedentes de todos los rincones de Europa, fueron llegando, en un goteo incesante, peregrinos, reyes, príncipes, nobles, soldados, clérigos, artesanos, albañiles, canteros, buhoneros, juglares, pícaros, mendigos, y con ellos nuevos movimientos artísticos como el románico y el gótico, las órdenes monásticas y los nuevos modelos urbanos. Y claro, las peregrinaciones y los flujos humanos no pudieron por menos que dejar su huella en todos los rincones de una ciudad que, aun habiendo perdido el cosmopolitismo de antaño, sigue contando con un importante patrimonio histórico y artístico.



















COMENTARIOS