"Sólo el que manda con amor es servido con lealtad". Francisco De Quevedo

Infancia + democracia = hipocresía

Por Carlos Paz.

“Si no os hacéis como niños, no entrareis en el reino de Dios”

     Hojeando el periódico con desidia una de estas mañanas, cansado de ver cómo va el planeta, caí de sopetón en la cuenta que era “el día mundial del niño”. De entrada poco o nada me dijo tal cuestión pues no sale el sol en este podrido mundo nuestro sin que sea “el día mundial de algo”, pero la cosa es que sin saber muy bien por qué empecé a divagar y, abstraído, me fue imposible no darle vueltas y no discurrir acerca del asunto. Podría pensarse en principio que hoy la infancia, los niños (perdón, y las niñas) viven en un mundo cuasi idílico en el que gozan de todo tipo de garantías, que la felicidad es una constante y un bien asegurado, y que no hubiera nada de qué preocuparse al respecto. Evidentemente esto no es así.

     El capitalismo desarrolló desde sus inicios una ingente y feroz labor de ingeniería social, auspiciada por las ideas nacidas de la Revolución francesa y sin las cuales hubiera sido imposible desarrollarse con prodigalidad. Habrá que saber que, el capitalismo va de la mano del liberalismo político (democracia) y que tanto es así, que bien podemos asegurar sin temor a equivocarnos, que a mayores cuotas de democracia, mayor capitalismo existirá en una sociedad dada.
En todo el orbe occidental, -ese pandemonium que conocemos hoy como Occidente-, hace mucho tiempo (o no tanto si se quiere) que se abolió de una manera formal la esclavitud, habiéndose adaptado ésta al correr de los tiempos y adquirido nuevas formas. La explotación del Hombre por el hombre posee otros modos enteramente diferentes a lo que pudieron conocer quienes nos precedieron: sofisticadamente ha evolucionado, y tamizada por la publicidad, -maquinaria pesada de propaganda del Sistema-, ha llegado a transfigurarse de tal manera que la gente, los propios explotados, la justifican. He aquí la mayor perversión sobre muchos de los males que padecemos y que tantas veces hemos apuntado. 

   
     Somos testigos casi a diario de cómo en muchas ocasiones, mientras algunos medios u organizaciones señalan con el dedo a multinacionales de todos conocidas, por la manera en que en el Tercer mundo (cargante y marxistizante término) se sirven de niños como mano de obra enteramente esclava por aquello de abaratar costes, paradójicamente callan al ver de qué modo en nuestro hipercivilizado y siempre progresista orbe atlántico norte, los niños, impulsados por la aquiescencia de sus desaprensivos padres, son explotados por televisión en vergonzantes programas para alborozo de la audiencia.

     Y es que a los liberales se les llena la boca con determinados términos sin los cuales no podrían construir dos frases seguidas. Una de esas palabras es, “derechos”. Y lógicamente como todo bicho viviente los tiene, incluidos los animales, (incongruencia supina donde las haya, -¿para cuando los derechos de los vegetales?, me pregunto yo-), con lo que los niños no iban a ser menos. “Los derechos del niño”, “los derechos de la infancia”…oímos a menudo, y con tal proceder la gente sonríe displicente, porque ante determinadas palabras, ¿quién va a oponerse o siquiera rechistar? ¡Ay el poder de la palabra!
     
     Muy ilustrativo al hilo de esto creo que resultará el contar aquí, cómo no hace mucho, una vecina mía, Carmen Ribagorda, a modo de confesión me comentó que tenía ideado fecundarse -sí, sí, como las vacas-, y ahondando en el asunto a modo de apostilla, me dijo que “ella tenía derecho a ser madre, que era mayor y la cosa era ahora o nunca”. Puse cara de atención a sus palabras por aquello de aparentar una cortés educación, pero la verdad es que permanecía aguantando la nausea con tanto semen por allí y por acá, como si tener un hijo pudiera pedirse casi a la carta como una pizza. Para mis adentros sentía unas ganas irrefrenables de mandarla a hacer puñetas y de contestarle que “derecho”, lo tendría ese hijo del que hablaba y no ella, pues quien tiene el “derecho” es el niño, pero a tener un padre y una madre, y si la futura madre se aburre, vive insatisfecha o “no realizada”, que se inscriba a un cursillo de papiroflexia o se compre un camaleón, que son muy pintones ellos y dan poco trabajo. Me gustaría dejar escrito aquí que le dije esas cosas a la gorda postmoderna en cuestión, pero no, callé cobardemente y es ahora cuando me cobro, pues en parte no deja de ser una misión fundamental de la literatura eso de despacharse a gusto de algunas cosas y determinadas personas.
En verdad toda esa perorata ultraliberal de “tener derecho a tener un hijo” no cuela, porque al fin y a la postre es el mismo argumento que podría esgrimir un homosexual, “que tiene derecho a tener un hijo” (¿en dónde lo concebiría?, me pregunto yo, ¿en un baúl?); ¡Que no, que no, que el derecho lo tiene el niño! 
 
     Me resulta maravilloso ver cómo los progresistas (y demócratas en general) defienden a un tiempo cosas antagónicas sin ruborizarse, cumpliendo a rajatabla el proceder de un esquizofrénico (¿el doblepensar orweliano?). Y saco esto a la palestra porque me subleva oír a estos individuos hablar pomposamente de los niños, de la infancia, de los derechos que les están reservados, para al instante transgredir la naturaleza de nuestros pequeños hasta el punto de asesinarlos en el seno materno, (aquí se salvarían aquellos que creyesen como la ínclita y ya felizmente olvidada Bibiana Aído -¿dónde andará tal cabestra?-, y se piense que “el nasciturus no es humano” -sic-).

     Se puede asesinar a un niño (si está en el vientre de la madre, claro está), se puede hacer que un niño practique cualquier cosa hasta la extenuación porque proyectemos sobre él nuestras incapacidades o frustraciones, robándole horas al juego y a su natural desarrollo con el consiguiente regocijo de sus execrables progenitores, pero por supuesto no está permitido que éste acceda a un espectáculo taurino antes de los catorce años, o se le preserve de determinados libros y películas aduciendo peregrinos argumentos a la par que se les adoctrina en la escuela políticamente e incluso se les incite a perniciosas conductas; y no digamos si quien está a su cargo fuma… ¡anatema!

     Es lógico y normal pensar que la convivencia entre dos personas pueda romperse y es obvio y comprensible contemplar que llegados el caso se separen, pero cuando esto sucede, ¿quién vela por la integridad psicológica de los menores, en caso de que los hubiera fruto de esa unión? El egoísmo y la insensatez, ese “sálvese quien pueda” que preconiza el sistema desde la televisión y demás altavoces, hace que los más desprotegidos, los niños, se vean arrastrados por los sinsabores de ese mal, prevaleciendo “los derechos” de unos adultos descerebrados, desalmados y egoístas. 
     Hace unos años en Holanda, se presentó en sociedad un grupo bastante notable que pretendió legalizar su único propósito que no era otro que la pederastia. Así, como suena. Lógico y normal en una sociedad enferma como la nuestra. Y porque estamos enfermos, es triste comprobar de qué manera tan lamentable se llega incluso a desconfiar de cualquiera a la hora de acercarse a un niño y provocarle siquiera una sonrisa. ¡Este es el mundo que hemos creado!

     Y con éstas llegan a mis oídos el horror de cómo en Grecia se multiplican los casos en que las madres dejan un buen día a sus hijos en la guardería con una escueta nota en sus pequeñas mochilas en la que dejan dicho que no van a poder venir a recogerles porque son incapaces de mantenerles. Simplemente, aterrador; cosas de la democracia. 

Una respuesta a Infancia + democracia = hipocresía

  • Yerma dice:

    “¿De dónde venía yo cuando tú me encontraste?, preguntó el niño a su madre.
    Ella riendo y llorando, le respondió apretándolo contra su pecho: “Tú estabas en mi corazón, con su ansia, amor mío. Estabas con las muñecas de juguete de mi infancia, y cuando cada mañana hacía yo la imagen de mi Dios con barro, a tí te hacía y te deshacía. Estabas en el altar con el Dios de nuestra casa, al adorarlo a él, te adoraba a tí. Estabas en todas mis esperanzas y en todos mis cariños. Tú has vivido en mi vida y en la vida de mi madre. Tú fuiste uniendo, siglo tras siglo en el
    seno del espíritu inmortal que rige el hogar nuestro. Cuando yo era una muchacha y mi corazón habría sus hojas, tú flotabas en fragancia a mi alrededor… primer amor del cielo, hermano gemelo de la luz del alba, bajaste al mundo en el río de la vida y al fín te paraste en mi corazón”
    R. Tagore

    Me gusta bastante el artículo y entiendo el mensaje de Carlos Paz pero hay un sentimiento natural o instinto de ser madre en algunas mujeres que supera a ese “derecho de que el niño tenga un padre y una madre”.

    Quizás… sea, mejor, dicho, es egoísmo pero también puede generar en una crisis de angustia y sentimientos de pérdida y frustración importantes para toda la vida. De cualquier manera, es un tema complejo en donde la experiencia personal es única en cada uno de los casos.

    Enhorabuena a este portal por este columnista pues siempre me conmueve con sus artículos. Se desenvuelve con genialidad en todos los ámbitos que preocupan a la existencia del ser humano. Una sugerencia; tendría interés escucharle en alguna tertulia literaria.

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