La noche que quemaron la montaña
La noche que quemaron la montaña es un título robado que pertenece a uno de los libros que tengo delante, en el entrepaño más alto de la vieja estantería, lugar donde permanecerá sin ser leído. Es que las novelas de médicos no me atraen, como tampoco despierta mi interés lo sucedido con la guerrilla comunista en el reino de Laos. Se ve que Thomas A. Dooley no ha tenido suerte conmigo. Ni yo con él. Las cubiertas que lo abrigan son de un rojo violento. Incendiario, diré mejor. Desde aquí abajo veo escritas en blanco las seis palabras que lo titulan, y su simple contemplación me hace pensar en la que tenemos encima.
Un verano más con sus calores, su sequía, su quema de rastrojos, sus excursionistas, sus pirómanos –no sé a quién le oí decir en una ocasión que todo hombre nace pirómano y muere bombero–, en fin, una vez más lo de siempre: España arde por los cuatro costados y al que no le toca de cerca está tumbado a la bartola. A través de la ventana aún veo la cicatriz que en el monte Abantos dejó el fuego hace trece años. Miedo da pensar que algo así se pueda repetir.
A mí lo que más me gusta del campo es la tortilla de patatas; pero eso sí, la fetén, la que durante su elaboración se cobra el tributo de las lágrimas. Confieso no ser un enamorado del campo, lo que no es óbice para reconocer que la conservación de los bosques españoles debería ser una prioridad de la política nacional.
La primera vez que presencié un incendio fue en el tiempo en que Eleuterio Sánchez, ” El Lute”, siendo rehén de la justicia española, andaba por estos pagos fugado de la ley después de haberse tirado de un tren en marcha. El muy animal. Para haberse matado. Lo recuerdo bien porque por aquellos días yo pasaba las horas entretenido en infantiles cacerías de peligrosos convictos por el bosque aledaño a la presa de la Jarosa, es decir en el Valle de los Caídos.
El somatén, exiguo y valeroso, estaba compuesto por Miguel Ángel, hijo del cuerpo de la Guardia Civil, concretamente de don Antonio, el practicante, y por el que suscribe. El padre de Miguel Ángel era un tipo curioso: leonés, campechano y alegre, también severo, de buen porte y potente vozarrón. Pero permítaseme describir una escena: un practicante, tocado de acharolado tricornio y armado de enhiesta jeringuilla, que avanza con paso firme y sonoro mientras que con la mano libre aparta el fusco a un lado de la cintura y te clava la mirada en los ojos ordenando con voz imperativa que presentes el culo y te portes como un hombre. Tal cual. Para morirse de miedo. Acojonados estábamos. Desde entonces le he tomado yo un respeto enorme al benemérito cuerpo. A tal punto que hoy, cuarenta años después, es ver un guardia civil y el brazo se me dispara al cielo con la clarísima e innegable intención de parar un taxi y coger las de Villadiego.
A lo que iba, que es venirme un recuerdo y enseguida lo comparto, que el primer incendio que yo contemplé, en los albores de la década de los 70, se desató en la ladera norte del monte Abantos, en la finca del Valle de los Caídos. No sé cómo habrán comenzado otros incendios, pero para mí aquél comenzó momentos antes del crepúsculo, con el tañido de la pequeña campana de la escuela. Enseguida se arremolinaron alrededor de la misma un buen puñado de vecinos, dirigiéndose a continuación, con las manos vacías y el paso resuelto, hacía donde el humo indicaba dónde estaba al fuego. Fue un espectáculo dantesco. No sólo ardía el monte, ardían también los cielos; las estrellas se ocultaron detrás del humo agrio y espeso, a veces blanco y las otras, negro; la luna huyó de la vista; las pavesas, empujadas por el viento, se posaron a nuestros pies en el Poblado mientras el ambiente se hacía irrespirable y denso; y más de uno se acordó entonces de Dios y rezó por los suyos, que en boca de lobo habían entrado como corderos.



















13 años ya de la tragedia del monte Abantos? Todavía recuerdo la montaña encarnada como si de un volcán se tratase. Las llamas en la distancia, eran como lava poderosa que caía por la ladera como una cascada infernal. Las pavesas las traía el viento hasta nuestras casas a kilómetros de distancia, como una demostración de la tragedia, el olor a humo – no de incienso precisamente – te delataba la gravedad del problema, no quiero pensar en el sonido del infierno mismo que tenía que vivirse allí, donde eran condenados una vez más los más inocentes, en este caso el propio ecosistema y los riesgos para todos los implicados por cercanía y labores.
El amanecer del día siguiente, es como otro amanecer 13 años después. Miras en la distancia a la montaña y ya no ruge de dolor, con muestras del propio sufrimiento. Ahora como dice Jesús, muestra la cicatriz imborrable todavía. Pero al atardecer, cuando el Sol acaricia su espalda despidiéndose hasta el nuevo día. Ella orgullosa se muestra en la noche como es, erguida y altanera, en donde ya no existe el pudor de la propia cicatriz.
Como una madre.
¡Pero qué bueno eres escribiendo, Jesús! Qué bien lo dices y qué bonito lo haces.
Cualquiera dirías que no te gusta el campo, con las cosas tan hermosas que has escrito aquí mismo. En eso no podemos entendernos. Amo la tierra más que a Tara la protagonista de “Lo que el viento se llevó”: por nacencia (que dirían Gabriel y Galán o Chamizo), por memoria genética (se pierden en los siglos las generaciones de labradores manchegos de mi familia materna), por crianza (antes se decía. natural de tal sitio, nacido y criado), por vocación y porque en el campo se leen con grandes caracteres las maravillas del Creador.
Fijate, querido Jesús, que todavía cultivo la esperanza de que algún día -tú lo verías-
esta “planta” que es mi persona vuelva a ser colocada en la tierra mía, en las condiciones de temperatura, humedad, estructura mecánica de la tierra, nutrientes naturales y cuidados del Labrador Amoroso, para volver a ser el niño aquel que trajeron a rastras a estudiar a Madrid, para terminar plantado en medio del asfalto, de los edificios altos, del ruido de los coches, del lleno de las masas que van a trabajar a la carrera, que comen de pié una hamburguesa grasienta y se beben de un trago los botes de coca-cola, con el móvil pegado a la oreja, y tan lejos de sus cónyuges e hijos (los padres en la residencia). Este mundo está loco, como los romanos de Asterix y Obelix.
Me dijeron que un Martín Artajo (no sé si I. Agrónomo) escribió esta frase: “La tierra como depositaria de valores eternos”. Será que la madre tierra recoge amorosamente los valores eternos del que son portadores los que la trabajan, cumpliendo el mandato divino de dominarla y de transformarla.
Cantan en “La rosa del azafrán”: “No hay empresa más gallarda que el afán del sembrador”. Eso quiero volver a ser yo algún día: sembrador en tierra parda, augusto labrador. No pierdo la esperanza.
¿Que no te gusta mucho el campo? Pues no lo entiendo camarada, porque tienes todo el aspecto de un sembrador de paz, de belleza y de alegría. No lo recuerdo bien, pero el viejo labrador pobre de Chamizo venía a decirle a su hija que se apartara del hijo del usurero: quiere a un hombre de reaños / de esos hombres ya curtidos por el sol del mediodía / y bañados por las aguas de febrero / y besados por la luna cuando duermen en las eras / junto al trillo y cara al cielo. Que me perdonen los castúos y Chamizo por esta cita de memoria, llena de todos los errores posibles. Pero tú lo entiendes.
Un abrazo, amigo.
Pozo de las nieves, majete, nada tiene que ver el artículo de nuestro columnista con las intenciones malvadas de los pirómanos.
Pues no des ideas majete. Deja este tipo de articulos para el invierno que hay mucho Hp en nuestra Tierra.