Los siete pecados capitales (III) – Gula
Por Carlos Paz.
El salón central del Gran Casino militar reunía aquella noche a la flor y nata de la sociedad de la comarca. Por todos sus rincones se respiraba lujo y ostentación. Y allí estaba sentado él, Macías Itúrbide, sin lugar a dudas el hombre del año, flanqueado por el alcalde de la capital y un general de mediana edad. Lo que había conseguido, y por lo que la gente le tenía en consideración y tan alta estima, se debía a haber logrado llevar el nombre de su ciudad por medio mundo, que se le reconociera su trabajo de aquella manera, y hubiera conseguido codearse con personajes de renombre mundial. Ahora era portada de las más reputadas publicaciones, y verle en televisión a todas horas era la tónica, y todo, por revolucionar el universo de la cocina.
Después de haber viajado por todo el planeta volvía a casa.
Pronunció un breve discurso agradeciendo a sus paisanos el homenaje recibido, confesando que después de aquello abandonaría para siempre su interés por la gastronomía, y se retiraría en el pueblo que le había visto nacer.
– Quien inicie el camino en la búsqueda del placer tiene dos opciones, bien abandonar esa senda lo más rápidamente posible, bien enrolarse en un periplo infinito e insaciable de sinsabores e infortunios.-Infirió Macías a media voz a quien tenía a su diestra-.
– Tal vez sea cierto eso que dice; ahora que, no me negará, que por el camino uno se entretiene, además, en el placer no creo que tenga que existir obligatoriamente tal búsqueda, quizá se ansíe por el placer mismo…-respondió su interlocutor-.
– ¿Y vale eso de algo?
– ¿Y algo lo vale?
– Es usted un escéptico, siempre lo ha sido.
-¿Escéptico llama a quien no espera ya nada? Acaso sería tal cosa y aceptaría dicha etiqueta si dudase entre algo, si soñase con alguna cosa, pero cuando se tiene el convencimiento absoluto de que nada merece la pena…
– Eso no me sirve.
– ¿No le sirve? ¡Qué inseguro le veo!
La noche transcurría como era esperable, calmada, apacible, según lo calculado y previamente establecido, sin grandes sorpresas. Macías sintió una gran satisfacción en su interior al contemplar el espectáculo que para él se representaba, al ver la cara de complacencia de sus comensales. Sus rostros irradiaban ahítos, felicidad, y eso le embargaba. Comenzó a sentirse cansado y solamente pensaba en dar por finalizada la noche, salir de allí, y quedarse a solas para relamerse en su victoria.
– Creo que nuestra conversación quedó a medias cuando antes nos interrumpieron -le fue susurrado al anfitrión-.
– Seguro que sí, pero perdóneme que ahora no lo recuerde, -respondió de un modo casi mecánico-.
– Pensaba que bien pudiera ser interesante proseguir con usted lo iniciado, y…
– ¿Lo cree necesario? –le espetó sin dejarle terminar-.
– Bueno…
– Le aseguro que un día de estos lo haremos.
– Le tomo la palabra. Algunas cosas que ha dicho acerca del placer, las tentaciones, la voluntad, me ha dado que pensar.
– Eso nunca está de más. Ahí le dejo otra para que vaya cavilando: el que cae en las tentaciones de la gula, no sólo quiere consumir comida, quiere además, de alguna manera, ingerir todo el universo. En este sentido la gula se mimetiza estrechamente con la lujuria.
– Bien mirado…Interesante punto de vista. Espero verle mañana.
– No lo creo, quisiera pasar unos días sin recibir a nadie.
– Pues hasta la próxima entonces.
– Buenas noches.
Dieron las doce en punto en el reloj del salón principal cuando la gente comenzó a salir del casino para dar por finalizada la velada. Los invitados se iban con una expresión plena de embriaguez interior, después de comprobar en sí mismos los manjares degustados y que tanto habían dado que hablar. Nunca les fue revelado que el secreto del menú era la carne humana.



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¡Vaya final el de tu artículo, querido Carlos! No se si es una bella revolera como remate a una serie de chicuelinas o de gaoneras; o si es el detalle final que sorprende a los lectores por tu ocurrencia inesperada, como en las películas de intriga con un final inimaginable; o si se trata de una reflexión moral más honda: que al pecado siempre le acompaña la muerte, la pérdida de la vida de la gracia, y a veces, la del cuerpo mismo.
Como muy bien sabes los pecados capitales se llaman así porque son la causa o el origen de otros muchos pecados. El pecado siempre trae la ruina al hombre. Incluso el dolor físico, la enfermedad y hasta la muerte del cuerpo. Eso es muy largo de explicar, y no cuadra con el diálogo tan medido de los dos personajes de tu historia. Además, el homenajeado es un cabrón al que le trae sin cuidado lo que le cuenten. Solo quiere retirarse para saborear en soledad -para él solo- el éxito de su maldad.
A cada pecado capital se le asocia un demonio. El primero y principal, el que está en el origen de todos los demás, es la soberbia. Por eso su demonio es el propio Lucifer, el Príncipe de este mundo y cabeza de las legiones de demonios. El más poderoso de los demonios, con rango de arcángel, que quiso ser igual a Dios. Su desafío se llamó soberbia; y para él, y por su pecado, se creó el Infierno, lugar en el que habitan Lucifer y los ángeles que le siguieron.
El demonio que corresponde al pecado capital de tu artículo es Belcebú.
Importante es saber que a cada pecado capital se opone una virtud que lo anula, que es capaz de asegurar la victoria del hombre sobre ese pecado. El Príncipe de este mundo tiene su hora; y Dios, su eternidad. Por eso podríamos repetir las palabras de San Pablo,¿ Ubi est mors victoria tua?, aplicadas a la vida de la gracia, a la vida del alma.
La mentira es el arma de Lucifer y de todos sus demonios para arruinar la vida del hombre (alma y cuerpo). Por eso mismo se le conoce como el padre de la mentira y el señor de las tinieblas. Esto es, el que se opone y quiere apartar de nuestras vidas la Verdad y la Luz del mundo, Jesús de Nazaret.
Lucifer, Belcebú y los otros cinco demonios que se asocian a cada uno de los siete pecados capitales, están vencidos, aherrojados y ansiosos de a quién devorar, pero incapaces de poder dañar al hombre (alma y cuerpo) si éste no se pone a su alcance.
El gran triunfo de Satanás fue el de colgar a Cristo en la Cruz hasta su muerte, por medio de los hombres a los que sedujo para ese fin. Pero he aquí que Dios no pierde batallas, y ese fracaso aparente de la muerte de Jesús en el Calvario trajo la redención de todo el género humano, la Resurrección de Cristo y la certeza de la nuestra con El tras la Parusia. Entonces, ¿dónde está muerte tu victoria?
Vivimos el tiempo de la esperanza, querido Carlos. Si Cristo ha triunfado, nosotros triunfaremos con Él. Y al otro lado del Abismo, Lucifer, Belcebú y los restantes cinco demonios asociados a los siete pecados capitales, padecerán todos los tormentos eternamente, por la maldad con la que han querido arruinar las vidas de los hijos de Dios. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Se dice que una hermana de Tomás de Aquino, mientras caminaba ligero (a pesar de su obesidad mórbida), le preguntó qué había que hacer para salvarse. El santo dominico le respondió: “¡Querer!”. Pues eso: queramos ser salvos. El peaje ya está pagado con creces.
Por cierto, dicen que la soberbia se muere tres días después del que la padece. Tal debe ser la fuerza de la mordida de Lucifer sobre sus presas.