"Sólo el que manda con amor es servido con lealtad". Francisco De Quevedo

En el sopor de septiembre

 

Por Carlos Paz.

Pasó casi ya el verano, con sus calores y sus tedios, que siempre en la villa y corte el estío fue un lastre, espeso y pesado, máxime cuando uno no cuenta con los dineros necesarios para poder crear sus propios paraísos artificiales. Quedaron atrás los tristemente habituales incendios, esos de los que unos cuantos (siempre los mismos) terminan lucrándose, sabedores de que lo que había que hacer con ellos era ahorcarles in situ, porque resulta inadmisible que en este desaprensivo país los haya que hagan dinero de cualquier infamia; quedaron atrás el pan y circo, de un lado del fútbol europeo de selecciones, y de otro el de las inefables olimpiadas, habiendo tenido que ver a jaurías de memos pintados con colorines, como si se tratase de apaches, en los únicos momentos en que parece que se acuerdan de España; se nos agasajó con brutales atentados contra nuestros derechos más elementales, “recortes” los llaman cuando en verdad no son más que pasos de esa carrera en la que el mundialismo anhela hacer tabula rasa del Hombre, de su cotidianidad y su ámbito más privado; y ahí continúan a modo de escarnio las espirales de corrupciones varias, de feas tramas de amiguismo, tan lamentables, tan nuestras, tan españolas,…y mientras tanto, el ciudadano de a pie contemplando atónito cómo es relegado a ser una mera pieza de un engranaje frío e inhumano, soportándolo todo hasta que su escroto no de más de sí.  

     El calor empieza en estos días a aplacarse, a darnos un buen esperado respiro dejando de dictar tiránicamente las horas y algunos malos hábitos para por fin clamar por la llegada del otoño. Ya vendrá a no mucho tardar el frío acompañado de  lluvias, el arrobo en el hogar –para quienes corran con la suerte de tenerlo-, pero hasta entonces dejémonos llevar por estos días tan apacibles, porque es ahora, en preotoño, cuando se puede vivir. Y es que el clima en mi ciudad es el reflejo de cómo somos: calor extremo, tórrido y africano, en verano; frío gélido, esquimal y sin alma, en invierno. Con unas temperaturas como estas se explican muchas cosas, entre otras que seamos desaforados en exceso y por lo tanto capaces de lo mejor y de lo peor, de soportar estoicamente todos los males y de revolvernos con soberbia y violencia por naderías.
     Y tristemente compruebo cómo mi prójimo poco quiere darse por enterado de lo que sucede a su alrededor, porque ni huele ni entiende, y tan solo suspira por gastar los pocos dineros que le quedan y disfrutar así de sus pretenciosas vacaciones, ¡cuán atrofiados tiene los sentidos y de qué manera lo han encanallado!
     Esta misma mañana sin ir más lejos, en una de las calles que sin ser muy ancha resulta una de las más importantes del distrito en donde vivo, he podido ser testigo espantado de cómo un matrimonio ya mayor era atropellado por un coche al salir de una sucursal bancaria, y sin parar el vehículo en cuestión, al caer el anciano, todo el dinero que portaba salía por los aires, a lo que la gente, despavorida, no tardó un ápice en abalanzarse sobre los billetes y dejar al hombre ahí tirado como un perro. La realidad, ¡claro que supera a la ficción casi siempre!

     La situación por la que atravesamos la mayoría de los mortales de esta agónica y resquebrajada España, continúa siendo mala, muy mala, rozando en ocasiones lo dramático, y, lo que es aún peor, sin nada que nos haga pensar que vayamos a mejorar a corto o medio plazo. De un tiempo a esta parte en las páginas de sucesos de los periódicos se agolpan noticias que hasta hace poco únicamente las hubiéramos encontrado provenientes de cualquier marginal extrarradio urbano norteamericano. La brutal crisis que nos azota, la inmigración sin control alguno promovida por ese buenismo que tanto daño ha hecho, la súbita eclosión de delitos que usan sin recato la más extremada violencia, el notable incremento, sibilinamente soterrado, del número de suicidios…un panorama desalentador que se nos ofrece sin horizonte alguno, pese a que existan individuos, los mejor posicionados, esos que sobre sus cabezas no amenazan negras nubes, aquellos que el único aspecto de la inmigración que conocen es el tener a su cargo una mujer que les limpie, (eso sí, sin papeles y sin contrato), podrán decir que lo aquí expuesto es apocalíptico, exagerado, pero que quien viva en el mundo, quien salga a la calle y tenga ojos en la cara, sabrá de qué estamos hablando, y a buen seguro que lo hará suyo.
El descontento existente entre la gleba es total, y hay que convenir que con razón. Este gobierno, eunuco y cobarde, ramplón e incapaz, como siempre es la derechita, se limita de manera a como en ellos es connatural, a realizar los designios de quienes están por encima de nosotros, de quienes realmente rigen la economía y en verdad el mundo, eso que se llama “los mercados” y que no es otra cosa que los dueños de los bancos y de las grandes corporaciones y empresas. Así de claro.  

De entre todo este océano de estupidez en el que naufraga nuestra nación, ha habido una cuestión que me sorprende no haber visto apuntada por nadie. Y me refiero al extraño personaje de Sheldon Adelson, ese que pretende traer a nuestro suelo el engendro postmoderno que constituye Las Vegas. Personaje sospechoso y estrafalario, fantasmón donde los haya, que según me cuentan está hasta el gaznate de mierda rodeado, y que me da a pensar que de sus idas y venidas poco sacaremos en limpio.


     En las próximas semanas comprobaremos al fin ese “otoño caliente” del que nos han ido excitando las meninges desde la primavera y abonando sin descanso su desarrollo. Desde estas líneas nos felicitamos por que la gente se movilice, por que se desate la protesta en la calle, conscientes de que nos engañamos a nosotros mismos queriendo pensar que la juventud todavía es tal y que por sus venas corre sangre, y que al final todo lo que se está gestando no terminará monopolizado por la izquierda y desapareciendo por el desagüe.     
 
     Y con éstas llegan las fiestas de media España, fiestas agrícolas, fiestas paganas, bien envueltas eso sí bajo el manto del cristianismo, pues en verdad no son otra cosa que el recuerdo de una merecida recompensa por una cosecha ya terminada.
     Siempre he sentido que es ahora cuando debería comenzar el año. 

3 respuestas a En el sopor de septiembre

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