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Ángel D. Martín Rubio

La matanza de los inocentes: ¿historia o mito?

Publicado  el 05 Ene 2012.

Por Ángel David Martín Rubio.

El 28 de diciembre resulta cada vez más frecuente leer o escuchar en los medios de comunicación alguna alusión a la matanza de los inocentes, decretada por el rey Herodes y conmemorada litúrgicamente en dicha fecha, desposeyéndola de carácter histórico y convirtiéndola en un episodio más o menos simbólico.

El último comentario en ese sentido lo escuché el pasado miércoles en el programa “Así son las mañanas” en la COPE. A uno de los participantes en una tertulia acerca de las inocentadas le parecía un tanto macabra la deriva que ha tomado esta celebración en el día de los inocentes a pesar de recordarse “una leyenda” teóricamente referida a la muerte de miles niños “que nunca ocurrió”.

La cuestión viene de lejos y tiene más importancia de la que a primera instancia pudiera pensarse; en primer lugar porque en el trasfondo laten aspectos como la propia historicidad, no solo de los relatos de la infancia o del episodio de la adoración de los Magos —inseparable éste de la matanza de los inocentes— sino de todos los Evangelios. Pero sobre todo, porque más que de dificultades de carácter científico que impidan ratificar la veracidad del suceso, nos encontramos, con la radical incomodidad que éste provoca. Y es que no deja de ser acusado el contraste entre la religiosidad moderna —eminentemente antropocéntrica— con el hecho de que el nacimiento del Hijo de Dios encarnado vaya acompañado de un derramamiento de sangre que convierte en testigos de Cristo a unos niños inocentes. El propio dramatismo de la escena ha inspirado innumerables representaciones gráficas de los pequeños arrancados de los brazos de sus madres, cayendo bajo los golpes de espada de los soldados de Herodes.


Púlpito de la Catedral de Pisa (Matanza de los Inocentes)

Podemos dividir en dos grandes grupos las objeciones a la historicidad de la matanza: las más clásicas, de carácter “historicista” y las vinculadas a posiciones que niegan la historicidad de los evangelios de la infancia desde perspectivas que pudiéramos denominar “teológicas”.

Objeciones historicistas
Las razones históricas aducidas se sostienen en el silencio de los historiadores romanos y judíos y particularmente de Flavio Josefo, que tan extensamente relata el reinado de Herodes en sus Antigüedades judaicas.

Quienes dan tanta importancia al silencio de los historiadores antiguos, caen en el contrasentido de negar la validez histórica de una noticia transmitida solamente por San Mateo, precisamente a quien la tradición cristiana considera autor del primer Evangelio a partir de testimonios como los de Papías  y San Jerónimo. Sin olvidar la propia credibilidad histórica común a todos los relatos evangélicos por su condición inspirada, podemos añadir que el Evangelio de San Mateo enlaza con las fuentes de la primera comunidad cristiana en Palestina y su autor fue discípulo desde los comienzos, de ahí su alto valor como testimonio histórico que no cabe menospreciar a priori.

Por otro lado, la verdadera magnitud del suceso nos ayuda a entender que prescindieran de él autores como Flavio, más atento a las vicisitudes que afectaban a los protagonistas históricos de mayor rango.

Ciertos comentaristas antiguos proporcionaron cifras simbólicas y carentes de cualquier fundamento histórico pero una atenta consideración de los hechos nos sitúa mucho más cerca de la realidad. Belén en tiempos de Jesucristo era una pequeña aldea que, más allá de su significado religioso como cuna de la estirpe de David, carecía de cualquier importancia económica y política. Si pensamos en unos mil habitantes (como parece deducirse de Miq 5, 2), cabe pensar en unos treinta nacidos por año, de los que habría que descontar las niñas por lo que hoy se coincide en pensar que los inocentes asesinados por orden de Herodes se pudieron situar en torno a catorce. Tal vez algunos más en proporción, si la población de Belén —como piensan otros— se situaba en torno a los dos o tres mil habitantes.

Escasa importancia podía tener la muerte de unos pocos niños para aquéllos que nos transmiten el carácter cruel y sanguinario del reyezuelo idumeo que no dudó en aniquilar a cuantos pretendieron interponerse en su camino o disputarle el trono, fueran éstos enemigos o parientes. Por ejemplo, cuando subió al trono de Jerusalén, hizo matar a cuarenta y cinco partidarios de su rival Antígono, así como a numerosos miembros del Sanedrín. Al final de su vida, ordenó que fueran ejecutados unos notables del reino para que las gentes de Judea, lo quisieran o no, lloraran su muerte.

Objeciones teológicas
A pesar del escaso peso de las objeciones historicistas, en realidad éstas han servido de apoyo a un cuestionamiento de mayor calado que viene a atribuir, de manera general los Evangelios y más en particular los relatos de la infancia, al resultado de una intensa y profunda elaboración teológica.

Al margen de cualquier referencia real, nos encontraríamos con proclamaciones de la fe en Jesús propias de comunidades cristianas tardías pues la única manera de justificar este proceso es retrasando arbitrariamente la composición del Evangelio de San Mateo hasta los años 75-80 cuando su redacción, de acuerdo con la sentencia más probable, puede situarse en torno al 50 (Cfr. PRADO, Ioh., Praelectionum biblicarum compendium, III, Madrid: Perpetuo Socorro, 1952, p. 23-24 y las Respuestas de la Comisión Bíblica sobre la cuestión).

Las objeciones pseudo-teológicas han sido propuestas de diversas maneras y con mayor o menor radicalidad, pero todas parten de un argumento común: subrayar la identidad entre el episodio que estamos comentando con un motivo legendario presuntamente común a las infancias de los héroes. Ahora bien, de acuerdo con los estudios de Salvador Muñoz Iglesias, de los paralelismos propuestos el único atendible es el que relaciona el relato de Mateo con el del Éxodo: “El relato canónico del Éxodo refiere que Moisés, el futuro Libertador, fue librado del exterminio decretado por el Faraón, gracias a la estratagema de la exposición en un cestillo de mimbres sobre las aguas del Nilo. Posteriormente, siendo ya mayor, escapó por segunda vez de la muerte, huyendo a Madian. Las tradiciones recogidas en el Targúm de Jerusalén, en la Crónica de Moisés, en el Midras Rabbah  y en las Antigüedades judaicas de Josefo relacionan el decreto del Faraón con un sueño o con la predicción de un escriba que anuncian el nacimiento de un Caudillo Libertador del pueblo hebreo” (cfr. «Los Evangelios de la Infancia y las infancias de los héroes», Estudios Bíblicos 16 (1957) 5-36; «El género literario del Evangelio de la Infancia en San Mateo», ib. 17 (1958) 243-273).

El primer Evangelio fue compuesto para una comunidad cristiana de origen judío y por ello se subraya el cumplimiento de las profecías así como la reprobación del viejo Israel. A largo de todo el Evangelio de la infancia, San Mateo demuestra que Cristo cumple las profecías mesiánicas: es el hijo de David, nacido de una Virgen en Belén, luz de las gentes y objeto de una gran hostilidad de la cual saldrá finalmente vencedor. A la hora de transmitir el episodio que estamos comentando, utiliza paralelismos que tienden a demostrar que Jesús es el auténtico y definitivo salvador mesiánico, cuyo tipo y figura fue el protagonista del Éxodo sin que los paralelismos obsten para la historicidad de fondo al tiempo que las diferencias con el modelo avalan dicha credibilidad.

De la historia a la Liturgia
Podemos concluir recordando cómo los relatos evangélicos de la infancia de Jesucristo contienen una narración de verdades fundamentales: su ascendencia davídica, su concepción virginal, el nacimiento en Belén…, y, en última instancia, su misma divinidad. Por tanto, la historicidad del conjunto, y la de cada uno de los episodios de que constan, es algo que afecta al núcleo de la fe misma; y ha sido constantemente afirmada por la Iglesia.

Por otra parte, esos relatos forman una unidad con los Evangelios respectivos, y su historicidad está apoyada, en el terreno de la crítica, por las mismas razones que la de dichos libros en su conjunto, lo que no impide precisar el género literario de esos capítulos, para obtener así una mayor comprensión de los mismos. Poco, sin embargo se puede avanzar por este camino más allá de recalcar determinadas dependencias literarias sin que ello vaya en detrimento de su carácter histórico.

Otra prueba de que la Iglesia lo ha considerado así, es la celebración de una fiesta dedicada a estas primicias de los mártires de Cristo. Su origen está en el norte de África, en el siglo V pasó a Roma, y desde allí se extendió al resto de la Cristiandad quedando fijada durante la Edad Media en el 28 de diciembre. Y con los versos inspiradísimos del Himno Salvéte flores Mártyrum, canta la liturgia a estos niños, sin nombre ni rostro, que parecen alegrar el Cielo con la eterna alegría de haberse acercado “ad Deum qui laetificat iuventutem meam” — “al Dios que es la alegría de mi juventud” (Sal 42).

Salve, flores de los Mártires,
que en el mismo umbral de la vida
fuisteis arrebatados por el perseguidor de Cristo,
cual rosas nacientes por el huracán.
Vosotros sois las primeras víctimas de Cristo,
los tiernos corderos inmolados
por Él, y jugáis, inocentes,
ante Su altar con la palma y la corona.

José Antonio: setenta y cinco años después

Publicado el 21 Nov 2011.
Por Ángel David Martín Rubio.

El 20 de noviembre de 2011 se cumple el setenta y cinco aniversario del asesinato en Alicante de José Antonio Primo de Rivera, un hombre que —en medio de una de las persecuciones religiosas más sangrientas de la historia— tuvo la gallardía de pedir en su testamento “ser enterrado conforme al rito de la religión Católica, Apostólica, Romana, que profeso, en tierra bendita y bajo el amparo de la Santa Cruz”.
Apenas tres años antes, el 29 de Octubre de 1933, José Antonio había pronunciado en el madrileño Teatro de la Comedia un discurso que ha tenido una trascendencia comparable a la de pocas piezas oratorias. En aquella España de los problemas, del eco del estéril noventa y ocho y de los complejos ante Europa, un joven creyente, fiel cumplidor de sus deberes religiosos y definido por la nobleza de su carácter, profesionalidad, elegancia en el trato, lealtad, optimismo y espíritu de servicio, iba a levantar una bandera capaz de entusiasmar a muchos de sus compatriotas.
El fundador de la Falange apostó por devolver a la política su dimensión moral, capaz de poner en pie a un pueblo y de movilizar su capacidad de servicio, decisión y sacrificio. Por ese impulso moral, a la voz del Capitán, miles de jóvenes se iban a movilizar en los frentes de combate y otros muchos hombres y mujeres serían asesinados en la retaguardia frentepopulista cuando ya tenían el “cara al sol” para, en expresión de José Antonio, “hacer más alegre nuestra muerte”. Él mismo, caería bajo las balas de un pelotón de fusilamiento, tras la condena de un Tribunal Popular que formaba parte de la maquinaria de terror puesta en marcha por el Gobierno del Frente Popular.
Signo trágico, el de la muerte en acto de servicio, inseparable de la joven organización porque desde pocos días después del Acto fundacional, la izquierda no había dudado en movilizar a sus pistoleros para intentar exterminar a la naciente Falange y persiguió a su fundador desde los albores de su carrera política.
Casi siempre, hablar de la violencia en relación con la Falange de los años de la República y la Guerra Civil se reduce a glosar airadamente la desvirtuada frase de José Antonio acerca de la “dialéctica de los puños y las pistolas”:
“Y queremos, por último, que si esto ha de lograrse en algún caso por la violencia, no nos detengamos ante la violencia. Porque, ¿quién ha dicho —al hablar de “todo menos la violencia”— que la suprema jerarquía de los valores morales reside en la amabilidad? ¿Quién ha dicho que cuando insultan nuestros sentimientos, antes que reaccionar como hombres, estamos obligados a ser amables? Bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria”.
De entrada, la frase en su justo sentido debería compartirla todo hombre de bien. Ante todo por ser muy alta la jerarquía de los valores atacados violentamente y que, por ello, han de ser defendidos con no menor contundencia: la unidad de destino de los pueblos de España, la libertad profunda del hombre, el trabajo como medio para una vida humana justa y digna y el espíritu religioso, clave de los mejores arcos de nuestra historia. Pero también por el contexto en que fueron pronunciadas.
Interesadamente se olvida que no es posible comprender la dinámica de violencia en que desembocó la Segunda República y el papel que en ella desempeñaron los falangistas, cuando se ignora que este Movimiento perdió en sus primeros meses de existencia a decenas de sus miembros y simpatizantes, asesinados con el intento deliberado de frenar el crecimiento de la organización. Como denunció el propio José Antonio en el Parlamento el 1 de febrero de 1934:
“Frente a esas imputaciones de violencias vagas, de hordas fascistas y de nuestros asesinatos y de nuestros pistoleros, yo invito al señor Hernández Zancajo a que cuente un solo caso, con sus nombres y apellidos. Mientras yo, en cambio, le digo a la Cámara que a nosotros nos han asesinado un hombre en Daimiel, otro en Zalamea, otro en Villanueva de la Reina y otro en Madrid, y está muy reciente el del desdichado capataz de venta del periódico F.E.; y todos éstos tenían sus nombres y apellidos, y de todos éstos se sabe que han sido muertos por pistoleros que pertenecían a la Juventud Socialista o recibían muy de cerca sus inspiraciones. Estos datos son ciertos”.
Y poco antes de caer asesinado Matías Montero, el 1 de febrero de 1934, ya afirmaba con clarividencia frente a los que pedían venganza:
“Una represalia puede ser lo que desencadene en un momento dado, sobre todo un pueblo, una serie inacabable de represalias y contragolpes. Antes de lanzar así sobre un pueblo el estado de guerra civil, deben los que tienen la responsabilidad del mando, medir hasta donde se puede sufrir y desde cuando empieza a tener la cólera todas las excusas”.
A Matías Montero lo mató el PSOE, más concretamente un militante de las Juventudes Socialistas, cuando venía de distribuir el periódico FE en la Puerta del Sol. El asesinato fue en 1934, faltaban dos años para la Guerra Civil pero apenas unos meses para que socialistas y nacionalistas se sublevaran contra la República en Octubre. Entre sus ropas encontraron un artículo que había escrito para la misma revista FE: “Las flechas de Isabel y Fernando”, en ese escrito se comprueba lo que poco después definiría Sánchez Mazas en su Oración por los Caídos de la Falange:
“Víctimas del odio, los nuestros no cayeron por odio, sino por amor, y el último secreto de sus corazones era la alegría con que fueron a dar sus vidas por la Patria.Ni ellos ni nosotros hemos conseguido jamás entristecernos de rencor ni odiar al enemigo, y tú sabes, Señor, que todos estos caídos mueren para libertar con su sacrificio generoso a los mismos que les asesinaron, para cimentar con su sangre joven las primeras piedras en la reedificación de una Patria libre, fuerte y entera”.

La vocación política de José Antonio fue respuesta al reto planteado por el socialismo marxista en lo que tiene de concepción anticristiana, interpretación materialista de la vida y de la historia, proclamación del dogma de la lucha de clases, desprecio de la religión, negación de la Patria y olvido de todo vínculo de hermandad entre los hombres. Afirmaciones que adquieren todo su valor cuando se constata que van precedidas del reconocimiento de la legitimidad del nacimiento del socialismo como defensa oportuna frente al Estado liberal
De ahí, la antipatía del otro lado. Porque la misma voz, en polémica con las derechas, pudo desenmascarar “un bolcheviquismo de espantoso refinamiento: el bolcheviquismo de los privilegiados” o describir irónicamente la insuperable paradoja liberal: Procure usted ser millonario
“Lector: si vive usted en un Estado liberal procure ser millonario, y guapo, y listo y fuerte. Entonces, sí, lanzados todos a la libre concurrencia, la vida es suya. Tendrá usted rotativa en que ejercitar la libertad de pensamiento, automóviles en que poner en práctica su libertad de locomoción…; cuanto usted quiera. ¡Pero ay de los millones y millones de seres mal dotados! Para esos, el Estado liberal es feroz. De todos ellos hará carne de batalla en la implacable pugna económica. Para ellos –sujetos de los derechos más sonoros y más irrealizables– serán el hambre y la miseria”.
En un artículo vetado por la censura republicana, habló de “victoria sin alas” para referirse a la del 19 de noviembre de 1933, cuando las elecciones dieron paso a una sucesión de gobiernos en los que la derechista CEDA apoyaría en el parlamento al Partido Radical. Y el presagio no resultó errado: con una timorata presencia en el banco azul, Gil Robles eligió un camino que significaba el suicidio y la definitiva bancarrota de su partido, arrastrando en su fracaso las banderas que no había sabido defender durante el bienio estúpido: “Ni reforma agraria, ni transformación económica, ni remedio al paro obrero, ni aliento nacional en la política. Chapuzas para remediar algún estrago del bienio anterior y pereza. Pereza mortal para dejar que los problemas se corrompan a fuerza de días, hasta que llegue otro problema y los quite de delante”.
En su testamento, José Antonio esperaba que “todos perciban el dolor de que se haya vertido tanta sangre por no habérsenos abierto una brecha de serena atención entre la saña de un lado y la antipatía de otro”. No hubo lugar para tal brecha en 1936: ocupado el poder por el Frente Popular, se inicia desde el Gobierno un proceso de desarticulación de la oposición que comienza por la Falange, derrotada en las elecciones pero reforzada con la incorporación de elementos procedentes de otros partidos desprestigiados en la experiencia del bienio radical-cedista.
“José Antonio terminó adhiriendo la Falange al Alzamiento militar y en coalición que se preparaba, para salvar España de un proceso comunistizante. Y si durante su prisión perdió el contacto con la realidad que acaecía, y durante el juicio procuró salvar la vida de sus familiares y la suya empleando todo tipo de ardides, en su testamento desmintió formal y solemnemente estas reticencias y acusaciones. En el mismo proceso había dejado constancia de su disposición favorable al alzamiento, incluso si no era falangista, por necesario y nacional” (Luis María Sandoval, José Antonio visto a derechas, Madrid: Actas Editorial, 1998, p. 139).
Frecuentemente se ha tratado de contraponer a José Antonio con el Estado nacido el 18 de Julio. Aunque en el Nuevo Estado no faltaron incoherencias con sus postulados teóricos, también hay que reconocer la falta de madurez del pensamiento político y económico falangista que había sido demoledor en el terreno de la crítica al socialismo y al liberalismo pero no había terminado de articular un modelo de Estado: ¿Quién desempeña la suprema magistratura? ¿Qué formas concretas reviste la centralización y la autonomía regional? ¿Separación o unidad de poderes? ¿Consejos o Cortes? ¿Partido único? ¿Sufragio universal o censitario? ¿Cómo se articula la representación orgánica? ¿Cuál es la forma jurídica de los Sindicatos nacionales?Cuando todavía hoy se discute en medios falangistas acerca de la respuesta a cada una de estas cuestiones, parece que no es posible exigir mayor precisión a aquellos hombres que estaban articulando y definiendo un Estado en circunstancias humanas y materiales muchísimo más difíciles. Y que lo hacían con una clara voluntad de sumar fuerzas, dando como resultado una necesaria heterogeneidad apenas incapaz, a veces, de poner sordina a las contradicciones. No olvidemos tampoco que, en la nueva situación nacida de la guerra, encontraron acomodo muchos de los que se habían caracterizado por su antipatía hacia la Falange en vida de José Antonio.

En todo caso, las ideas vertebradoras del nacionalsindicalismo se plasmaron en numerosas realidades prácticas que permiten atribuir a la obra de los falangistas integrados en la España de Franco realizaciones tan trascendentales como el cambio social, la promoción político-social de la mujer, la formación de la juventud y la Organización Sindical. Por supuesto que esta afirmación no supone negar las deficiencias y los desequilibrios, menos aún pretende que el nacionalsindicalismo tuviera en la arquitectura del Nuevo Estado una hegemonía que en ningún momento alcanzó, ni oculta las diferencias entre las realizaciones y algunos de las propuestas teóricas de José Antonio o de Ramiro Ledesma. Esta afirmación se deduce del sano realismo que supone comparar la España en cuya edificación intervino activamente la Falange, con la España anterior e incluso con la de nuestros días.
Esta afirmación tampoco impide constatar que, a finales de los años cincuenta, la Falange quedó definitivamente descartada como solución de futuro para el régimen, precisamente cuando adquiría madurez para la actividad política la primera generación falangista de posguerra compuesta por hombres formados en el SEU, el Frente de Juventudes y la Guardia de Franco. En palabras del falangista Girón de Velasco, son los momentos en que se produce “la sustitución de la influencia del cardenal Herrera por monseñor Escrivá de Balaguer“. (Si la memoria no me falla, Barcelona: Planeta, 1994, p. 201).Soplaban nuevos vientos, y el Gobierno español hace suya la idea de que en la situación del momento la problemática política (es decir, las ideas) tiene que ceder ante la problemática técnica. Se abre así un período en el que se aprueba la Ley de Principios del Movimiento Nacional y la Ley Orgánica del Estado y se introducen, sin apenas discrepancias notables, las exigencias de libertad religiosa del Concilio Vaticano II, “tan opuesto a la significación originaria del Alzamiento y Régimen español como a la tradicional doctrina de la propia Iglesia católica”, en expresión de Rafael Gambra (Tradición o mimetismo, Madrid: IEP, 1976, 89).

Las dificultades exteriores y, sobre todo, el deterioro del espíritu religioso y patriótico en el interior, coinciden con una evolución hacia la democracia liberal y el socialismo entonces vigentes y una progresiva europeización bajo el pretexto del desarrollo económico. El Movimiento quedó reducido a funciones burocráticas y de movilización de masas. Incluso, en sus últimos años, su dirección recayó en políticos hábiles, dispuestos a aprovechar para la demolición del Estado de las Leyes Fundamentales la capacidad instrumental de dicho organismo así como su potencial de encuadramiento y de influencia.

Por culpas ajenas y propias, la Falange entró en la llamada Transición política sin haber encontrado espacio para la brecha de serena atención. Y en esa situación seguimos.
Poesía que promete
“Victoria sin alas”, así calificó José Antonio el triunfo electoral de las derechas en noviembre de 1933. Aquellas palabras adquieren especial resonancia en la coyuntura en que nos movemos durante estos días, cuando todo hace pensar que no hay nadie dispuesto a hacer frente a una situación en la que está en peligro la propia supervivencia de España y de su personalidad forjada a lo largo de la historia.
“Porque hay algunos que frente a la marcha de la revolución creen que para aunar voluntades conviene ofrecer las soluciones más tibias; creen que se debe ocultar en la propaganda todo lo que pueda despertar una emoción o señalar una actitud enérgica y extrema. ¡Qué equivocación! A los pueblos no los han movido nunca más que los poetas, y ¡ay del que no sepa levantar, frente a la poesía que destruye, la poesía que promete!”.
Cuando España se debate entre una absurda pasión política y la más extrema desilusión, José Antonio ayuda con el magisterio de su propia existencia a redescubrir la capacidad de vivir al servicio de una empresa que merece la pena; llenando de sentido cada una de sus horas y minutos, desempeñando una tarea con humildad, desprendimiento y discreción. Ni conformistas, ni indignados: el fundador de la Falange nos enseña a instalarnos en una vocación de servicio y sacrificio porque nuestra época no deja espacio a la soberbia solitaria de los utópicos ni a la pereza, disfrazada de idealismo, de aquellos que se ufanan en llamarse rebeldes.
Con José Antonio es posible un sano patriotismo que resulta urgente recuperar del auténtico basurero al que lo han arrojado las izquierdas y las derechas. Las primeras renegando de la tradición histórica, del constitutivo esencial de España que no es otro que “la interpretación católica de la vida”; las derechas haciendo precisamente de estos valores gallardete para encubrir la defensa de sus privilegios y arrojándolos por la borda cuando les han parecido un lastre pesado. Y ambas, derechas e izquierdas, cediendo terreno al chantaje de los nacionalismos parasitarios.
De esa manera, la Patria se descubre como solar del hombre que es “portador de valores eternos”, dotado de cuerpo y alma en unidad sustancial, capaz de condenarse o de salvarse, con vocación de eternidad, concepto que rescata el verdadero significado de la dignidad humana y que llena de sentido una política permanente de elevación material de la vida humana.
Para José Antonio ―como escribió José Luis López Aranguren en 1945― “la suprema libertad, cumplida en la vocación, y la suprema perfección, cumplida en la Obra acabada, se logran siempre a través de la resistencia, de lucha y, entre todas las luchas, la más alta, la lucha contra el dolor, que consiste en el sacrificio, en el heroísmo, en “dar ―como dijo José Antonio― la existencia por la esencia”, y la vida natural por la vida angélica” (La Filosofía de Eugenio d´Ors, Madrid: Ediciones y Publicaciones Españolas, S. A, 1945, p. 148).
Y es que parecen escritas para él, las palabras que él mismo pronunció ante los despojos de un mártir, y que siguen dando testimonio de la gran esperanza, la única esperanza posible en este 20 de noviembre de victorias sin alas:
“Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos niegue el descanso hasta que sepamos ganar para España la cosecha que siembra tu muerte”.

Aspecto religioso de la Defensa del Alcázar de Toledo

Publicado el 27 Sep 2011.
Por Ángel David Martín Rubio.
Texto de la conferencia pronunciada en el ciclo conmemorativo del 75 Aniversario de la Hermandad de Nuestra Señora Santa María del Alcázar. Madrid, 1 de junio y Toledo, 15 de septiembre de 2011.Excmo. Sr. Gral. Piñar

Excmos. Sres., jefes, oficiales y suboficiales
Señoras y señores
Quiero comenzar dando las gracias más sinceras a la Hermandad de Nuestra Señora Santa María del Alcázar y a su Hermano Mayor, General de Infantería D. Blas Piñar Gutiérrez por la invitación a participar en este ciclo de conferencias conmemorativo del 75 Aniversario de la defensa del Alcázar de Toledo y de la propia constitución de la Hermandad.
Como nieto de uno de los defensores y caído por Dios y por España en otro de los asedios más gloriosos de nuestra guerra, el de Belchite, me siento particularmente vinculado a este otro episodio, el de la fortaleza toledana, en el que se manifestaron las mismas virtudes de patriotismo y religiosidad que llevaron a definir al citado pueblo aragonés como alcázar de adobe, evocando así una idea importante. Fueron los pechos de sus defensores y de la población civil que colaboró con ellos los que convirtieron los sillares de cantería granítica de Toledo o las humildes paredes de tapial de Belchite y tantos otros lugares de España en baluartes capaces de resistir hasta lo inverosímil.
Son aplicables a este respecto las palabras de Judas Macabeo recogidas por el autor sagrado en el Antiguo Testamento:
«Es fácil que muchos caigan en manos de pocos, pues al Cielo lo mismo le cuesta salvar con muchos que con pocos; la victoria no depende del número de soldados, pues la fuerza llega del cielo. Ellos vienen a atacarnos llenos de insolencia e impiedad, para aniquilarnos y saquearnos a nosotros, a nuestras mujeres y a nuestros hijos, mientras que nosotros luchamos por nuestra vida y nuestra religión. El Señor los aplastará ante nosotros. No les temáis» (1 Mac 3, 18-22).
*
«Fue un miliciano quien dijo una de las verdades más crudas sobre la guerra española, a través de una emisora que incitaba a la rendición a los héroes del Alcázar. En aquel combate verbal, tan frecuente como meridional y pintoresco, entre dos posiciones de nuestros frentes, después de unos días de silencio, se oyó de nuevo la voz zafia del miliciano que dejó caer estas conocidas palabras, merecedoras, por venir sin duda desde lo más hondo de nuestra alma popular de grabarse en oro de la mejor ley: “Vosotros por creer en Dios, y nosotros por no creer en Él, en menudo “fregao” nos hemos metido”»[1].
Sirva esta anécdota aducida por Vicente Marrero en el prólogo a La guerra española y el trust de cerebros para situarnos en el escenario de nuestra intervención, el asedio y defensa del Alcázar, y en la perspectiva desde la que vamos a ocuparnos de él: el aspecto religioso.
Aspecto religioso que junto a matices muy variados resulta imprescindible para caracterizar a la contienda española de 1936 como venía ocurriendo en nuestras más significativas guerras intestinas desde el siglo XIX. La guerra española fue, sobre todo, una guerra entre los que querían conservar su fe cristiana y los sin Dios. Fue una guerra eminentemente espiritual que resultó Cruzada por los valores que en ella se atacaron y defendieron. Y el Alcázar de Toledo fue «punto culminante de dicha guerra», en palabras del Cardenal Gomá, por eso tiene pleno sentido hablar de los aspectos religiosos de su defensa que van mucho más allá de la particular vida de piedad de los asediados.
El primero de los prelados españoles en usar la palabra “Cruzada” en un documento oficial, fue el Arzobispo de Zaragoza D.Rigoberto Domenech en una circular de 29 de agosto de 1936 en la que se afirmaba: «Ha transcurrido poco más de un mes desde que nuestro glorioso Ejército, secundado por el pueblo español, emprendió la presente cruzada

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