Carlos Paz
JOHN RILEY
Fair young maid all in the garden,
strange young man came riding by
saying: “fair young maid, will you marry me?”
(The Byrds)
Por Carlos Paz.
De todo aquello hace ya mucho, mucho tiempo. Ni los más viejos del lugar recuerdan apenas ya esta historia y cómo se la relataban sus mayores en las largas noches de invierno cuando ellos no eran más que unos niños. Las gentes de este pequeño pueblecito del norte de Escocia, mantienen en su memoria éste y otros muchos relatos, pero nadie alcanza a saber en verdad la autenticidad o no de los hechos. Son parte de ellos, pese a que sientan que se encuentran más cerca de la leyenda que de la realidad. ¡Qué lastima!, pues os puedo asegurar que esta historia es totalmente cierta.
Corría el año de Nuestro Señor de 1756. Por aquel entonces el pueblo de Oban no se diferenciaba en gran medida de lo que hoy es. En realidad, si exceptuamos las cuatro pequeñas cosas que por el inevitable paso del tiempo han modificado la fisionomía del lugar, podremos hacernos a la idea de cómo era en aquellos días.
Las casas siguen siendo, prácticamente, las mismas. Sus paredes y techos están construídos, como la naturaleza de quienes las habitan, de materiales primarios y fuertes. ¡Del puerto se diría que es el mismo de entonces!; el pasear por sus calles, sigue produciendo la misma sensación de sosiego de siempre. Apenas se deja ver algún automóvil por ellas y los pocos niños que hay, pueden jugar alegremente sin ser molestados. El campo forma parte inseparable de todo el paisaje; estés donde estés, y mires donde mires, es imposible no vislumbrar el color verde de sus montes. Un universo de verdes y azules inundan la comarca. Verdes de la tierra y azules de la mar.
Quien llegase a este rincón del mundo bien pronto se daría cuenta que las gentes de aquí, viven de espaldas a la tierra y que solamente tienen ojos para la mar. Esto no es más que un reflejo de lo que verdaderamente son: hombre rudos y de gran obstinación, hombres que volcados en la mar, quisieran decirnos que incosncientemente pretender dejar, allá en tierra, todo lo que suponga novedad y cambio, progreso y modernidad. Al fin y al cabo, el inexorable paso del tiempo, la realidad.
Es la comarca de Oban un extremo del mundo en donde la vida se saborea lenta y minuciosamente, sin la premura de la gran ciudad, ni la cadencia del mundo rural; aquí las cosas son muy diferentes. Diferentes en la forma de ver las cosas, de contemplar en mundo. Hay quien dice que sólo aquí son posibles determinadas situaciones. Tal vez sea cierto.
Las estaciones no existen. Durante todo el año, a excepción de unas breves semanas de primavera y verano, persisten las lluvias, que en forma de niebla espesa y perpetua envuelven la comarca, haciendo del paisaje un frío y espectral escenario. Pudiera ser por ello, por lo que sus gentes son tan proclives a creer en apariciones y sucesos extraordinarios.
Todo el pueblo vive de lo que sus hombres obtienen con su esfuerzo y trabajo de la mar. No ven con buenos ojos a quienes viven en el interior y comen del campo, de la tierra. Hay quienes jamás se acercaron a las ferias de ganado de las cercanas Tarbet e Inveraray, y no digamos a la gran ciudad, a Glasgow. Ésta encarna para ellos la degeneración, la decadencia, el pecado. Si se les pregunta, ellos responderán que son y se sienten de Oban, no escoceses. Inglaterra para ellos queda enormemente lejana. A los únicos que miran con cierta simpatía es a sus vecinos de las islas del otro lado del Firth of Lorn, y en cierta manera a los irlandeses.
El pueblo elige a su alcalde cada seis años de entre los miembros de las tres familias más antiguas y respetadas del lugar: los Gordon, los Mac Lean y los Kilchoman. Una vez terminado el periodo de mandato, se ha de ir a vivir solo unos meses a la cercana e inhóspita isla de Lismore a purgar los errores, los haya cometido o no. A su marcha las gentes le despiden de mala manera y sus propiedades son incautadas, para serles devueltas a su regreso si procede. Desde que se recuerda, los habitantes de Oban no han mandado nunca representantes a la asamblea de la comarca.
El corazón de la vida de Oban es su puerto. En él las gentes trabajan, sueñan, pasean, juegan y aman. Un día como cualquier otro, se puede ver a los hombres reparando sus redes o llegando a tierra después de una larga y dura jornada de trabajo; las mujeres les ayudan en las faenas más laboriosas, mientras las más jóvenes esperan ansiosas la llegada de sus hombres, mientras que los niños juegan entre los restos de pescados, y los más viejos se sientan durante las horas centrales del día en las estribaciones del muelle, fumando en sus toscas pipas, recordando años mejores o tal vez imaginando lo que pudo ser y no fue.
Las historias que del mar y sus gentes se cuentan son innumerables. Son una fuente inagotable de relatos, pero la que más se repite tal vez sea, la del marino Andrew Campbell, el quebrantaolas como todos le conocían. Sus travesías por el mar del Norte persiguiendo enormes ballenas, lo que le aconteció en sus viajes por la costa de Groenlandia, su estancia en la isla de las Sirenas, las aventuras por la ruta de los halibuts más allá del polo, o su vuelta después de veinte años cargado de oro hasta los topes, son por todos de sobra conocidos.
Pero no nos distraigamos. Volvamos a nuestra historia.
Una mañana de finales de marzo, la hermosa y aún joven hija del matrimonio O´Neil estaba en su jardín atareada en los cuidados de las flores que comenzaban a germinar en esas fechas, cuando un hombre extraño llegó cabalgando hasta ella. Su faz era oscura, ajada por muchos años de sol y viento; su cuerpo era grande y robusto, su vestimenta insinuaba la lejana procedencia del caballero. Con un perfecto acento le preguntó por la posada más cercana, a lo que ella educadamente le respondió que en aquel pueblo no había ninguna.
La mirada de aquel hombre era profunda y no exenta de misterio, sus oscuros ojos negros desnudaban el alma de la joven. Ella nerviosa entró en casa y llamó a su padre. El caballero desapareció entonces.
Pasaron los días y la muchacha pensaba en aquel extraño caballero frecuentemente. Preguntó en el pueblo si alguien sabía algo de él y nadie le supo decir nada al respecto. Ninguna persona le había visto jamás.
Una noche, algunas semanas después, justo antes de acostarse la joven miró por la ventana, y le pareció ver junto a la arboleda la sombra de aquel misterioso hombre recortada en la oscuridad. No sabía qué pensar…”¿qué podía estar haciendo allá fuera?”, se preguntaba. Volvió a mirar y encontró un papel en el aféizar de su ventana. En él estaba escrito: “Que duermas bien. Felices sueños”.
Le fue imposible conciliar el sueño en toda la noche.
Todas las mañanas la joven salía de su casa muy temprano para ir al puerto y esperar la llegada de todos los barcos. Volvía a su casa a comer, ayudaba a su padre en las tareas domésticas, y marchaba con el atardecer a la playa a ver ponerse el sol.
Una de tarde, como otras tantas, observó cómo desde donde las arenas terminaban un jinete se aproximaba hacia donde ella estaba. Miró atentamente y vio que era él. Su primera reacción fue la de asustarse, pero sintió al momento una profunda tranquilidad al descubrir que el hombre le saludaba desde lo lejos.
Una vez a su altura, le saludó y pidiéndole permiso para hablar con ella descabalgó.
- Buenas tardes señorita.
- Buenas tardes…
- ¿Me recuerda?
- Si…Usted es el hombre que vino a casa preguntando por una posada.
- En efecto.
- Y…¿la encontró?
- No, no hay ninguna en unas cuantas millas a la redonda.
- ¿Dónde ha estado, entonces?
- Por ahí. Estoy acostumbrado a dormir en cualquier parte. ¿Cuál es su nombre?
- Hope.
- Encantado. Precioso nombre…El mío es Andrew…
- Encantada.
- ¿Me da permiso para preguntarle algo?
- Eso depende.
- Me arriesgaré entonces. ¿Qué hace usted a estas horas aquí en la playa? Perdone que me entrometa, pero la he observado algunas tardes y veo que viene muy a menudo.
- No creo que sea de su incumbencia.
- Es cierto. En fin, se hace tarde. Me he de ir ya. Espero verla en otra ocasión.
- Tal vez sea así.
- Hasta pronto Hope.
El hombre se alejó a paso rápido por el extremo izquierdo de la playa, hasta perderse del alcance de la vista de Hope. Ella quedó callada, pensativa mirando al oeste, al infinito entre el cielo y el mar.
Los encuentros en la playa se sucedieron cada vez con mayor asiduidad y las conversaciones se hicieron más largas y profundas, lo que comenzó a dar de qué hablar en el pueblo.
Una suave tarde de mayo, estando sentados en la arena Andrew le preguntó:
- Hope, ¿quieres casarte conmigo?
- Ella bajó la mirada y le respondió:
- No, no puedo casarme con usted, porque yo tengo un amor que se echó a la mar hace ya siete años.
- ¿Y si él murió en alguna cruenta batalla, o si se ahogó en las profundidades del mar?
Ella seguía, con la cabeza agachada, callada mirando la arena.
- ¿Y si encontró algún otro amor, y él y su nuevo amor se casaron?
- Si él encontró otro amor y ellos se casaron, les deseo salud y felicidad, allá donde sea, al otro lado del mar.
El caballero le cogió entre sus brazos y la besó una, dos, tres veces, y le dijo:
- Entonces no llores más mi amor. Yo soy tu largamente perdido John Riley.
OCHO DÍAS EN EL AÑO
Por Carlos Paz.
Poco tiempo antes a estas fechas siempre miro el calendario para ver como “cae” la Semana Santa. Y es que pese a haberme sido explicado mil y una veces el proceder para calcularlo, otras tantas en explicarme el computus, aquello de que si se rige por el calendario lunar, que si tal que si cual, es lo mismo, mis meninges no dan para mas.
Algunos de mis lobotomizados conciudadanos, esos pocos a los que aún les queden cuatro perras en el banco o bajo el ladrillo, estarán haciendo cábalas sobre dónde huir en estos días. Los más, obligados por las circunstancias, aguantarán el chaparrón en la ciudad y si acaso se acercarán por un ratejo al pueblo, que ahora resulta molón, está in, e incluso cool si se me apura, dado que entre la imbecilidad esa del perogrullesco invento del “turismo rural” y que los tontos descubren cada dos por tres que lo tradicional es de lo que nunca debió uno salir, se queda, divinamente; los horteras indefectiblemente, a la playa.
A veces parece que es necesario traer a la palestra que la Semana Santa es el recuerdo de la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús de Nazareth. Sé que molesta recordarlo, y eso me anima si cabe más a hacerlo, claro está, pues quien me conozca un poco bien sabrá cómo me satisface ser un incordio. Tan solo mencionar su nombre provoca urticaria pues, no es grato para según quién, hacer saber que la Verdad no es relativa, que no depende del recuento de unos votos, que no es susceptible de mutar al capricho de una mayoría dada y sobre todo que no entiende de pasteleos y consensos. Y si no prueben ustedes a manifestar su fe en Cristo públicamente en una conversación dada, formada digamos, por un afeminado de Mondoñedo, una repelente niñata posmoderna que minutos antes había resumido sus creencias en frase tan lapidaria como que “creía en la energía”, un demócrata doctrinal de esos que no pueden terminar ninguna discusión sin apostillar “no comparto tus opiniones, pero las respecto”, y una maruja bien entrada en años que aún actúa, habla, y se pinta como si tuviera veinticuatro: verán sus efectos ¡Anímense!
Es sabido que al calor de la Ilustración no faltaron, como no podía ser de otra forma, quienes negaron la existencia histórica y tangible de Jesús; y pese al riesgo de hacer el mayor de los ridículos, aún existen los que persisten en tal disparate (aunque son muy pocos, ciertamente). Y como ahora no es de recibo -aunque ganas no falten a unos cuantos- quemar iglesias, profanar tumbas y poner contra la pared a sacerdotes, los tiros (con perdón) van ahora en una más sutil dirección. Gramsci nos dejó dicho que, si se lograba construir un nuevo lenguaje, surgiría todo un nuevo orden del pensamiento. El propósito es claro, pues es el lenguaje y las palabras, lo que construye el entendimiento, nuestra manera de relacionarnos y comprender el mundo; cambiando éste, pervirtiéndolo, deformándolo, habremos transformado nuestro juicio y con él, invertido la representación de la realidad. Y en esas estamos al padecer estos tiempos de contraprestada solidaridad -para enterrar aquello de la caridad-, de un deshonesto laicismo que rezuma odio -con infames procesiones ateas incluidas-, tiempos de general inversión cultural -recordemos el horror de la “semana blanca”-, todo lo cual tiene como fuente de inspiración el odium fidei. Porque se sea creyente o no, habrá que convenir una cosa: que la Iglesia, y más lo que ella representa y defiende, hoy por hoy, es tal vez una de las últimas trincheras que al liberalismo y su máquina trituradora mundialista les queda por conquistar, por domesticar y así hacer posible que su quehacer sea entera y definitivamente más fácil.
Reconozco que he sido un tanto díscolo, que mi alejamiento de la Iglesia ha ido por etapas a lo largo de mi vida, pero confieso que nunca me ha faltado sentir un arrobo especial en los ocho días que van de Ramos a Pascua. Es, sin lugar a dudas, el momento de mayor trascendencia de la Weltanschauung cristiana: la pasión y la muerte de Jesús-del Hombre-; y la resurrección, la victoria sobre la muerte, -la definitiva demostración de su naturaleza divina-; porque es ahí donde radica lo sustancial, lo trascendente: en su resurrección, pues sin ella nada de lo demás tendría importancia alguna.
Y quede como testimonio de lo dicho la enigmática Síndone, la Sábana Santa, el quinto evangelio, la cual a la luz de la ciencia y cuanto más se la analiza, más le resulta a uno imposible no corroborar todo en lo que creían nuestros abuelos y saber que Cristo es una realidad viva.
Una carta inesperada
Al volver esta misma mañana del desayuno, al instante de abrir la exigua portezuela del buzón de mi casa para coger con desidia el correo, aprecié que destacaba de entre todas las cartas, una en la que un exótico sello delataba su lejano e incierto origen. Inmediatamente di la vuelta al sobre, sin dejarme de interpelar en mi foro interno sobre quién pudiera escribirme desde un sitio tan distante y con aquella letra que a mi parecer resultaba completamente ignota y no exenta de atractivo. Me costó unos segundos adivinar la autoría de la misiva, pero el remite no dejaba resquicio a duda alguna de quién era la persona que había impreso aquellas letras. Se trataba de Cojoncio Rivadavia, un compañero de facultad del que nada he sabido desde ni sabría decir a ciencia cierta cuanto tiempo.
Subí la escalera atropelladamente, como en mí es acostumbrado, comiéndome los escalones de dos en dos. Entré en casa y sin desasirme siquiera del abrigo, arrojando sobre la mesa en la que escribo las cosas que traía conmigo en los bolsillos, centré toda mi atención en aquella carta. Esperaba ansioso buenas nuevas del otrora compañero de correrías, de aquel cómplice de tantas noches y escarceos, y he de confesar que resultó un tanto frustrante lo que revelaba el contenido, me esperaba enteramente otra cosa.
Se explayaba mi antiguo amigo, sobre cómo había transcurrido ese torrente de años sin vernos, cómo después de llegar con tanto esfuerzo hasta aquellas tierras, producto de sucesivas carambolas existenciales, cómo eran ya casi quince años los que arrastrando sus huesos por aquellos andurriales, había dejado a jirones su vida. Me relata en esas líneas que todo fue bien durante los primeros cinco años, pero que hacía poco más de diez, los amables naturales de allí se han visto desbordados por un aluvión incontrolado de gentes de muy diversas procedencias. Me dice, que son cerca del doce por ciento de la población y que suman ya los cinco millones, vamos que, ¡se trata de una verdadera invasión! Además, me hace saber que la misma cifra de ciudadanos autóctonos está sin trabajo y que las autoridades no hacen nada al respecto. Me cuenta con tristeza que de las gentes que han llegado de fuera, los hay que se han establecido creando tiendas destartaladas, tiendas insalubres, y que sin respetar ninguna norma básica de sanidad, ni horarios, ni aspecto laboral alguno, están exentos de pagar todo impuesto; que otros, acaparando barrios enteros, amedrentan a los autóctonos residentes pues se dedican a traficar con droga y a otras delictivas actividades; que incluso, y son los más, que venidos de la otra parte del mundo y hablando su misma lengua son los que resultan más molestos, que con sus chillidos y estridente música, parecen incapaces de adaptarse a las más mínimas normas de convivencia; que éstos son los más insoportables, que acaparan todos los recursos sociales, y que crean bandas organizadas para extorsionar a los más débiles.
Se lamenta mi amigo, que la ciudadanía está harta, pero que nadie puede siquiera protestar, pues de hacerlo son tachados de racistas, llegando incluso a tener que rendir explicaciones legales. Que los políticos, lejos de atajar este problema, alentan a la llegada de más invasores; que les regalan la nacionalidad, mientras ellos roban a manos llenas y viven muy alejados de donde la problemática de los invasores es dramática.
Doblé sobre sí aquellas páginas y las introduje en el sobre quedando pensativo, sobre mi amigo, sobre cómo había pasado el tiempo, y acerca del modo en que le iban las cosas.
Medio absorto, no puedo evitar pensar para mis adentros: “pobre Cojoncio, qué mal estará pasándolo pero, menos mal que nada de eso sucede en España”.
FERIA DE ARTE ARCO
“Sólo porque todo el mundo crea que algo es verdad, no significa que lo sea”
Por Carlos Paz.
Siempre he creído que el arte es la expresión cultural de una época, y ésta, por ridícula y eunuca, tiene el que se merece. Cuando una sociedad está sustentada en los valores (¿?) y modelos éticos en los que se asienta en la actualidad, cuando el relativismo es la fuente de la que emanan todos los principios democráticos, cuando todas las opiniones son respetables…un W.C. con zurullo incluído, es elevado a la misma categpría artística que Las Meninas, ¡lógico!
Al mirar el calendario por estas fechas y ver que se acerca se engendro que conocemos como ARCO, he de reconocer que al igual que en los tiempos en que me arrastraba alguna novia progre en el pasado a ver un estreno de Almodóvar, o cuando me cruzo de noche con Lucía Echevarría ataviada de modo sensual, se me hiela la sangre. El contemplar a toda esa ralea de petimetres, engreídos, petulantes y cursis, críticos y juntaletras a sueldo, marchantes sarasas y estafadores sin fronteras, alabar el mal gusto hasta la extenuación elevándolo a las cimas de lo sublime, se me revuelve el estómago.
Viendo esta clase de eventos no puedo más que recordar aquel cuento de Hans Christian Andersen en el que solamente un niño es capaz de decir que el rey camina desnudo. Y es que al pan, pan, y al vino, vino; aunque en esta ocasión sea la palabra mierda la que haya que utilizar.
Se cuenta que unos malintencionados en una pasada y reciente edición de esta feria, colgaron un cuadro hecho por unos niños, y que éste alcanzó una cifra desorbitada en su venta. Normal; pues no para niños sino para imbéciles (o muy listos) están concebidas estas cosas. Pero, con todo, no es esto lo peor. Lo trágico, lo profundamente perverso, es el concepto que del arte en sí se ha conseguido transmitir. Solamente al hablar de “feria de arte contemporáneo”, nos viene a las meninges todo menos eso precisamente. Las ferias están muy bien, para el ganado, el circo, la cerámica o la papiroflexia, pero no para el arte. ¿Cómo va a situarse el arte dentro de una feria? Aunque pasada esa primera sensación, y bien mirado, hemos de darles la razón, pues viviendo en la época que padecemos en donde todo se vende y se compra, por qué no mercadear también con el arte.
El concepto de arte realmente ya no existe, ha quedado encuadrado simplemente como un producto más, un mero producto de consumo en donde se compra compulsivamente, se fagocita, se tira, y se vuelve a consumir. Lejos ha quedado ya aquel tiempo en donde se pretendía plasmar en una obra algún sentimiento universal, llegar al corazón de la persona, y acercarle a lo eterno por unos instantes.
No creo que merezca ese templo del engaño y la mentira que es el IFEMA en estos días muchas palabras más. Tan sólo añadir que, aún no he visto señalar a nadie con el dedo a estas ferias como un lugar de blanqueo de capitales, pues mucho me temo que por ahí irán los tiros.
PEQUEÑAS TRIBULACIONES
Por Carlos Paz.Alguno ya conocerá mi nombre, y considero que incluso eso es demasiado. Vivo en una gran ciudad, que bien pudiera ser la misma en la que tú vives, y como todas, por ende, triste, gris e inhumana; podría resumirse que me veo obligado por ello a soportar diariamente miles de ruidos, a un ingente número de imbéciles e infinitas molestias de todo tipo. Aún con todo, he de confesar que no me desagradaba hasta hace bien poco todos esos inconvenientes que vivir en una gran ciudad conlleva, a cambio de los fatuos beneficios que reporta. Mi vida ha sufrido en los últimos meses una gran transfiguración, desde verme obligado a cambiar de trabajo y de casa, hasta sufrir la pérdida de seres muy cercanos. Ahora con un poco de mayor perspectiva, supongo que se ha cumplido la máxima esa que dice que no hay mal que por bien no venga; en cualquier caso el tiempo lo dirá.
De unos días a esta parte, dedico el tiempo a recorrer mi antiguo barrio en donde aún conservo alguna que otra amistad, y compruebo con tristeza cómo ha cambiado todo tanto. Apenas logro reconocer ya sus calles y sus gentes. Y no solamente por el ineludible paso del tiempo, sino porque todo es enteramente distinto, como otro mundo. Me parece en ocasiones verme a mí mismo con pocos años, corriendo por las aceras y escondiéndome en los rincones que solía frecuentar, y me es inevitable sentir tristeza al comprobar cómo la vieja galería comercial en la que guiado por mi abuela hacía la compra, entonces abarrotada de puestos y gente, subsiste únicamente con un último superviviente que dedica sus horas a la venta de pescado; que del viejo estanco no queda ni el rótulo de la entrada que como vestigio pudiera hacer recordar lo que allí hubo; que multitud de negocios cerrados, dejados a su suerte, proclaman en sus puertas y ventanas con un lánguido “se alquila”, soledad; que no hay ni rastro del puesto de periódicos al que mi padre solía mandarme por las tardes, o cómo la mayor parte de las pequeñas tiendas que mantenían la economía del barrio han desaparecido o se han transformado en insultantes y cosmopolitas tiendas de todo a cien regentadas por orientales. De todo lo que recuerdo solamente quedan dos o tres bares de las decenas que en su día existieron, la vetusta tienda de arreglos de calzado, la panadería, y el desangelado rincón de las quinielas. Poco mas. Hasta los edificios me son extraños y apenas quedan vecinos a los que saludar. Me es costoso ubicar exactamente en qué lugar quedaba la peluquería en donde cuando era pequeño, casi a rastras, me llevaba mi madre, y que con el correr de los años se convirtió en ritual de cortarse el pelo en una mera excusa para pasar el rato y conversar con aquel cándido hombre que lo regentaba. Pensando pensando, imagino que la gente fue marchándose de allí poco a poco sin yo darme cuenta, que al tiempo, parte de los negocios fueron sustituidos por variopintas cadenas extranjeras de alimentación y hostelería, y que en gran medida los que se fueron dejaron su lugar para que fueran ocupados por gentes extrañas venidas de muy lejos. Hoy mismo a los pies de mi antigua casa me ha resultado ciertamente penoso observarla, aunque admito que no puedo evitar considerarla aún como algo mío.
Recorro a paso lento las calles más angostas y se me ofrece ante mí un espectáculo descorazonador y deplorable, la suciedad cubre aceras y fachadas donde antes el silencio, la pulcritud y la tranquilidad lo inundaba todo. Mis ojos y oídos se topan con gritos y ordinariez, indigencia moral, que no esperaba encontrar, con zafiedad traída desde remotos lugares, la cual parece que hay que aceptar resignadamente y poco menos que reverenciar. Este es el nuevo orbe que se nos ofrece como única alternativa, como única opción viable fruto del falso progreso, un universo vacío, torpe, vulgar, y carente de alma. Y sólo puedo imaginar el mundo que dejaremos a nuestros hijos, infinitamente peor del que nosotros nos encontramos, aquél que nos dejaron nuestros mayores, ese que ahora vagamente logramos recordar y que casi parece un sueño.
Y me siento en uno de los pocos bancos que aún quedan a la vera del río, y consigo distinguir en un anciano a aquél que otrora fuera un distinguido militar que me regalaba caramelos y carantoñas, y veo a los pocos niños que todavía hoy viven aquí corretear por donde yo mismo lo hacía y me es imposible no verme reflejado en ellos. Y observo que casi no sobrevive ninguna de las acacias que con su sombra cobijaban al paseante, que la vorágine de la construcción se las ha llevado, y que el paisaje se me presenta súbitamente de un modo hostil y agresivo. Paisaje y paisanaje han desaparecido tal y como lo recordaba para nunca volver.
Cabizbajo y entristecido cruzo el río y me encamino a ninguna parte, llevando conmigo todas esas ideas, pensando que sin darme cuenta he envejecido. Porque hacerse viejo al fin y al cabo debe ser esto, ser apartado de un mundo en el que no te ves reconocido, que ya no es el tuyo.
ADIOS 2011, ADIOS
Por Carlos Paz.Hace apenas unos minutos, estaba yo desayunando en mi habitual rincón de la cafetería en la que por unos minutos me aislo del mundo cada mañana, hojeando el periódico, y no paraba de ver de soslayo noticias referentes a la crisis, a las medidas que se prevén que adopten Francia y Alemania, el Banco Central, y que resignadamente suscribe ese gobierno que está en ciernes. Y veo con trsiteza que a lo único que desean los españoles es que se “arregle la crisis”, que a lo que aspiran mis connacionales es a volver a las andadas, previo saneamiento de sus cuentas corrientes, y retornar al despilfarro, y me entristezco dándome cuenta que parece que nadie se ha enterado de nada. Porque lo triste no es caer en el error, en la derrota, en la desdicha, sino no extraer una lección para el futuro de lo que nos ha acaecido y del marasmo en el que estamos sumergidos.
Siendo importante, dramático, el hecho de que cinco millones de españoles estén sin trabajo, aún lo es más que vivamos y convivamos, que inhalemos con normalidad la viciada y narcótica atmósfera que el capitalismo ha creado; esa que hizo que nos endeudásemos hasta las orejas queriendo pensar que nadie iba a pagarlo o si acaso, que se pagarían por sí solos los créditos que ufanamente solicitábamos. Y digo esto porque al fin y al cabo, pese al horror que haya de vivir cada persona que sufra en sus carnes el desempleo, la impotencia de no poder mantener a su familia o a sí mismo, el paro terminará, antes o después, y como afortunadamente nadie muere de hambre en nuestro suelo, lo primordial sería poner los instrumentos necesarios para que nada de lo que ha motivado la situación en la que nos encontramos vuelva a sorprendernos como lo ha hecho, pues está claro que si no nos replanteamos cómo vivir, todo por lo que estamos pasando volverá a suceder de nuevo, más tarde o más temprano.
La crisis que padecemos no es solo económica, sino que es en mayor medida de naturaleza política, social y moral. Lo económico es siempre un reflejo de las circunstancias que nos rodean, de un planteamiento previo, de unas ideas e ideologías que se han plasmado en el quehacer de una sociedad. El individualismo, el egoismo, el hedonismo sin límites, propalado por un sistema que parte de la injusticia como política consumada, con esas enormes bolsas de pobreza, con verdaderas nuevas formas de esclavitud, que arrasa al Hombre y a su entorno, y que ante esto se cruza de brazos y lo ve como normal, ese motor ideológico que es el liberalismo y su engendro el capitalismo adaptado a los nuevos tiempos habiendo parido ese aborto planetario que es la globalización, han traído estos lodos. Una sociedad que se hace llamar “de consumo”, que proclama a los cuatro vientos el progresismo como polar y que reconoce que para seguir adelante necesita el incremento indefinido de un consumo sin límites, está condenada indefectiblemente a que esto suceda.
A lo que deberíamos referimos cuando usamos la palabra crisis, no es únicamente a los efectos, sino a las causas, aquellas que han determinado toda una manera de concebir el mundo, nuestra existencia, el modo de vivir. Cuando hemos sido copartícipes de una vorágine de consumo, cuando todo lo que nos rodeaba nos parecía insuficiente y queríamos más, cuando éramos conscientes de la problemática de la vivienda y comprábamos otro piso para venderlo cuando éste subiera, en el momento que adquiríamos un coche aunque no lo necesitásemos, por haber pedido créditos inecesarios aunque nos endeudáramos nosotros y a nuestros hijos con fines superfluos, cuando al fin y al cabo hacíamos eso que tanto oíamos y que se llamaba “vivir por encima de nuestras posibilidades”, estábamos participando directamente de ese auténtico Moloch que es el consumismo, el capitalismo, la especulación, como queramos denominarlo, y que mientras nos iba bien en esa feria nadie protestaba (o muy pocos) y aquellos que lo hacíamos éramos tildados de tontos, de extravagantes o de locos. Ahora nos vienen mal dadas y toca protestar, echar las culpas a los otros, que es muy de aquí, y ni siquiera nos queda verguenza para admitir nuestra culpa.
¡Claro que los bancos y ese ente abstracto de los mercados, tienen mucha culpa!, pero seamos honestos, no toda. Quien esto escribe no cree en el interés, ve en los bancos a despreciables sanguijuelas usurarias, y aboga, como es de sentido común, por una banca pública; pero faltamos a la justicia cuando señalamos a éstos como únicos causantes de todos nuestros males. ¿Acaso nos obligaron a llevar un tren de vida inútil y artificial, que a nada conduce, a endeudarnos y colaborar con tal sinsentido?, porque hagamos examen de conciencia y respondámonos honestamente.
Crisis en griego significa cambio, y en eso es lo que debería consistir todo el asunto, en cambiar, en transformarnos, en analizar por qué hemos llegado hasta el punto en el que nos encontramos y qué deberíamos mutar. Tendría que ser la hora de replantearnos toda nuestra existencia, o al menos, nuestra manera de abordarla y de compartirla con quienes tenemos a nuestro lado, con nuestros próximos, pues de lo contrario tendremos lo que nos merecemos.
Es palpable que la gente está harta, y que por ello se lanzaron en masa el veinte de noviembre a introducir un papelito en una urna para solicitar un cambio. El propio partido que salió vencedor hace un mes de tales comicios eligió como lema “súmate al cambio”, pero ¿qué cambio? Habrá sin duda una política de reajustes y ahorro, que será bienvenida qué duda cabe, pero que no atajará en ningún caso el problema, puesto que es el Sistema mismo en el que todo se sustenta el gran problema, es un enfermo que agoniza y las presuntas soluciones ofrecidas no son sino cataplasmas que aliviarán si acaso, pero que al partir de un diagnóstico erróneo de poco o nada servirán.
Es la hora de cambiar, de transformarnos, nosotros los primeros, y luego todo lo que nos rodea. Es muy posible que como en la novela de Lampedusa, aquí “cambie todo para que nada cambie”, y al término sigamos donde estábamos. Mucho me temo no equivocarme al escribir que, pocos extraerán alguna enseñanza de los días que vivimos, puesto que los sindicatos desentendiéndose de quienes dicen representar y del interés general de España, únicamente tendrán en mente defender los derechos de los inmigrantes y costosas y empobrecedoras huelgas; el gobiernos y sus sosias, verán que la ocasión la pintan calva para minar los derechos más basicos de los trabajadores y las sufridas conquistas laborales; y lo más triste de todo, la gente seguirá pensando tan solo en su pequeño terruño, en cómo disfrutar las fiestas, en que no le quiten “los puentes”, y en sus pequeños sueños burgueses que será sinónimo de un “sálvese quien pueda”.
Y con éstas ahí está la Navidad, y sin haber entendido nada de lo ocurrido seguiremos en la senda del idiotismo, acercándonos a los centros comerciales a despilfarrar, engordando a Mammón y esperando que los viejos Reyes Magos solamente traigan cosas inútiles y caras a nuestros hijos y hayamos contribuído de este modo a crear otra generación de vacuos consumistas.
Adios dos mil once, adios.
Los tontos, los de siempre y otras cosas de noviembre
Por Carlos Paz.Las elecciones generales están ya a la vuelta de la esquina, una vez más. Nuevamente nos prometen lo impensable, que todo irá bien, puentes donde no hay ríos… la felicidad: cosas de la democracia. Porque ya se sabe que, como dijo la nunca suficientemente ponderada luminaria de occidente que fue Tierno Galván, “las promesas electorales son para incumplirlas”, y la obediente y resignada ciudadanía a tragar, y a acercarse el domingo en cuestión hasta el colegio electoral, sin fe ninguna, como cordero que va al matadero.
Todas las encuestas y sondeos varios, apuntan a una victoria del Partido Popular, y nos da a pensar, como así se percibe en la calle, que amplia y abrumadora; el partido Socialista (PSOE) se topará casi con seguridad con un desastre sin paliativos y sin precedente alguno para ellos en unas generales. De izquierda Unida poco que decir, poco queremos decir, sino únicamente que cada año que pasa se aproxima más y más, con sus soflamas trasnochadas, a ser un partido extraparlamentario; de UPyD, ese aborto partitocrático, se auguran buenos resultados, seguramente debido al descontento general y a que bastantes bienintencionados creen ver en eso un signo de regeneracionismo. Los nacionalistas (regionalistas) mantendrán a grosso modo sus posiciones actuales, (que aunque pierdan escaños seguirán manteniendo su status de bisagra), mientras sus hermanos independentistas subirán en el País Vasco y bajarán en Cataluña. Con estos parámetros nos haremos una idea muy aproximada de cómo se conformará el parlamento que salga de las urnas el próximo veinte de noviembre.
Obviamente del resultado final y definitivo de los comicios, ni qué decir tiene que no esperamos nada, puesto que si ciertamente saludamos con alborozo la salida del presente gobierno, incapaz, perverso y mentiroso, no lo es menos que, sabemos que quienes conformen el nuevo, poco o nada sustancioso harán, y nos resulta previsible un intenso otoño e invierno promovido por la izquierda, de la mano de la izquierda extrema, con huelgas sindicales, acampadas quinceemistas, con o sin pulgas, y alguna que otra patochada de mal gusto a las que esas gentes son tan dadas.
Ha existido una peculiaridad legislativa previa a estos comicios que creemos que ha sido verdaderamente significativa: el constituirse como requisito imprescindible que aquel partido que desee presentarse, necesita la previa presentación del 0,1 % de firmas de la circunscripción a la que quieran presentar una lista electoral. Ello ha hecho que innumerables partidos políticos no hayan podido ver plasmado su deseo, con su consiguiente indignación, pero…¿tiene sentido que verdaderamente sientan vulnerados su derecho al sufragio pasivo? Honestamente creemos que no. Quien no tiene el respaldo de ese exiguo porcentaje entre la población, quien ha sido incapaz de conseguir las firmas de un mínimo puñado de personas, no creemos que tengan autoridad como para erigirse en alternativa alguna.
Y en estas estamos cuando observamos que ningún partido, de eso que tan erróneamente ha sido llamado “nuestro área”, ha logrado presentar candidatura en mi ciudad, en Madrid. A resultas de esto, tirios y troyanos, se han escudado en mil y una artimañas para no afrontar la realidad, que no es otra que haber sido incapaz de recoger ningún fruto de lo supuestamente sembrado. Grandilocuentes planes para la conquista del estado, empezar la casa por el tejado, personalismos ridículos, mantenimiento de auténticos imbéciles en puestos de responsabilidad…han hecho que estemos donde estamos. Y es que estamos atravesando tiempos que cuando dispongamos de la perspectiva suficiente, apreciaremos como históricos, y nos daremos cuenta con tristeza cómo se nos escapó otra oportunidad.
Nunca hemos esperado nada del recuento de unos papeles salidos de una cajita transparente, pero viendo cómo estamos y lo que se nos viene encima, creo que solo queda encomendarnos a Dios y que nos pille confesados.
Un paseo por el río
Por Carlos Paz.Relato (II) -otoño-
Acostumbro desde hace ya algunos años, coincidiendo con las últimas luces del día, a pasear por el margen del río. Ëste es para mi ciudad, Budapest, su sangre, su alma. Por sus azules aguas corre toda nuestra vida. Hasta allá donde puedo recordar siempre aparece su imagen en mi memoria, me es imposible que sea de otro modo; las tardes de domingo junto a mi abuelo reparando su vieja barca, los baños con mis amigos en verano, los paseos con las chicas…todo cuanto he vivido lo he compartido con él.
Mi casa, y antes la de mis padres, se encuentra situada en la calle Szalay, en la parte de Pest, por lo que os podreis hacer una ligera idea de cómo han transcurrido mis años de existencia, y la estrecha relación que con el Danubio he podido tener.
Estos paseos suponen para mí la posibilidad de olvidarme de todas las pequeñas cosas por unas horas, dejar atrás la monotonía del día, abandonarme a mis pensamientos y olvidar por unos intantes que ya sólo soy un pobre viejo enfermo y cansado de todo. Normalmente sigo un itinerario, casi siempre el mismo, de un modo cuasi religioso. Bajo por mi calle, rodeo Országház y dejo que mis pies me lleven en el sentido del río por Széchenyi y Belgrád rakpart.
Cuando más me gusta caminar es a principios de otoño, cuando los árboles se desnudan desprendiéndose de su hojas y las tardes comienzan a refrescar. Es entonces cuando el río corre más lánguida y pausadamente, y mirando el curso de sus aguas me siento transportado a algo así como a una segunda juventud. En ocasiones miro a los niños en los parques y no me cuesta tanto verme a mí mismo en ellos reflejado, jugando entre los arbustos y riendo sin aparente motivo, sin más finalidad que la risa misma.
No acierto a decir con exactitud por qué comencé con esta rutina. Tal vez el hecho de que me jubilaran de mi trabajo y la prematura muerte de mi esposa influyera en ello mucho. Sí, es muy posible que así fuera. Ahora, a esta edad, se me ha de disculpar que mi vida se me antoje confusa y extraña, que acudan en tropel a mi mente un montón de recuerdos sin apenas sentido alguno.
En uno de mis paseos cualesquiera, se me podrá reconocer fácilmente por mi largo y desarreglado cabello blanco y paso sereno. Me place andar solo y recordar. Cuando me siento cansado me vuelvo por donde he venido, y me encierro en mi pequeña casita hasta el día siguiente. Así una tarde tras otra, sin apenas nunca faltar a mi cita. Es posible que se pueda pensar que soy un viejo maniático y caprichoso, y que eso de hacer siempre lo mismo cansaría a cualquiera, pero os aseguro que en absoluto es de esta manera. Aunque todas las tardes se asemejen tanto, no significa que en cada una de ellas no vea algo distinto e interesante, que haya algo que me sugiera seguir sintiéndome vivo. Muchas cosas he aprendio de mis paseos y he conocido a tanta gente que es inútil que intente recordarlos a todos, claro está.
Permitidme que os cuente lo que hoy me ha sucedido y que, como leeréis, no dejará que nada pueda seguir siendo lo mismo.
Tras la cena empecé a sentir el cuerpo tan pesado que decidí iniciar mi acostumbrado paseo. Estuve barruntando algo extraño durante todo el día, era una sensación difícil de explicar, se diría que estaba convencido que hoy iba a sucederme algo especial, que de alguna forma había algo nuevo reservado para mí.
Salí de casa y, abstraído en mi pequeño mundo, me dejé llevar en la misma dirección de todos los días pero esta vez en sentido contrario al del río. Remonté la calle Széchenyi y cruzando el primer puente, bajé los peldaños que lo unen con el parque de Margitsziget, la isla Margarita. Cuando levanté la mirada del suelo me sorprendí a mí mismo allí sin acertar a explicarme por qué había tomado ese derrotero.
Me senté al pie de la pequeña escalinata, decidiendo encender un cigarrillo y descansar unos minutos. A aquella hora aún había unas cuantas parejas que aprovechaban la penumbra de las últimas horas del día para hablarse más dulcemente, para sentirse más cerca de lo acostumbrado y manifestarse su cariño. Permanecí unos minutos ensimismado observando aquella escena; la especial belleza de todo aquello, escuchando el rumor del agua que parecía hablarme, mientras el viento mecía los enormes árboles, quedando embriagado con el olor de las flores. Sé que puede parecer tonto pero sentí, en cierta forma que estaba allí por primera vez.
En ese momento afluyeron a mi cabeza con una claridad cristalina recuerdos de un pasado enormemente lejano, de una juventud totalmente olvidada. Recuerdos que hasta entonces me resultaban ajenos, o lo más próximo a una vida anterior. Eran acontecimientos de muchísimos años atrás, hechos que parecían ya olvidados y en lo que no había reparado desde mis años de estudiante. Giré mi cabeza y en el banco que estaba a mi derecha pude ver una inscripción, casi imperceptible labrada en su madera. Pasé mis dedos sobre las letras y pude comprobar que se trataba de algo que había escrito yo mismo hacía al menos cuarenta años. Al momento recordé todo repentinamente. Se trataba de mi apellido y el de una hermosísima joven, la cual era mi prometida por entonces, ambos entrelazados y formando una cruz del tamaño de un puño.
Debía llamar la atención el verme, yo, un viejo estrafalario en cuclillas escudriñando la madera de aquel banco. El que me observara podría pensar cualquier cosa, desde luego. Al minuto vino a sentarse a mi lado una mujer, aún joven, atractiva y extremadamente dulce y educada. Me preguntó qué era lo que estaba haciendo, y aunque intenté disimular y explicarle algo muy diferente, no pudo resultar más que ridículo lo que le conté. Ella sonrió.
No sé el tiempo que permanecimos hablando sobre nosotros, sobre nuestras vidas, de un modo vago e impreciso, aunque era obvio que entre aquella mujer y yo existía una enorme empatía. De repente, llamándome por mi nombre, me cogió suavemente por el hombro y terminando de manera sucinta la historia de su vida me dijo, mirándome a los ojos, que había muerto hacía ya más de treinta años. En ese instante mismo lo comprendí todo, la venda cayó de mis ojos. Ella era aquella muchacha con la que, cuarenta años atrás, nos juramos amor eterno en aquel mismo lugar.
Cuando las fallas se celebren en Wisconsin
Por Carlos Paz.
El alguna ocasión hemos advertido del grave peligro que supone el aculturizador quehacer del mundialismo y su afán globalizador, de su interés por distorsionar la opinión, por disociar al individuo y licuar la identidad de los pueblos en la más amorfa disolución que fuese posible. Y todo ello de qué mejor manera que a través de la cotidianidad, de lo inmediato, de la comida y del cine, del vestir y de la música, del lenguaje y del ocio. Y es que en ese espacio que perversamente es llamado tiempo libre, es donde el atolondramiento general ha hecho mayores estragos, pues bajo el señuelo de la diversión, de la fiesta, de “pasar un buen rato”, de un presunto bienestar nuestro, se esconden muchos de los males que padecemos. ¿Quién no ha oído ese horror de frase, “qué más da solamente lo hicimos por divertirnos”? o aquel otro de, “¿qué te importa a ti si no hago daño a nadie?” Evidentemente, el mal se esconde tras múltiples rostros, pero si éste no tuviera una cara atractiva a nadie interesaría. El hedonismo, el materialismo y en general la estupidez congénita del homo sapiens democrático, bien aleccionado y absortamente confundido por el impenitente adoctrinamiento de las televisiones, han hecho del Hombre, un pelele carente de criterio alguno, servil y disciplinado, fiel obediente a los designios de Mammón.
A finales del siglo pasado, observamos con inquietud la proliferación de bares irlandeses (diga -pubs-, queda mucho mejor), y maldita la gracia que nos hizo, para al poco darnos cuenta cómo en nuestras calles se celebraba el ridículo día de San Patricio, con auténticos cretinos y niñas pijas portando estultos gorritos verdes. Supongo que todo ello movido por el erróneo sentimiento de ver en Irlanda no sé el qué, y mirar a aquella isla con una equivocada simpatía reaccionaria, imagino yo que motivado por el hecho de tener al Reino Unido como incómodo vecino.
Consiguieron reimplantar luego el Carnaval en su versión más hortera y ordinaria, allá donde apenas se celebraba con anterioridad, e introducirlo con calzador donde jamás nunca nadie salió a la calle vestido de lagarterana, de molusco o quién sabe qué. Que por cierto siempre nos ha dado a pensar que era la ocasión propicia para que aquellos que entre Pilar Rubio y Boris Yzaguirre se quedan con el segundo, se vistieran en público con ropajes que previamente lucían con mucha afición en privado.
Lo intentaron seguidamente con el gordo alcohólico de rojo, ese que como buen delincuente atiende a varios alias, a saber: Santa Claus, San Nicolás o Papá Noël, pero la cosa no funcionó cuanto se esperaba, pues de un modo pasional la gente se resistió a abandonar a unos Reyes Magos que clamaban desde lo más recóndito del subconsciente y de nuestra infancia.
Y tras tanto trajín lobotómico, ha llegado el atentado cultural de arremeter contra la fiesta de toros, desacralizar la Semana Santa, instaurar horarios y disciplinar al personal (a la rebelde muchacha posmoderna se entiende), ahora, hasta en sus horas de asueto, hacer que la gente salga a abrevar y no a beber, que es lo nuestro, al ibérico modo, apostándose en la barra o sentados en rededor de una mesa, ingiriendo más o menos cantidad, pero siempre en compañía y hablando apasionadamente, como si nos fuera la vida en ello y la mayor de las veces sin que la sangre llegue al río, y no como los bárbaros, solos y absurdamente hasta caer sin sentido.
La intención de todo esto, de tales perversiones, es obvia, importar festividades extrañas a nuestra tierra, hacer de todos nosotros, en todo lo que hagamos, perfectos seres mundialistas, obedientes y disciplinados; y por ende como es requisito necesario, destruir nuestra identidad.
Ya lo saben, ahora que en unos días será Halloween, disfrácense de gilipuertas, de brujas de la Inglaterra del siglo XVII, o de cualquier personaje de película de terror norteamericana, compren una calabaza y vayan dando la murga al prójimo cual imbéciles igualitarios con aquello de “truco o trato”, y por nada del mundo se les ocurra acudir al cementerio, conmemorar el Día de todos los Santos, pensar en la muerte y recordar a los difuntos. No sean antiguos, ¡democratícense, por favor!
Aves migratorias
Por Carlos Paz.
Hace unas pocas semanas que algunas aves anunciaban el término del verano con su metódico y puntual retorno a los cuarteles de invierno, como es lo pactado, lo habitual, lo normal. Por eso cuando anteayer paseaba como acostumbro cada mañana, tras desayunar a esas horas en que la mayor parte de los mortales ya llevan unas cuantas horas en el tajo, al pie de la única higuera que queda en donde vivo, y disponiéndome a encender mi cigarro como colofón a la colación matinal, quedé sorprendido por el hecho de ver a siete u ocho exóticas aves que con horribles graznidos atacaban los frutos ya maduros del árbol.
Me dijeron unos viejos vecinos del barrio, que estas aves llegaron a nuestro país hace un decenio aproximadamente, aunque el cómo no han sabido aclarármelo ciertamente, pues unos aseguraban que pudiera haber sido porque escapasen del zoológico, otros que tal vez debido al mal gusto de algunos por tener en casa animales variopintos que con el tiempo cansan y estorban más que otra cosa, que a renglón seguido hubieran procedido a su suelta indiscriminada con los funestos resultados por todos conocidos. Sea como fuere, el hecho es que se han reproducido con una velocidad pasmosa debido a su congénita lubricidad, a lo benigno de nuestro clima y a la hospitalidad de las gentes, que embaucados por el fulgor que despierta su plumaje en nuestros ingenuos connacionales se desarrollaron equivocados instintos que les han movido a darles de comer y arreglarles la existencia, y éstos hartos de volar e ir de un lado a otro, sabedores de que aquí viven mejor que en sus lugares de origen, decidieron quedarse, claro está.
Las aves en cuestión son ordinarias y zafias, sucias y descorteses, se diría que conforman la cúspide de la estulticia de entre todas las especies que con plumas existen. El escándalo que forman con sus trajines, con sus contínuas peleas, resulta verdaderamente insoportable para quienes han de padecerles.Y es que estos pájaros venidos del trópico y aledaños, como cualquier especie que entra en un ecosistema que no es el suyo, destroza el normal funcionamiento ambiental.
Su aparente trinar es en verdad maleable y endomingado, sucio y rastrero, edulcorado hasta el punto de resultar meloso y empalagar hasta el extremo. Los machos son pequeños y de gran cabeza, sin que por ello se tenga que pensar que alberguen mayor cerebro, al contrario. Las hembras por su parte, siendo pequeñas y cabezonas también, resultan aún de peor aspecto si pudiera decirse tal cosa, pues a la altura en donde sus cortas patitas terminan y se unen con el cuerpo, aglutinan enormes masas de grasa que para quienes admiramos a las aves no pueden sino repugnarnos. Son aves coquetas, qué duda cabe, y creen que atraen al resto de congéneres, cuando en honor a la verdad avergüenzan a la totalidad del reino animal.
Hoy mismo deambulando a la vera del Manzanares con mi amigo Norberto Prieto Cimborrio, el célebre ornitólogo, a eso de la hora de comer, se explayó gratamente, largo y tendido, a propósito de mis inquietudes aviares. Y me dejó muy bien sentado el asunto cuando me dijo: “Mira Carlos, no te engañes, estos pajarracos han venido para quedarse. Destrozan los nidos de algunas aves autóctonas, roban sus huevos y condenan a otras a tener que malvivir. Pero lo peor no es eso, sino que quienes dictaminan lo que se ha de hacer al respecto, las protegen hasta la saciedad no sé muy bien por qué. Con los años se querrá poner coto a todo esto, pero mucho me temo que ya será tarde”.
La Historia es una maestra silenciosa
Por Carlos Paz.
En el año 476 de nuestra era el rey de los hérulos, Odoacro, depone al último emperador y envía las enseñas imperiales a Bizancio. Con este gesto se ponía fin a la existencia del Imperio Romano de occidente, pero hacía ya tiempo que nadie creía en Roma ni en su significado, y menos aún en su destino. Roma había civilizado el mundo conocido, lo había cohexionado, y al fin y al cabo lo había preparado para lo que habría de venir. Su semen había fecundado Europa, y después de tanto tiempo, ya como un viejo, solamente esperaba la muerte.
Dos siglos antes, Caracalla había concedido la ciudadanía a todos los habitantes del imperio, había igualado al extranjero y al nacional, y con ello asestado un golpe de muerte a la madre, a Roma.
El cristianismo, una religión venida de oriente, reconocida como oficial por Constantino, enterraba las viejas creencias, a los dioses y muchos de los usos y costumbre que habían hecho de Roma lo que era.
La total relajación moral, la impudicia, la homosexualidad, el desarraigo familiar y los más bajos vicios, campaban a sus anchas. El índice de natalidad entró en barrena, la práctica del aborto se disparó, y ya nadie quería tener hijos, pues lo contemplaban meramente como una carga.
Los patricios despreciaban cualquier obligación y al ejército, y éste se profesionalizó, con bárbaros, con extranjeros, que evidentemente, no estaban dispuestos a dar su vida por defender algo que les era ajeno y extraño.
El sentimiento de unidad entre las provincias, entre las ciudades mismas dejó de latir, y por ello, sus habitantes no confiaban en la tutela de las legiones, legando su defensa a señores que empezaban a disponer de milicias propias.
Eran constantes las revueltas sociales, encabezadas por aquellos indignados bagaudas, contra las que en muchas ocasiones las autoridades imperiales, poco o nada, podían hacer.
La corrupción llegó a impregnarlo todo, hasta las últimas instancias. La política, el antiguo servicio a la res publica, había pasado a convertirse en la vía más rápida para lucrarse y así, los cargos, cualquiera, incluído el de emperador, se compraban y se vendían como si tal cosa.
Las invasiones bárbaras hicieron que éstos superasen en número a los nacionales en muchísimas partes del Imperio. El campo se despobló, y en las ciudades lo único que arrastraba a los más jóvenes era el entregarse a los más fútiles placeres.
Llegado el momento, los bárbaros, los extranjeros, percibiendo que lo único que aún servía de esa cáscara muerta que era Roma, lo constituían el derecho, la religión y el latín, con ello únicamente se quedaron.
La historia, podrá repetirse o no, pero al menos, debería servirnos como advertencia.
Hortera en verano, cretino todo el año
Por Carlos Paz.
Con los calores estivales el hortera pareciese que necesita de un modo imperioso sacar a relucir el ordinario que lleva dentro, proclamar a los cuatro vientos, bien alto y bien claro, que la zafiedad es su polar, y dejar definitivamente asentado que eso de la estética y el más mínimo gusto no va con él. Es, casi con seguridad agosto, el mes en donde el hortera congénito se desarrolla con plena prodigalidad.
Lo que hasta no hace tanto era considerado como vulgar, mala educación o simple ordinariez, en la actualidad se ha convertido en cosa corriente y normal, puesto que el pueblo se ha encanallado, lo han encanallado, principalmente con todos esos programas de televisión que parecen ideados para auténticos anormales, que pretenden arrancar el alma, tenernos idiotizados, y laminando cualquier esbozo a la crítica hacernos al fin todos iguales, todos subnormales; porque todo sea dicho, el hombre medio refocila con gusto entre las heces que le ofrece la democracia. Pero no nos pongamos trascendentes, que con estos calores no sé si podrá soportarse tal cosa, y volvamos a los nuestro.
El hortera luce a lo largo de estos meses todo el fondo de armario que le retrata, a saber: esos ridículos pantalones cortos, que creo yo que pasados los once años no tiene perdón de Dios lucir las pantorrillas a menos que practiquemos algún deporte; las más variadas camisetas a cada cual más espantosa; esas gorras tan tontainas, las insidiosas riñoneras…y así hasta llegar al paroxismo, con las asquerosas chancletas. ¡Qué horror!
El que os escribe ciertamente no es un gentleman, no está ni mucho menos al tanto de las modas, desconoce profundamente qué se lleva y qué no, pero lo que entiende como normal es que no hay temperatura, por muy alta que ésta sea, que justifique ir hecho un mamarracho, vestir de modo ridículo, e ir mostrando impúdicamente los deditos de los pies; claro que, como todo es susceptible de empeorarse, ese criminal en potencia que lleva dentro todo hortera, bien podría combinar las sandalias con unos buenos calcetines. No entenderemos nunca cómo fumar en lugares públicos puede estar sancionado, mientras que quienes perpetran tales abyectos atentados estéticos, no pasan de modo inmediato a disposición judicial, o cuando menos son castigados con el destierro.
Mi amigo Jacinto Farfollas, no es mala persona, ciertamente, pero siempre que el estío se acerca, apenas el calendario cruza el mes de mayo, desempolva su ropa de verano –ya sabemos a qué prenditas nos referimos-, y sale contento y ufano por las calles como si tal cosa. Y es que Jacinto ya desde nuestros años mozos, al hablar de lo que fuese, pensaba de que; la política se la traía al fresco, pero con gran seriedad aseveraba que la democracia era el sistema menos malo de lo posibles; con el correr de los años se casó, y tras la boda salió como alma que lleva el diablo zumbando hacia el mar Caribe, a un hotel en donde obviamente había de todo lo que pudiera imaginarse menos lugareños y nada que recordase el país en el que estaba, él, que lo más exótico que conocía era Alhama de Aragón; al poco tiempo, realmente sin sorprendernos pues no esperábamos menos, supimos que a su primogénita la registró bajo el nombre de Vanesa, la cual estudia hoy en un exclusivo colegio, sin apenas inmigrantes en sus aulas, cuando siempre nos estuvo dando la tabarra con eso del multiculturalismo; todos los años dedicaba un mes para ir al chalet en la playa donde era todo un espectáculo ver a la familia al completo con sombrillas, neveras y flotadores gigantes de formas insospechadas; y por supuesto celebraba las navidades, mientras los demás, más parcos y discretos, lo que conmemorábamos era la Navidad.
Hace apenas unos cuatro días nos encontramos por casualidad y charlamos distendidamente en una céntrica cafetería, hasta que vino a recogerlo su esposa, una mujer que destilaba zafiedad desde kilómetros y que debe rondar los cuarenta años, aunque ella diga que tiene treinta y aparente los cincuenta; le acompañaba su hijo, un insolente y mal criado preadolescente, con un corte de pelo de esos que tanto se ven por ahí, esos que cualquiera diría que había sido obra de un peluquero manco y tuerto. Nos despedimos atropelladamente, pues me dijo que tenía reservada mesa en un coqueto restaurante japonés. Subieron raudos en un vehículo al que llamaban pretenciosa e insistentemente monovolumen, y sin ninguna vergüenza me lanzaron dos “ciao, ciao”, que se me antojaron como dos auténticos dardos envenenados.
Este Jacinto, siempre fue un gilipollas.
Reflexión sobre Europa
Por Carlos Paz.
Es evidente que existe una sobreabundancia de información y una enorme presión de los medios de comunicación acerca del ser y del quehacer de la Unión Europea. Pudiera parecer en primera instancia que tal Unión despertase el fervor de la ciudadanía, pero desde la posición orteguiana del espectador no se percibe que la idea y la problemática de la Unión Europea sea algo presente y de interés popular, al contrario, da la sensación de que el hombre de la calle se pone al margen de tal cuestión.
Y es que de manera global, esa falta de entusiasmo popular frente a la Unión Europea contrasta de modo radical con lo que pudo verse en otras ocasiones de la historia de nuestro continente, como puede ser la unión de Castilla y Aragón, la unidad alemana con el II Reich o las campañas de Garibaldi por ejemplo, sucesos que entusiasmaron durante generaciones, mientras ahora la idea europea (al menos la de esta Europa comercial y oficialista que nos venden) queda lejos del sentir del pueblo, de los pueblos, y en ningún caso parece sentirse como propio. Y ni siquiera los gobiernos tienen un pensamiento unánime al respecto, pues en numerosas ocasiones llevan a cabo políticas europeas que se plantean en detrimento de algunos países miembros, con lo que hasta el momento, la Unión parece lejos del óptimo paretiano.
El problema primero y esencial que se nos plantea es saber qué es lo que hay que unir, y qué ámbito debe abarcar. La mera observación nos indica que Europa no puede reducirse a un simple concepto geográfico, y que por lo pronto, la supresión de fronteras puede ser un medio necesario, pero desde luego no suficiente, porque no lleva más allá de una unión aduanera; si ello se amplía con la libre circulación comercial y de capital, sujeta a unas mismas reglas y para un ámbito determinado, no se pasa de la creación de un puro espacio económico; es decir, se plasmaría el Mercado Común en sentido estricto, cosa que por cierto de manera real no ha existido nunca ni existe en la actualidad. Todo esto pueden ser medios o etapas, pero, de ningún modo llamarse Unión Europea.
Tengamos en cuenta que durante el tiempo histórico que va desde finales del siglo XI a comienzos del XVI, Europa conoció una situación incomparable de libertad de movimientos personales, de ejercicio profesional y hasta de comercio, capitales y enseñanza, como se comprende por el trasiego de estudiantes entre las distintas universidades europeas -el uso del latín era fundamental, evitando el colonialismo cultural-, el asentamiento de artesanos a lo largo y ancho del continente -el camino de Santiago es un ejemplo de miles de casos-, y el tráfico que supusieron las ferias y las relaciones entre establecimientos mercantiles de Flandes, Génova o Medina del Campo; aparte de la circulación monetaria, incluso con países orientales, y todo ello sin más limitación que la de someterse a las leyes del país que recibía al viajero; además existía un derecho común dado por el romano, y los rudimentos de un derecho mercantil creado por los usos comerciales dominantes en el Mediterráneo sobre todo.
La pregunta que se plantea es, a qué pudo deberse la ruptura de la existente cohesión dada hasta ese momento. A nuestro ojos la explicación no es otra que la existencia de un hondo componente de fragmentación en el alma europea.
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- La ruptura en 1054 de Miguel Cerulario con Roma, concreta la creación de la iglesia griega, ante lo que cabe preguntarse si los países que la siguieron son realmente Europa, cuando no han tenido la tradición universitaria, ni el románico, ni el gótico, ni el renacimiento, y en cambio sustituyeron precozmente el latín, cambiaron incluso el alfabeto, creando sus propias formas artísticas acusando terriblemente una fuerte influencia otomana.
- Si el cisma de 1054 separa a Oriente de Occidente, este último se va a fraccionar en 1517 con la ruptura luterana, dando lugar a los nacionalismos, deshaciendo la ideología común, postergando el derecho romano, y dando lugar a que las lenguas nacionales desplacen al latín -que continuó utilizándose en el plano cultural hasta el siglo XVIII-.
- Desde el siglo XVI las tensiones intraeuropeas serán crecientes y el centro de Europa, en su parte oriental, con la influencia germánica y eslava, cristiana y musulmana, católica y ortodoxa, pasa a ser un centro neurálgico, lográndose un relativo equilibrio con la existencia del Imperio Austro-húngaro.
Pese a lo que hasta la saciedad pudiéramos oír desde las instancias ofiales, y contrariamente a como bien se encarga la publicidad del sistema en enseñarnos, la idea de una unión europea dista mucho de ser una cosa novedosa: Carlomagno, el Sacro Imperio Germánico, Carlos I, Napoleón…, no pretendieron otra cosa que la consecución del ideal europeo. La síntesis de Roma y de Grecia, acrisolado por el Cristianismo, con el añadido del sentir germánico (y tal vez el discutible e insondable elemento eslavo), cosntituye la esencia del ser europeo.
La estación
RELATO (I) –VERANO-Por Carlos Paz.
Todo prisas, todo carreras y velocidad. Ruido, pantallas y altavoces.
Aquí y allá escaleras mecánicas, interminables, que llevan a Dios sabe dónde, tal vez a lugares imposibles. Los andenes son un rebosar de gente, en donde se hacinan hasta formar verdaderas riadas humanas. Al fondo de la sala, casi escondidas, unas viejas ataviadas de riguroso negro comparten en silencio los pocos recuerdos que aún logran robarles al tiempo. Los relojes de la estación marcan las siete de la mañana. Ruido, pantallas y altavoces.
El día se despierta con su habitual monotonía, y por ser en una gran ciudad, con tristeza, torpemente. Los encargados de la limpieza, a cargo de sus máquinas, van dejando impoluto lo que hasta hace unas horas era el resultado de una noche sin esperanza. La luz eléctrica va dejando paso a la del sol, y con ello anuncia una nueva jornada. Los relojes muestran que son las nueve de la mañana. Ruido, pantallas y altavoces.
La estación está en plena ebullición. El anuncio de las salidas y llegadas de los trenes por la vieja megafonía hace que apenas sea imperceptible lo que se dice, un aire de desconcierto lo inunda todo. Paseantes despreocupados, trabajadores, turistas y curiosos, se mezclan entre insignificantes delincuentes que viven del despiste ajeno. Los relojes descansan sus agujas sobre las once. Ruido pantallas y altavoces.
Medio día en la estación, media jornada de un día cualquiera. Comida rápida, y un olor nauseabundo que todo lo impregna. Un respiro ante tanto frenesí proclama a gritos que es la hora de comer. Un descanso para la vieja estación. Pareciese que todo ha terminado por hoy, aunque ciertamente tan solo se trate de un tímido parón. Los relojes caminan lentamente hacia las tres de la tarde.
Vuelta a la rutina, ahora más pausadamente, con otro ritmo. Atrás ha quedado la hora de la siesta, un relevo en el monótono trajinar de la estación, una breve distracción entre tanto aburrimiento. Tan solo son las cinco de la tarde. Ruido, pantallas y altavoces.
Rostros cansados que vuelven a casa después de un largo día de trabajo, miradas que renuncian a cruzarse para no reconocer ante su prójimo sus frustradas existencias. Cuerpos que deambulan sin sentido, como autómatas, a espera de una nueva jornada que en verdad volverá a ser igual. Son las siete de la tarde. Ruido, pantallas y altavoces.
Cae el sol y la estación se ofrece a un nuevo público. A desheredados, busconas de medio pelo y abandonados. Sirven sus muros de socorrido refugio, de lugar en el que poder tomar un café sin ser molestado, e intentar infructuosamente una pernocta gratuita y bajo un mínimo de seguridad. Todo el tiempo del mundo por delante. Las nueve de la noche. Ruido, pantallas y altavoces.
El enorme espacio abovedado de la estación permite contemplar un microcosmos humano, un reducido mundo de decadencia cercana a la desolación, todo, concentrado en unos pocos metros cuadrados. Imposible entrar en los baños, inundados de las inmundicias de todo un día; las oficinas y casi la totalidad de las puertas de acceso cerradas. Son las doce de la noche. Toda la estación envuelta en un impresionante silencio, tan solo quebrantado por una voz que entre las oxidadas cabinas de teléfonos susurra casi llorando: “mamá, vuelvo a casa”.
Cosas de Junio
Por Carlos Paz.
Venía barruntando desde hace unos días la idea de escribir un artículo sobre Europa, de hecho ya tenía en mi cabeza más o menos cómo iba a ser éste -con lo que amenazo con mandarlo el mes próximo, por cierto-; e iba a escribirlo cuando decidí dar una vuelta y oxigenar mi cerebro para perderme por ese maravilloso rincón de mi ciudad que es el Retiro, aprovechando que la Feria del libro tocaba a su fin. Supongo yo, que más movido por la costumbre y la añoranza que por el verdadero interés que pueda suscitar el acudir puntualmente a dicho evento.
Entiendo que pueda interesar a algunos el que continúe existiendo tal cosa, que haya escritores, juntaletras y meretrices literarias, que hagan el agosto por adelantado en tan lucrativos días, pero a ciencia cierta que hace mucho tiempo que tal cosa dejó de representar lo que en su momento se ideó que fuera. La cultura de masas ha logrado, entre otros desvaríos, que el arte y su transmisión se democratice, y por consiguiente que los parámetros en los que secularmente se basaban se hayan eliminado, y lisa y llanamente dejado de existir, de manera que la Cultura se ha transformado en cultura, que todo lo sea según convenga, independientemente de su valor objetivo, rebajándose hasta lo insondable haciendo que sea cultura lo que en exclusividad se nos venda como tal cuando lo dicten las altas instancias progredemocráticas.
Y ahí me encontraba yo, en medio de una enorme riada de gente, con un calor asfixiante, observando a derecha y a izquierda caseta tras caseta, a miles de seres ágrafos aparentemente embobados en libros sin interés ninguno y que tal vez o casi con total seguridad, se habrán convertido en los más vendidos del mes o del año. Novelas históricas sin base alguna, auténticos despropósitos literarios e históricos; variopintos vademecums de gastronomía; extranjerizantes mamotretos editados al calvinista modo; odiosos libros de autoayuda; por todas partes best-sellers infumables y por supuesto siempre políticamente correctos. Es muy posible que gran parte de esos libros que se han comprado en estas dos semanas jamás sean leídos, pues ya se sabe que España es (era) el país donde más libros se vendían y paradojicamente, donde menos se leía.
Vivimos indudablemente tiempos mediocres, y quizá sea esa nuestra peor penitencia, porque todo es soportable: la férrea dictadura democrática, el fétido hedor cultural existente, la feroz censura historicista, si me apuran, la estulticia generalizada y que a diario es elevada a los altares de lo excelso, todo ello puede llegar a aguantarse; pero por lo que no pasamos algunos es por el aburrimiento de estos tiempos, por la imposición monocromática del pensamiento, por la falta de valentía cultural y literaria. Porque si algo añoramos es la carencia de visionarios, de profetas, de vanguardias (de audacia, de juventud, de subversión), de aquellos tiempos en que todo se renovaba y parecía nuevo, y sufrimos al ver como lo contrario nos inunda, y que en vez de aquéllas solamente hayamos retaguardias, cómodas y burguesas, que sirven para tranquilizar conciencias, engordar en mullidos sillones mientras clarean las cabezas, aparecer unos minutos en televisión pese a que por ello tengan que contradecirse de manera vergonzante y vender su alma al demonio, y por supuesto engrosar las cuentas corrientes.
Por cuestión de edad, no conocí nunca la antigua casa de fieras del Retiro, pero se diría que pervive allí en esos días, con sus lobos con piel de cordero, aquí y allá zorras vestidas de Dior, algún que otro cabrón, los ya tradicionales cerdos y gusanos, caracoles, babosas…mucha fauna para tan poco espacio. Porque, ¿quienes estaban allí?: los de siempre. No puedo más que preguntarme porqué existe todo un ministerio dedicado a tales menesteres, con sus subdirecciones y secretarías, con sus técnicos y secretarias, con sus coches oficiales y demás, con toda esa enorme fanfarria que se traduce en un ingente gasto que tanto nos cuesta a los españolitos, para que a lo más que lleguen sea, subvencionar a personas que, bien no lo necesitan por su acomodada y reputada situación, bien porque únicamente conste en su curriculum el dudoso mérito de haberse hecho un hueco en el pesebre y logrado plegarse al signo de los tiempos.
Marché de allí con el ánimo enrarecido. Por un lado satisfecho, por ver que pese a todo, los más pequeños aún se interesan por aquello que Gutenberg ideó; por otro, entristecido al comprobar que algunos libreros faltaban a la cita anual por haber sido secuestrados y destruidos sus libros o por seguir en prisión.
Pero bueno, tampoco quisiera parecer pesimista, que el mes mes termina, el verano ha llegado y las calles se engalanan para recibir con todo el boato posible el Orgullo Gay.
La ciencia, la electrónica… y la estupidez
Por Carlos Paz.
Es indudable que gracias a los avances técnicos, la vida es mucho mas apacible de la que pudieron conocer nuestros abuelos. La luz eléctrica, los medios de transporte, los sistemas de comunicación…todos los adelantos tecnológicos que han sido ideados durante el pasado siglo y perfeccionados en el presente, es evidente que hacen nuestras existencias más placenteras, teniendo que realizar menos esfuerzos para conseguir lo que antes era extremadamente difícil, o acaso impensable.
Todo ello es cierto, pero tenemos que saber que la ciencia, esa a la que el miedo cerval de la gente a la muerte ha empujado a entronizarla en los altares, y la electrónica, cuentan con una cara y una cruz. Cualquier invento tiene su utilidad, claro está, pero el uso desmedido del mismo o su mala utilización, puede volverse contra el fin por el que fueron concebidos, y levantándose contra su creador, causar graves perjuicios. Jugar a ser Dios, es una peligrosa labor, que siempre acaba por revolverse contra nosotros, y como el aprendiz de brujo terminamos por pagar los platos rotos. En ocasiones esto puede producirse cuando ya es demasiado tarde y el daño que hemos producido, irreparable.
Uno de los grandes males de nuestro tiempo, es el haber hecho del Hombre, un técnico, un ser especializado. La irrupción del método de estudio, adoptado del anglosajón e impuesto después de la Segunda Guerra Mundial, ha hecho que el ser humano comprenda cada vez menos el por qué de las cosas, pudiendo a la par manejar más y más complicados artefactos. Y como botón de muestra, no tenemos más que dar una vuelta por nuestras ciudades y ver cómo, auténticos salvajes sin civilizar hacen un uso desvergonzado de sofisticados artilugios electrónicos con los que, entre otras cosas, nos martirizan a gran volumen al resto de los mortales, (por no hablar de los tristes efectos que los videojuegos y demás zarandajas están haciendo en los niños).
Se está desarrollando en el espíritu humano un empobrecimiento cultural e intelectual bastante notable, haciéndonos ser cada vez menos críticos con nosotros mismos y con nuestro entorno. Este hecho lo vemos plasmado en los actuales planes de estudios, y cómo cada generación tiene un desconocimiento mayor con respecto a la anterior en campos tan fundamentales como la Historia, la Filosofía o el Latín sin ir más lejos, en favor de conocimientos técnicos como la informática o el inglés, y en la práctica convirtiendo a nuestros jóvenes en verdaderos analfabetos funcionales.
Todo esto no supone otra cosa que la victoria del saber técnico frente al conocimiento intelectual. Es mucho más reconocida en nuestra sociedad, por tanto, la figura del técnico en detrimento de la del sabio, ese al que apenas se le identifica como posible cotorra concursal televisiva. Se llega incluso a despreciar el saber, dado que el proceso lógico-deductivo no puede ser más contundente: “la acumulación de conocimiento no es útil, luego no vale”.
Dentro de este gris panorama, nos topamos con que esta sociedad, ha confiado el saber humano a la máquina. El homo tecnicus se limita a saber manejar el aparato en cuestión, dejando en él todo el conocimiento previo, alumbrando así el mito del poder y la sabiduría de la máquina. Se crea la ecuación, máquina = Dios. De esta manera, todos nos sentimos perdidos en aquellas situaciones en donde ésta falla, encontrándonos solos y desamparados, sin saber qué hacer. Todo gira alrededor del nuevo semidios. Así, las ciudades de nuevo cuño son inhabitables si no se posee un coche; el trabajo se muestra imposible si tienes un desconocimiento absoluto sobre informática; dentro de las relaciones sociales te sientes postergado a un segundo plano si no haces uso del teléfono móvil, etcétera.
Esta histeria de los acólitos del dios-máquina y adoradores de la técnica, cientificistas ciegos, han llegado al paroxismo más absoluto con Internet, verdadera cloaca en donde el ser humano vierte lo más profundo de sus miserias. Pareciese con esto que todos nuestros males han terminado, pues la Máquina vela por nosotros. Ya de nada tenemos que preocuparnos, ella todo lo hará. El Hombre solamente tendrá que preocuparse de llenar todas esas horas de ocio del que dispone. Evidentemente, esto no es así.
Deberíamos reflexionar y darnos cuenta de cómo la sacrosanta Máquina -léase progreso-, no solamente no ha solucionado ninguno de los problemas que el Hombre pretendía mitigar cuando ideó tales ingenios, sino que además nunca el aislamiento, la deshumanización y el embrutecimiento al que el homo sapiens está sujeto hoy en día, fue tan grande como en los tiempos que nos ha tocado VIVIR.
Delirio ecológico
Publicado el 15 May 2011.
Por Carlos Paz.
Asistimos de unos decenios a esta parte a una nueva revolución silenciosa, a una flamante conciencia de masas que sin pausa ha conocido en estos últimos años su mayor auge. Todo se ha ido adaptando a esta novísima forma de pensamiento; incluso ya no hay partido político o asociación de vecinos que no haya incorporado el ecologismo a sus líneas principales de actuación. Pero, ¿qué hay de verdad y mentira en el movimiento ecologista? Como si de un nuevo fervor religioso se tratase, ya casi nadie se atreve a situarse en contra de los “ecologistas”, los cuales han abierto irremisiblemente un amplio e inédito espacio, erigiéndose en azote de impíos sin que nadie pueda escapar a su látigo. Con razón o sin ella han conseguido influir en el panorama social y político hasta cotas insospechadas. El hecho de que hemos de ser conscientes de la sobre explotación del medio natural, no nos debe hacer caer en manipulaciones políticas por parte de individuos que pretenden hacer negocio y properar a costa de todo, y en este caso, de la Tierra misma.
Ahora todo es “ecológico”. Pareciese que nada puede producirse, que nada es susceptible de poder ser comprado o vendido, si no lleva el producto en cuestión el añadido del dichoso y cargante apelativo. Da igual que se trate, de lo que sea, desde la ropa a un periódico, desde un jabón a una bebida, y claro está, con ello el bluff está servido. Y nada diremos aquí por no extendernos, del ingente negocio del tratamiento de residuos -del famoso reciclaje, del cual mucho se podría hablar,- del uso debido o indebido de la energía nuclear, del proceder de archiconocidas organizaciones como Greenpeace y de su dudosa colaboración con el Medio -y no la redudancia de medio ambiente, por favor-.
La formación y en su defecto, la delegación en técnicos especialistas y, no en vocingleros ecodemagogos, deberían ser las principales líneas de actuación ante el gran problema que impone la explotación intensiva del Hombre sobre el Medio. Sirva como ejemplo el caso de las repoblaciones electoralistas y propagandísticas realizadas en zonas casi desérticas, que fracasan irremisiblemente porque no poseen las mínimas condiciones para la recuperación satisfactoria de una masa forestal. El principal problema del ecologismo, es la politización. Algo que debería ser una conciencia común y lógica, como de hecho ha sido durante siglos, se manipula, se politiza en torno a postulados manados de la izquierda, cuando por cierto no hay nada más radicalmente opuesto a ellos que la propia organización natural. La naturaleza no es politizable, de la misma forma en que no es humanizable, pues por lógica llevaría a la desaparición de la especie humana.
El daño que el Hombre causa en su entorno no puede ser paliado en su totalidad, pero sí reducido. Éste es un principio que deberíamos todos asumir como piedra angular, pero siempre desde la crítica. Escuchar algo menos el vocerío ecologista, hacer menos caso a las diatribas televisivas, y promover la actuación técnica que, al fin y al cabo, se trata de un cuerpo público mayoritariamente vocacional salido de nuestra sociedad, no por necesidad de cubrir un espacio político sino por un servicio imprescincible, resulta imperativo.
El ecologismo como moda solamente trae fracasos e incongruencias, y a menudo puede hacer caer a más de un incauto en un torbellino imparable de sentimentalismo infantil y estúpido. Porque de esos polvos vienen por ejemplo entre otros, los lodos del vegetarianismo -nos negamos a comentar cosa alguna acerca de la diarrea mental del veganismo-, del ridículo nudismo -desnudismo creo yo que deberíamos decir para no propagar voces extranjerizantes-, del ñoño sentir antitaurino, y de eso que ha venido a darse a conocer como “agricultura ecológica”, cuando, todo sea dicho, no hay nada mas antiecológico que la agricultura, que esquilma el suelo, lo degrada inhabilitándolo para la expansión de las especies forestales y las asociaciones animales que conlleva.
Resumiendo, querríamos acabar dejando aquí escrito que, solamente una conciencia crítica y la debida formación técnica, es la única solución a este maremagno ecologista, y por extensión a todas las modas y delirios del aburrimiento que en estos tiempos nos inundan.
La ciencia, la electrónica… y la estupidez
Publicado el 30 May 2011. Por Carlos Paz.
Es indudable que gracias a los avances técnicos, la vida es mucho mas apacible de la que pudieron conocer nuestros abuelos. La luz eléctrica, los medios de transporte, los sistemas de comunicación…todos los adelantos tecnológicos que han sido ideados durante el pasado siglo y perfeccionados en el presente, es evidente que hacen nuestras existencias más placenteras, teniendo que realizar menos esfuerzos para conseguir lo que antes era extremadamente difícil, o acaso impensable.
Todo ello es cierto, pero tenemos que saber que la ciencia, esa a la que el miedo cerval de la gente a la muerte ha empujado a entronizarla en los altares, y la electrónica, cuentan con una cara y una cruz. Cualquier invento tiene su utilidad, claro está, pero el uso desmedido del mismo o su mala utilización, puede volverse contra el fin por el que fueron concebidos, y levantándose contra su creador, causar graves perjuicios. Jugar a ser Dios, es una peligrosa labor, que siempre acaba por revolverse contra nosotros, y como el aprendiz de brujo terminamos por pagar los platos rotos. En ocasiones esto puede producirse cuando ya es demasiado tarde y el daño que hemos producido, irreparable.
Uno de los grandes males de nuestro tiempo, es el haber hecho del Hombre, un técnico, un ser especializado. La irrupción del método de estudio, adoptado del anglosajón e impuesto después de la Segunda Guerra Mundial, ha hecho que el ser humano comprenda cada vez menos el por qué de las cosas, pudiendo a la par manejar más y más complicados artefactos. Y como botón de muestra, no tenemos más que dar una vuelta por nuestras ciudades y ver cómo, auténticos salvajes sin civilizar hacen un uso desvergonzado de sofisticados artilugios electrónicos con los que, entre otras cosas, nos martirizan a gran volumen al resto de los mortales, (por no hablar de los tristes efectos que los videojuegos y demás zarandajas están haciendo en los niños).
Se está desarrollando en el espíritu humano un empobrecimiento cultural e intelectual bastante notable, haciéndonos ser cada vez menos críticos con nosotros mismos y con nuestro entorno. Este hecho lo vemos plasmado en los actuales planes de estudios, y cómo cada generación tiene un desconocimiento mayor con respecto a la anterior en campos tan fundamentales como la Historia, la Filosofía o el Latín sin ir más lejos, en favor de conocimientos técnicos como la informática o el inglés, y en la práctica convirtiendo a nuestros jóvenes en verdaderos analfabetos funcionales.
Todo esto no supone otra cosa que la victoria del saber técnico frente al conocimiento intelectual. Es mucho más reconocida en nuestra sociedad, por tanto, la figura del técnico en detrimento de la del sabio, ese al que apenas se le identifica como posible cotorra concursal televisiva. Se llega incluso a despreciar el saber, dado que el proceso lógico-deductivo no puede ser más contundente: “la acumulación de conocimiento no es útil, luego no vale”.
Dentro de este gris panorama, nos topamos con que esta sociedad, ha confiado el saber humano a la máquina. El homo tecnicus se limita a saber manejar el aparato en cuestión, dejando en él todo el conocimiento previo, alumbrando así el mito del poder y la sabiduría de la máquina. Se crea la ecuación, máquina = Dios. De esta manera, todos nos sentimos perdidos en aquellas situaciones en donde ésta falla, encontrándonos solos y desamparados, sin saber qué hacer. Todo gira alrededor del nuevo semidios. Así, las ciudades de nuevo cuño son inhabitables si no se posee un coche; el trabajo se muestra imposible si tienes un desconocimiento absoluto sobre informática; dentro de las relaciones sociales te sientes postergado a un segundo plano si no haces uso del teléfono móvil, etcétera.
Esta histeria de los acólitos del dios-máquina y adoradores de la técnica, cientificistas ciegos, han llegado al paroxismo más absoluto con Internet, verdadera cloaca en donde el ser humano vierte lo más profundo de sus miserias. Pareciese con esto que todos nuestros males han terminado, pues la Máquina vela por nosotros. Ya de nada tenemos que preocuparnos, ella todo lo hará. El Hombre solamente tendrá que preocuparse de llenar todas esas horas de ocio del que dispone. Evidentemente, esto no es así.
Deberíamos reflexionar y darnos cuenta de cómo la sacrosanta Máquina -léase progreso-, no solamente no ha solucionado ninguno de los problemas que el Hombre pretendía mitigar cuando ideó tales ingenios, sino que además nunca el aislamiento, la deshumanización y el embrutecimiento al que el homo sapiens está sujeto hoy en día, fue tan grande como en los tiempos que nos ha tocado VIVIR.
Hispania
Publicado el 22 Abr 2011.

Por Carlos Paz.
“Los portugueses son los españoles que miran al Atlántico”
Siempre he sentido a Portugal como algo propio, cercano y querido, del mismo modo que a Galicia o Cataluña. Como sentimiento que es, sé que se trata hasta cierto punto de algo irracional, y como toda pasión, muy difícil de explicar. Ya desde niños cuando nos mandaban en el colegio dibujar el contorno de nuestro país, lo hacíamos sin titubear, incluyéndolo; aunque en los tiempos que nos ha tocado vivir de nacionalismos localistas, de reinos de taifas y atomización neomedievalista, mucho me temo que todo esto haya cambiado.
Creo que no existe circunstancia alguna por la cual estas dos naciones deban encontrarse separadas, y es que tal vez pese a todo, aún permanezca en nuestro subconsciente colectivo la vieja noción, la idea eterna, de que realmente nuestra querida y maltratada piel de toro, la Península Ibérica entera, forma un todo.
**********
Tras los tristes sucesos de 1640, momento en que se tuvo que elegir entre el sometimiento de Cataluña o el de Portugal, los caminos de España y los de nuestra nación vecina se vieron obligados a correr paralelos definitivamente. ¡Tal vez hubiera sido más ventajoso haber hecho una distinta elección!
No existe ninguna circunstancia por la cual estas dos naciones estén separadas. Desde la temprana entrada de Roma en la Península, pudo verse rápidamente que ésta formaba una unidad propia. La división territorial de la Bética o la Lusitania abarcaban indistintamente partes tanto de España como de Portugal. Viriato a nuestros ojos, es tan español como portugués. Este fenómeno no sufre ningún cambio con la entrada de los pueblos visigodos en la Península o con las sucesivas invasiones musulmanas. El propio nacimiento de Portugal es, al igual que el de Castilla, un suceso natural dentro de la propia naturaleza medieval ibérica, dejando al margen toda intencionalidad nacionalista.
En este contexto es perfectamente comprensible el histórico miedo que Portugal ha tenido a Castilla. No hay más que recorrer la multitud de kilómetros de compartida frontera; de Tuy a Ayamonte, de Valença do Minho a Vila Real de Santo Antonio, para ver el enorme número de castillos y fortificaciones que prácticamente sólo existen en el lado portugués.
El concepto por el cual en el resto de Europa se configuran las diversas nacionalidades étnicas o geográficamente, en la Península simplemente, no existe. ¿Quién pudiera decir en función de qué factor se estructuran las fronteras existentes? Las mismas montañas que nacen en Castilla terminan en la Extremadura portuguesa, compartimos los mismos ríos, y los genes que aportaron los diversos pueblos que aquí vivieron se encuentran en la sangre de quienes habitamos ambos países. Esgrimir el hecho lingüístico no puede más que hacernos esbozar una sonrisa, al percatarnos de la enorme variedad idiomática que existe en el resto del territorio ibérico.
Nuestra misión histórica y eterna ha de pasar por el acercamiento y final fusión con esta nación hermana, en vez de empecinarnos en hipotecar nuestro futuro en una globalización mercantilista y liberal que nos es ajena y extraña. Nuestro destino no puede ser otro.
Ahora, una vez más, deberíamos pararnos y reflexionar acerca de qué es España y qué queremos hacer con ella. Como con todo lo que amamos, no nos quedan más que dos opciones: o estar con ella, con su destino y con su historia, o en su contra, junto a sus enemigos y yendo contra natura.
Escenas Matritenses (y IV)

Por Carlos Paz.
“Fuí sobre agua edificada, mis muros de fuego son”.
Es Madrid una ciudad muy humana, o hasta hace bien poco al menos lo era. Con todo, ese manoseado tópico de ser “una ciudad acogedora”, existe. Su población aumentó prodigiosamente en la segunda mitad del siglo pasado por un aluvión de gentes venidas de los lugares más diversos de nuestra península, siendo bien extraño encontrar a quienes puedan decir que todos sus antepasados son de aquí y así poderse llamar “gatos”. Es por lo tanto una ciudad creada por gentes de provincias, y en cierto modo ese es el espíritu y sabor que encierra, un ligero tufo pequeño-burgués y aldeano, en el peor sentido de la palabra, provinciano. Podría deducirse de mis palabras que no gusto de vivir aquí, pero nada de eso hay, al contrario. Tal vez sea el hecho de haber vivido en el corazón de la ciudad, en la parte más antigua, la que rezuma historia, por haber podido escrutar sus entresijos sin podérseme haber ocultado cosa alguna, por haber arrancado sus secretos, por haber vivido a tumba abierta de sus placeres, por lo que puedo decir que la conozco perfectamente.
En esta ciudad la primavera es esperada con gran ansiedad. Puntualmente son algunos árboles quienes la anuncian proclamándola unas pocas semanas antes. Es entonces cuando todo invita a pasear por la Ribera del Manzanares, poco río para tan gran ciudad, dejándose llevar uno hasta el Puente de los franceses o más allá. Pero eso era antes, cuando aún toda aquella parte de Madrid no había sido víctima de novedosos proyectos urbanísticos y la megalomanía de sus futuros alcaldes no existía. Era entonces cuando bien se podía ir andando desde el Puente de Segovia bajo la sombra de los plátanos o las acacias, reconfortarse con la frescura que emanaba de la fuente de la Estación del norte, hoy trasladada de allí por la avorágine del dinero, acercarse hasta la Bombilla y visitar a los amigos en San Pol de mar. Claro que por aquellos días, el tráfico era escaso por aquella zona, todos nos conocíamos, y bien podía uno fumar libremente en cualquier lugar, en el bar e incluso en el autobús. De todo aquello, con tristeza he comprobado que bien poco queda. No obstante todavía me es posible saborear a modo de sucedáneo algo de aquel Madrid, hoy inexistente, al deambular por el Parque del oeste, el cual conserva aún bellísimos rincones que pasan desapercibidos para la gran mayoría. ¡Cuántas borracheras he dormido sobre su hierba, cuántos pantalones habré manchado de verde en compañía femenina!
En ocasiones, en el mes en el que los exámenes acechaban amenazantes, se acercaba uno a ese pedazo de bosque mediterráneo que es la Casa de campo, con su lago y sus putas de medio pelo, bajo el curso del teleférico, y pareciese que te encontrabas a mil años luz de la gran ciudad. De vuelta a la realidad, accediendo en pronunciada cuesta arriba hasta el Paseo de rosales, se llega a la parte baja del barrio de Argüelles. Sus hoy demolidas bodegas, el museo Cerralbo y el exótico templo de Debod, daban a esa parte de la ciudad un aspecto muy personal.
Y los días comienzan a alargarse, invitando a estar menos tiempo en casa, a pasear y curiosear por ahí para ver cómo vive la gente. Y descubres que siempre has huído de la ridícula y pretenciosa periferia burguesa, en donde todos los petrimetres añoran vivir junto a sus perros y esposas, imponiendo con su dinero la obediencia a los primeros y la lealtad a las segundas; que puestos a elegir escoges las barriadas del extraradio, de bloques inmensos y grises, carentes de alma y alimentados por la mas sana barbarie que como padres tienen a la santa violencia y la soberbia incultura.
Supongo que no me equivocaré mucho al dejar aquí escrito que Madrid es (era) la capital con más parque y superficie arbolada de Europa. Y de entre todos, si hubiera de quedarme con uno, ese sería sin dudarlo el Retiro, espacio asombrosamente respetado en el centro mismo de la ciudad. En muchísimas urbes puede uno encontrarse con espacios similares, ciertamente, y habrá quien diga que aún mejores, pero nada de eso es cierto. Por muchos años degradado, parece que vuelve a ser lo que un día fue…Y el Paseo del prado, que cada vez tiene menos de paseo y nada de prado, pero que con el añadido del Jardín botánico, hace ese Madrid más humano y vivible. Todos esos lugares están reservados a esta estación.
Hoy en día imagino que, para corroborar que ha llegado la primavera tendrá uno que mirar dos veces el calendario.
Un nuevo Orden Mundial
Por Carlos Paz.
No puede analizarse la compleja situación del mundo islámico como si se tratase de factores aislados, esto es, como diversas problemáticas, distintas entre sí, sin pensar que entre ellas no existe relación alguna. El conflicto palestino-israelí, la guerra de Irak, el mantenimiento norteamericano a conveniencia de dictaduras sátrapas desde Marruecos a Indonesia, la demonización de Irán…son las caras de un mismo poliedro, sucesos que se apoyan el uno en el otro y que sin cada uno de los cuales, el resto carecerían de sentido. Lo contrario es lo que en realidad, trata de imponer el nuevo orden mundial.
El occidental tiene -o le han impuesto- el grave defecto de ver en el Islam una unidad -algo similar ocurre desde el otro lado con respecto a Occidente-, de pensar que no existen profundas divergencias entre los diferentes estados y que el fundamentalismo religioso está arraigado en todos ellos. Esto sería tan estúpido como elucubrar que entre Estados Unidos, Bolivia, España y Rusia existe una unidad inquebrantable fundamentada en la religión por ser todos cristianos. El desconocimiento del ISlam en general y de la geopolítica en particular, hace estragos.
Ya hemos apuntado en alguna ocasión, que probablemente estamos siendo testigos mudos y de excepción de un momento histórico en el que presenciamos el auge del imperialismo estadounidense, su implantación a escala mundial, y por qué no -así lo esperamos- el comienzo de su declive; aunque para esto último nos falte la perspectiva histórica necesaria. De igual modo, nos atrevemos a decir que con el Islam lo que ha pasado no es otra cosa que, una vez eliminados los nazis, y teniendo al comunismo arrinconado y sin aliento, domesticado, pasó éste -y más concretamente el chiísmo- a representar la última oposición al capitalismo, a su cosmovisión y su manera de entender el mundo. La Weltanschauung que afirma “la casa y la mezquita” como únicos espacios de realización personal, sin dejar ningún resquicio al consumismo febril, se autocondena a ojos de las democracias, que propugnan el hedonismo como el impar camino a la felicidad.
Una de las cosas que más sorprende -o no tanto- es ver como las noticias que nos llegan del mundo islámico son sesgadas, parciales, o simplemente no llegan. Se nos vendió la idea del final de la guerra de Afganistán, y de eso nada, pues al día de hoy sigue habiendo duros combates; ¿nadie recuerda ya como durante los días más sangrientos de Argelia en la década de los noventa, se transmitía la idea del horror fundamentalista cuando en realidad eran los propios militares argelinos, auspiciados por Francia y EEUU, quienes cometían los asesinatos?; ahora a Gadaffi han logrado amansarlo, ¿acaso no es el mismo que suponía un peligro tan terrible y que bombardearon en 1986?; cuando la primera guerra del Golfo, se lanzó a bombo y platillo que era una vergüenza que Sadam Hussein hubiera invadido un país tan democrático como Kuwait -en donde ni las mujeres tenían derecho a voto, por cierto-; y qué decir del genocidio que se está cometiendo en Sudán con los cristianos por el mero hecho de serlo, ¡ni una sola línea le dedican los juntaletras echadores de incienso del Sistema!…Y enumerando casos así podríamos seguir escribiendo ad infinitum.
El cinismo con el que los medios de comunicación y la clase política crean machacona e insistentemente eso que se conoce como “opinión pública” con respecto al mundo islámico, es inaudito. Mientras llenan páginas y páginas en sus periódicos de noticias relativas a los horrible que es el régimen de Irán -casi siempre desde la ignorancia más que de la maldad, pues un licenciado en Ciencias (¿?) de la información no se le puede pedir mucho más-, se omite, por ejemplo, que en la República Islámica la mujer está perfectamente representada y protegida, y que en último término son ellas quienes manifiestan el más desatado fervor por todo aquello -invito desde aquí a que alguna que otra frígida feminista compruebe in situ en qué condiciones vive la mujer allí, hbale con ellas, y que lo compare con la mujer norteamericana pongamos por caso-. Pero claro, no veremos ni una sola línea, apenas ningún cometario, que esboce siquiera qué se cuece en Arabia Saudita, Omán, Emiratos árabes…en donde la más mínima manifestación religiosa no musulmana es castigada severísimamente, si no con la muerte. Y es que, como en otras muchas cosas, donde dije digo, digo Diego, y curiosamente es que aquellos países son fieles aliados de Estados Unidos.
Occidente ha mirado a otro lado -cuando no ha apoyado sin disimulo alguno- en bastantes ocasiones en que férreas dictaduras han llevado a cabo tropelías de todo tipo, incluyendo genocidios -véase Turquía (miembro de la OTAN)-. No se mide con el mismo rasero a unos y a otros, esto está claro. ¿Cuántos años lleva el Sáhara en la situación en la que se encuentra, abandonados a su suerte?; ¿acaso EEUU no ha ayudado activamente a la limpieza étnica de los kurdos?; Israel tiene carta blanca para entrar y bombardear en territorio del Líbano o Siria, pero ¡Dios le libre a otros de hacer la milésima parte!; Paquistán, representando un serio peligro para sus vecinos, sí puede tener la bomba atómica, pero Irán ni siquiera puede investigar con uranio enriquecido para fines pacíficos, ¡hasta ahí podíamos llegar!
Pero la situación más sangrante la encontramos al abordar la cuestión palestina. Es allí en donde, desde el mismo momento de la inmoral constitución del Estado de Israel se ha estado masacrando al pueblo palestino y durante décadas ha sido silenciado. Apenas se dice algo de cómo el sionismo ha destruído sistemáticamente obras de arte paleocristianas e islámicas para legitimar su existencia, asesinado a niños, eliminado a poblaciones enteras, o desviado cauces de ríos en beneficio propio, condenándoles. Al día de hoy poca esperanza vemos que exista para solucionarse este conflicto, pues más de una sospecha tenemos que nos lleva a poder pensar que Hamas esté, directa o indirectamente, haciendo el juego al propio Israel: si no, no se comprende su actitud.
Acaecido el atentado al World Trade Center el 11 de septiembre de 2001, la óptica con la que se contemplaba al mundo islámico dio una vuelta de tuerca más. Ahora se abría la posibilidad de que Estados Unidos pudiera llevar a cabo su política exterior (terrorista) sin ningún tipo de tapujos, pudiendo desoír a las Naciones Unidas -que si bien de poco servían, al menos les hacían guardar las formas-. El capitalismo y la democracia, el mundialismo, tendrían las manos libres para hacer y deshacer a su antojo. Así, bajo el señuelo de Al-Qaeda -del cual mucho podría hablarse-, del difuso fantasma del “terrorismo internacional”, se podría extender e imponer por la fuerza la “democracia” al resto del mundo. Se atacó -arrasó- Afganistán, sin solucionar ninguna de las circunstancias que padecía el pueblo afgano y que se pretendían mitigar, o que al menos adujeron como pretexto los norteamericanos y sus aliados -incluídos los pacifistas de salón de España, a los cuales desde este artículo les recordamos que nunca les hemos visto manifestarse en contra de que se continúe teniendo tropas allí y lavando la ropa sucia del mundialismo-. Bajo la misma excusa, hicieron lo propio con Irak, de lo cual ya conocemos sus resultados. De hecho, mucho tememos no equivocarnos al decir que solamente la enconada resistencia de los iraquíes ha logrado que el insaciable apetito mundialista se frenase ahí, pues de no haber sido de este modo, Siria e Irán hubieran sido sus inmediatas víctimas. Muy elocuente fue la definición del “Eje del mal”, sobran las palabras al respecto.
No nos suena tan descabellado pensar que, además del desmesurado y evidente interés por controlar toda la zona del Medio Oriente para imponer “el modo de vida democrático” y la defensa de los intereses israelíes -previa colocación de gobiernos títeres haciendo posible así que la maquinaria de la globalización empezase a funcionar-, el interés fuera un reajuste fronterizo, asentando al pueblo palestino lejos de su patria.
El peligro islámico en Europa existe, pero no el que pretendidamente se intenta hacernos ver. Se intenta demonizar al fundamentalismo, denigrarlo cuando en verdad supone una alternativa a la democracia o al poder del dinero, mientras hipócritamente se jalea la idea de que la masiva llegada de musulmanes será positiva y enriquecedora. El melting pot, la multiculturalidad, es una farsa, y demostrado queda que ha fracasado allí donde se ha intentado meter con calzador.
“Saludamos a los revolucionarios,
como los griegos saludaron a los héroes espartanos defensores de las Termópilas,
y que contribuyeron a conservar la luz en el mundo griego”
(Georges Sorel)
Y ahora… ¡El tabaco!
Publicado el 09 Feb 2011. en.

Por Carlos Paz.
No se recuerda en la historia universal momento similar alguno, en el que el Hombre haya estado tan legislado, maniatado y coartado, como el momento que nos ha tocado vivir. Y es que los aspectos de la esfera privada que las democracias entran a legislar, no hubieran sido planteados bajo ningún otro régimen, por muy totalitario o dictatorial que fuese, desde Gengis Khan a Bokassa. “¡Pero qué dice usted buen hombre, si somos más libres que nunca!”, podría interpelarnos cualquier hombremasa; “libres para hacer el soplagaitas o cualquier cosa que admita el sistema por muy aberrante que sea, pero Dios le libre a usted de salirse un ápice de los límites que éste marca”, le deberíamos responder.
No hay más que ver cómo se anuncia a bombo y platillo cada legislatura, por parte del gobierno de turno, que se han llevado a término no sé cuantas leyes más, y que cuanto mayor sea este número nos dan a entender, que mejor que mejor. ¿No sería más interesante menos leyes, pero más eficaces y que abordaran las cuestiones primordiales que atañen directamente a las personas? Parece ser que no. Es más fácil, más demagógico, y ni qué decir tiene que más democrático, votar en pleno parlamentario todas esas cuestiones sin las que Occidente no puede subsistir ni un minuto mas, a saber: la modificación del Código civil para posibilitar el matrimonio entre homosexuales; llevar a cabo ese gran logro constitucional, digno del mismísimo Justiniano, de sustituir “disminuidos” por “discapacitados”; legislar acerca de la distancia en que una toalla ha de estar en la playa con respecto a la orilla del mar; hacer que en Senado, previo pago de su importe -y muy alto- se establezca todo un elenco de traductores con el fin que el presidente de la comunidad de Cataluña, nacido y criado en Córdoba, se haga entender con su homónimo nacido en Zafra, en Requena o Mondoñedo; o preparar un espectáculo bochornoso para esclarecer la responsabilidad de guerras ocurridas hace ochenta años; y así consecuentemente llegar hasta este desatino legislativo del tabaco, todo ello antes que abordar de una vez por todas la intolerable situación de la vivienda, del trabajo, y de todos los males que realmente y de manera dramática nos acucian, nos preocupan y asfixian.¡Así nos luce el pelo!
El modo por el cual la partitocracia tiene en perenne movilización a la población, es a través de campañas periódicas por las cuales y según su propio lenguaje, “sensibilizan” a la ciudadanía, -”adoctrinan”, diríamos otros-. ¿No hay quien se acuerde ya de aquellos peligrosísimos perros con los que tanto daban la tabarra hace unos años?, me pregunto yo, ¿los habrán matado a todos o se han hecho más tolerantes?; ¿y aquellas bandas de skinheads que tanto aterrorizaban por las calles?, ¿se habrán convertido súbitamente en obedientes demócratas, o tal vez nunca fue la feria como nos la contaron?; luego llegaron las cantinelas lacrimógenas sobre los inmigrantes, más tarde la distorsión informativa sobre “la violencia de género”…y ahora el tabaco. Vamos, que de vez en cuando hay que sacar una monserga con la que ir atolondrando al personal y mantenerle entretenido, amén de tenerle distraído de los problemas que realmente importan.
No nos engañemos, toda esta filfa de lo del tabaco responde, además de a todo lo anterior, a esa sempiterna ola de calvinismo* que anida desde sus orígenes en Estados Unidos. Un neopuritanismo, ñoño y rancio, trasnochado y alucinado, que intenta retrotraernos a un nuevo siglo XIX, que tras el señuelo de “lo sano” pretende pormenorizar nuestra existencia hasta límites insospechados. Y así nos dicen lo que tenemos que hacer, dónde y cuándo, lo que hemos de comer y cómo, el modo en que debemos divertirnos y pasar nuestro tiempo de ocio, lo que debemos pensar y lo que no; porque ahora ha sido el turno del tabaco, pero -y si no al tiempo-, ya veremos que sucede de aquí a no mucho tardar con el alcohol y otras cuestiones.
La cuestión que nos ocupa, creo yo que ya estaba solventada hace tiempo, y es que a donde llega el sentido común, una mínima educación y la costumbre, no ha de entrar la Ley, pues en último extremo, son los espacios en donde las relaciones humanas no están legisladas en donde el Hombre puede desarrollarse en libertad. Si ya existían establecimientos que permitían fumar en su interior y otros que no, ¿por qué imponer lo contrario?, ¿por qué si un empresario puede disponer a su antojo de su local y dedicarlo a actividades en donde hasta hace bien poco eran catalogadas por cualquier manual de psiquiatría como desviadas, no puede decidir si así lo cree conveniente para que se reúna la gente a fumar? Y qué decir del coste que supone para un autónomo esta nueva ley, pues si ya al día de hoy, el poder llegar a fin de mes era toda una odisea, a partir de esta nueva situación, no nos quepa ninguna duda que empujará a miles de hosteleros a cerrar sus puertas y engrosar las filas del paro.
Los responsables de Sanidad de este país, y con ellos toda la cohorte de modernos y progresistas, nos bombardean mediáticamente para justificar esta ley so pretextos pseudosanitarios y económicos. Esto no hay por donde cogerlo; ¿habrá que recordar las muertes que producen los accidentes de tráfico?, ¿los efectos cancerígenos ya demostrados de móviles y microondas?, ¿y los costes que supondrá esta ley en el ámbito laboral, así como las pérdidas de trabajos de pequeños negocios? La cosa está clara, quien tenga ojos que vea y oídos que oiga.
Podrían escribirse muchas cosas sobre la cuestión, sobre lo realmente pernicioso o no del tabaco, acerca del verdadero coste sanitario…Pero hasta el momento, no se me ocurre mejor cosa que conminar a las personas de buena voluntad a declararse objetores nicotínicos de conciencia, y a pasarse consecuentemente por el arco del triunfo la normativa. Sea.
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*Una de las bellas cualidades que adornan el protestantismo -muy al contrario del catolicismo-, es su enconado interés por condenar al pecador y no al pecado. Así, nos encontramos con que se cerca al fumador, se le margina, se le intenta aislar cual contemporáneo apestado, retratándole de sucio, de mal educado, dejándole a la intemperie de los lugares públicos, y en el mejor de los casos, abandonarle a escuetos espacios a los que ni a un animal se le permitiría estar -bien se cuidaría la plaga ecologista porque esto no fuese así-.
Si realmente se creyese en las maléficas propiedades del tabaco, se prohibiría su consumo y se actuaría en consecuencia, pero claro, ese porcentaje de impuestos, cercano al ochenta por ciento, del que se beneficia el estado, le impide actuar con coherencia al respecto.
Y la cosa llega hasta el extremo de pretender convertir al ciudadano en un delator, hacer de la delación un sacro deber de ciudadano.
Escenas Matritenses (III)

Por Carlos Paz.
Las luces de la ciudad anuncian a gritos la llegada de la Navidad. Los puestos de la Plaza Mayor se han instalado como cada año atrayendo a los curiosos, a niños y viejos. En ellos los mismos productos de siempre: figuras y nacimientos, objetos de broma y abetos. Sentado en la mesa de un antiguo café, observo absorto a través de la cristalera, el ir y venir de las gentes, sonrientes y aparentemente despreocupados por unos días, recordando con tristeza el momento en que era mi padre el que a mí me llevaba de la mano. Ha pasado mucho tiempo, y ahora soy yo quien callejeando le muestro a mi hijo la ciudad. Él me mira con ilusión e interés, con la misma luz en los ojos con la que yo me recuerdo a mi mismo a su edad, lo que en mi mente no parece que haya sido hace tanto.
Salgo de aquel establecimiento, y es mi hijo quien con paso rápido me guía inconscientemente por las calles. Rodeamos la estatua ecuestre del rey Felipe, el primer monarca que en esta ciudad naciera, y salimos disparados por la pequeña calle de Botoneras, dejando atrás a aquellos que sin don ninguno pasan sus horas pretendiendo hacer creer que son mimos. El olor de las freiduras, producido por los bares que se amontonan en tan pocos metros cuadrados, lo impregna todo. Atrás dejamos la Plaza Mayor, campamento romano.
La calle Imperial, la calle Toledo, esa que atiende al nombre de Lechuga, y las Cavas, la alta y la baja. Y así llego sin darme cuenta hasta donde indefectiblemente me siento arrastrado como cada vez que paseo por estas calles, hasta la iglesia de San Miguel. Entramos un instante para sentarnos en uno de sus bancos y descansar nuestros fatigados pies, observando todo con cuidado detenimiento, y quedamos absortos ante el retablo que preside el altar, con la imagen del Arcángel ciñendo fuertemente la espada con su mano derecha para así sojuzgar al demonio, sin que mi hijo deje de preguntar a media voz qué es lo que representa toda aquella escena.
Desembocamos de vuelta en la calle Mayor y nos dejamos llevar hasta el ayuntamiento, coqueto edificio centenario, y quedamos erguidos ante la efigie de quien comandara la escuadra en Lepanto; gloria de España, gloria de Europa. La Torre de los Lujanes, la calle del Codo y la del Cordón, y la casa de los señores de Luján, el Madrid de los Austrias, un escenario que no ha cambiado en siglos. En algunas alcantarillas aún puede verse el viejo escudo de la villa, el dragón, que en postura rampante, indudablemente eclipsa a ese oso gordo y fofo, que con cara melindrosa y estúpida le vino a sustituir. Sin hablar, nos dejamos llevar hasta el viaducto, donde hasta hace bien poco fuera el lugar predilecto de suicidas y enamorados, que para el caso viene a ser lo mismo, y arribamos a los jardines de las Vistillas, mirador desde el que se ofrece un gris y tortuoso escenario de Madrid, triste y macilento. Y allá abajo la calle Segovia, salida natural de Madrid en dirección a Extremadura, que esconde celosamente una de las pocas posadas que aún quedan en pie como vestigio vivo de un mundo ya olvidado.
Se acerca la hora de comer y decidimos volver. El intenso frío que en invierno congela esta ciudad, ese al que nunca he logrado acostumbrarme, bloquea todos mis sentidos, embota mi alma, y con él, vendrán las lluvias, el arrobo en casa y la vuelta a la rutina.
El precio de la Libertad
Por Carlos Paz.
Apenas le restan al año tres días. Un año que sin pena ni gloria pasará a la memoria, y que si por algo se le recordará, será por los desatinos de Zapatero y su troupe y por sus retruécanos legislativos, por la perentoria y dramática situación a la que ha empujado a miles de españoles, y por la tan manida y dichosa crisis.
Este año se nos escapa, se nos va de entre las manos, y no queda otra que reflexionar, hacer examen de conciencia, y prepararnos en todos los sentidos para ese incierto 2011 que se nos viene encima, amenazando a algunos con avasallarnos. Y cuando, como os prometí la última vez que me leísteis, me disponía a escribir acerca de estas cosas, de lo divino y de lo humano, me llega la noticia de la entrada en prisión de Pedro Varela.
Los que le conocemos desde hace tanto tiempo, quienes hemos seguido de cerca sus problemas con la justicia, no damos crédito. Creo que sería el otoño de 1988 cuando por primera vez me acerqué hasta el local de CEDADE, que entonces se encontraba en la madrileña calle Infantas número treinta y dos. Lo que los secuaces del sionismo lograron con la clausura de aquella asociación y de lo que allí se respiraba, fue grave, muy grave. Allí, se celebraban conferencias muy diversas, se escuchaba música, se compraban libros o simplemente se charlaba. Allí, no se fumaban porros, no nos entregábamos a desviadas conductas castigadas por Alfonso X con la muerte, por supuesto, no existían en las paredes caras de asesinos con piel de cordero, y desde luego, no se lanzaba incienso sobre la Constitución y la democracia; ese sería nuestro pecado. De hecho, rememorando ahora aquellos tiempos, los cuales guardaré con cariño siempre en mi memoria, doy las gracias de haber pasado por aquel lugar; fue allí donde, aún imberbe, descubrí el sentido y la música de Wagner, accedí a unos libros imposibles de conseguir en cualquier otro lugar, se me permitió conocer a muchas personas interesantes -entre otras a Léon Degrelle-, y al fin y al cabo, evadirme de un mundo que ya amenazaba con ser lo que hoy es. Y en ese contexto conocí a Pedro Varela.
Ciertamente él siempre vivió en Barcelona y eran contadas las ocasiones en las que se dejaba ver por Madrid. Yo entonces, un niñato desaliñado y un tanto libertario e insoportable, no le encontraba próximo, y en cierta manera, su personalidad tampoco permitía un gran acercamiento. Pero al instante, saltaba a la vista que, como así descubriría años más tarde, era una persona encomiable. Tranquilos, no lanzaré aquí un panegírico sobre él, ni me contradiré al escribir nada político, como así me propuse hacer al colaborar con vosotros.
Pedro Varela está en prisión. Está en prisión por el gravísimo delito de editar libros; siquiera los escribe, tan sólo los publica. Y esto es lo espeluznante.
Hace unos días me topé, después de un desencuentro de doce años, con una antigua amiga por esos cibernéticos mundos que también son de Dios, y de soslayo, se sorprendió por mencionar de pasada la escasa libertad de expresión que existe y las consecuencias que puede conllevar. Y es que el español medio, nada sabe al respecto. Señores, ¡la censura existe!; las penas introducidas en el código penal de 1995, ese del que tan pomposamente se jactaban periodistas y leguleyos, y al que tan acertadamente bautizaron como “código de la democracia”, impone penas a aquellos que editen libros. Pero claro, ni qué decir tiene, como en tantos otros casos, que ésto va en una sola dirección. Se establecieron dos artículos expresamente redactados para sojuzgar cualquier atisbo de herejía democrática, y más concretamente para amedrentar a aquellos que se declarasen nacionalsocialistas.
Prometo volver sobre el tema a no mucho tardar, pero no puedo evitar preguntarme algunas cosas: ¿por qué no tiene la valentía el Sistema de declarar qué libros pueden leerse y cuales no?; ¿por qué, algunos títulos son posible el venderse en grandes centros comerciales, pero son causa de investigaciones y detenciones si los venden o distribuyen determinadas personas?; ¿cómo es jurídicamente defendible que se condene unas ideas y otras no?
Pedro, no es la única persona que ha sufrido por esta causa; ahí están los casos de García Hispán o Juan Antonio Llopart, por quien siento admiración personal y siempre quedaré agradecido porque en su momento se arriesgase publicando unos relatos míos; pero tal vez, el caso que nos trae, sí sea el más sangrante. En su persona se materializó el odio y la sinrazón democrática, viéndose acusado casi simultáneamente de dos cosas antagónicas: negar el Holocausto y al poco, justificarlo. ¿En qué cabeza humana cabe que alguien pueda justificar, enaltecer o vanagloriar algo en la que no cree y que públicamente y hasta la saciedad, ha negado?
Y es que la Libertad tiene un precio, y muy alto; actuar con coherencia, defender a ultranza en lo que se cree sin importar ni calibrar las consecuencias, ser honesto con uno mismo y con los demás y desde luego no venderse por treinta monedas. Y si por ello se ha de ir a prisión, sea el peaje a pagar. Al fin y al cabo eso y no otra cosa, es ser un Hombre.
Diciembre

Perdonadme por no haber escrito nada a estas alturas del mes, pero es que ninguna cosa se me ocurre. En esta vida que nos han impuesto, todo son prisas y velocidad, y ya no dejan casi espacio para el recogimiento y la meditación. Prácticamente sin enterarme, he caído en la cuenta que el calendario ha corrido más deprisa de lo que yo me creía, que ha pasado la mitad del mes de diciembre, y no he escrito nada para mis amigos de Hispaniainfo.
Acabo de llegar a casa, cansado, y con unas preocupaciones y problemas que, día a día parecen tornarse gigantes. Y con la hora de irse a dormir próxima, repaso mi día interiormente, recordando que nos hemos topado de bruces con la Navidad, que al caminar por las calles, con sus luces y adornos y todo el atrezzo acostumbrado, la decoración es todo menos navideña, que me sobrecoge la melancolía al recordar los años en que nos reuníamos toda la familia en esos días de alegría y recogimiento, comprobando que casi todos se han ido ya, para nunca volver.
Y me entristece ver cómo este sistema que padecemos es materialista hasta el extremo e intenta sacar la mayor rentabilidad a todo aquello en donde ve una posibilidad de beneficio económico. Miro por la ventana, y me encuentro conque han recubierto de luces absurdas que en nada recuerdan a la Navidad las calles, que los anuncios y todo lo que nos rodea incita y empuja a todo bicho viviente al consumo más compulsivo y desenfrenado que imaginarse pueda. Para el capitalismo, estas fechas son el paradigma de la explotación comercial, es el triunfo de los mercachifles y los magos del tanto por ciento; la expresión suprema del encarrilamiento de una sociedad bajo unos criterios y pautas de consumo que derivan hacia una orgía de despilfarro y necedad colectiva: el triunfo del oro sobre el espíritu. Son ahora los centros comerciales el portal al cual los pastores de la avaricia conducen al pueblo, trasfigurados en una masa informe, a rendir culto y adoración al becerro de oro del capital y del consumo, guiados por la estela televisiva.
La Navidad actual (y no las navidades, por favor) se ha convertido en un ejemplo de la anticultura global, de cómo un planeta entero imita ridículamente la forma de celebrar estas fiestas tal y como se celebran en los Estados Unidos, con ese gordo alcohólico conducido por unos asquerosos renos, travestido de rojo por Coca-cola. Se ha reediseñado todo al gusto y conveniencia de los grandes emporios comerciales, despojándolo en lo posible de su forma original, simbolismo y significado.
Para mayor gloria del capitalismo, se participará en telemaratones solidarios que nada hacen en favor de nadie, si exceptuamos a las cuentas corrientes de quienes lo realizan; se colaborará con todo tipo de entidades oenegistas, con caraduras de todas las especies, para dar un lavado a las conciencias, puesto que los mismos que realizan tan altruistas labores son en ocasiones quienes permiten, justifican o promueven esa otra realidad, las inmundicias del capitalismo, como son la pobreza, la falta de las menores garantías laborales, la explotación o la ruina de nuestra economía.
Y me es inevitable pensar que en estas fechas sería más oportuno que nunca disociarse de la locura comercial, ni acercarse a las grandes superficies, no dejarse seducir por el gran hermano mediático, y celebrar estas fiestas a nuestra manera, de forma sencilla y austera, sin tanta popa y boato oriental. Darle una patada en la entrepierna al materialismo, al valor del dinero y centrarnos en los valores espirituales. Hagamos lo posible por volver a nuestras tradiciones y recuperar nuestra esencia.
Lo dicho, perdonadme, no se me ocurre nada de qué escribiros, pero os prometo que antes de que termine el mes sabré de qué hacerlo.
Colonialismo cultural

”Cualquier Hombre que soporte vivir en Estados Unidos, está loco” (Ezra Pound)
La pérdida de identidad es sin lugar a dudas el mayor de los problemas con los que se encuentra Europa en el comienzo de este nuevo siglo. Identidad como expresión de un acervo cultural colectivo que hasta hace poco más de medio siglo era el nexo común del sentir europeo.
El desenlace producido por la guerra de 1939-1945, supuso una fractura irreparable para Europa, no solamente por la división de todos conocida, sino también por la imposición -a menudo de formal muy cruel 1 - de usos y costumbres ajenos a los pueblos del viejo continente. Conjuntamente a los años de reconstrucción de los países inmersos en aquella guerra, -y no solamente de éstos- anduvo inseparablemente de la mano la voluntad de domesticar a la población europea, de domeñar sus hábitos, de desarraigarla de sus orígenes, para así destruirla desde su interior e implantar el dominio norteamericano 2.
Hoy en día nos parece lo más normal del mundo intercalar en una conversación vocablos ingleses (casi siempre mal pronunciados y descontextualizados), que la música que suene en nuestras radios sea en su mayoría en inglés, que en nuestras calles e incluso en nuestras casas se celebren fiestas tan lejanas a nuestros padres como Halloween o Santa Claus, que todos vistamos vaqueros o masquemos chicle…pero todo esto es muy reciente.
No parece necesario remontarse al origen de la formación de los Estados Unidos, para saber que todo lo que nos llega del otro lado del Océano Atlántico norte nos es ajeno y extraño. Aquellos Padres peregrinos que se instalaron en la costa este del continente americano (alcohólicos y rameras, alucinados religiosos y degenerados de las peores especies) llegaron hasta allí sencillamente porque en Europa no se les quería, pues las doctrinas que profesaban y las costumbres que practicaban chocaban con el sentir europeo. Dos siglos y medio después, nos vemos colonizados por ellos.
Una colonización cultural que lo impregna todo, desde el vestir al habla; desde la comida a los aspectos sociales más diversos, como el cine, la música, los libros 3 o la televisión. Ya apenas es posible encontrar una emisora de radio en donde no se haya implantado en el dial la lengua mundialista por excelencia, que es el inglés; los usos norteamericanos en el vestir son los corrientes; la introducción de anglicismos en el lenguaje es moneda de cambio común; el porcentaje de películas estadounidenses en nuestros cines es enormemente desmesurado; la comida rápida, insípida e insana, se impone en nuestras cocinas, llegando a ver normal que nuestros hijos ingieran alimentos que nos venden en cajas, como si de zapatos se tratase; todas las televisiones, las series y los programas de entretenimiento, nos son aderezadas con tramas, escenarios y personajes como si fueran destinados a habitantes de Chicago, Los Ángeles o Detroit.

No hace falta ser un conspicuo sociólogo para darnos cuenta de que tal invasión afecta a todo orden de cosas, que, sin ir más lejos, la edificación de los nuevos núcleos urbanos europeos están siendo diseñados al modo de vida norteamericano, y así nos encontramos con horrorosas zonas residenciales, frías e inhumanas, en donde además de despersonalizar la existencia humana en dichas zonas, se nos obliga a vivir en rededor de esos nuevos templos que son los grandes centros comerciales.
Me gustaría puntualizar que, más que de “cultura americana”, deberíamos hablar de “modo de vida americano”. Estados Unidos al tener una historia de tan corto recorrido, y al haberse configurado con retales de muy diversos países y procedencias, le es imposible el haber desarrollado una “cultura” propia. Porque, ¿qué es el modo de vida americano?, pues, la hamburguesa y el rock and roll, los vaqueros y la Coca-cola, el determinismo calvinista y el culto al dinero, el baseball y Halloween. Poco más.
Para colmo de males, con las nuevas invasiones de inmigrantes procedentes del área hispanoamericana (verdaderos adoradores, hasta extremos ridículos, del American way of life) soportamos una nueva oleada contracultural y costumbrista norteamericana, con sus gorras y dichos anglófonos, con sus vestimentas del extrarradio de cualquier ciudad norteamericana, con esos patronímicos extranjerizantes -cosa que lamentablemente también encontramos entre algunos connacionales de escasa cultura y gusto-, y su breakdance, su rap o su hip-hop exasperante y nauseabundo.
Lo más triste, es que todo ello tenga eco entre nuestra población, principalmente entre los más jóvenes, aunque en su descargo haya que decir que es lo que casi en exclusividad se le ofrece por medio de las televisiones, puesto que la publicidad del Sistema se ha volcado en cuerpo y alma en tan funesta misión.
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- En 1945 la mitad de Europa quedó militarmente invadida por el ejército estadounidense. Entre otras lindezas, “acostumbraron” a los habitantes de las ciudades que tenían bajo su control a pedir la comida en inglés, o de lo contrario no obtenían comida alguna. Ya se sabe: “el rodillo democrático”.
- Sin duda hacemos nuestra la frase que reza: “Con el desembarco de Normandía, se dio un golpe de muerte a Europa”.
- La cosa llega hasta detalles tan aparentemente nimios como la presentación de los libros. Mientras desde tiempo inmemorial en el continente, la titulación de los libros corría en el dorso del mismo de abajo a arriba, en la actualidad encontramos innumerables volúmenes en donde esto se ha invertido.
El negocio de la construcción
Por Carlos Paz.
El hedor que destila la esencia del capitalismo en todo lo que toca se hace patente ante nuestros ojos día a día; todo ello es aún más sangrante en lo referente a la especulación urbanística. Lo que está sucediendo sería grave, muy grave, si todos los españoles tuvieran la oportunidad de acceder sin dificultad a una vivienda, si tres cuartas partes de la población no tuvieran sus vidas y sus salarios hipotecados para poder tener un sitio donde caerse muertos, pero cuánto más, cuando sabemos que esto no es así.
Parece ser que una vez más afloran de la noche a la mañana todo tipo de tramas corruptas en torno a la construcción: ¡Hipócritas!, bien sabido era todo esto hace mucho tiempo, y no solamente en aquellos municipios que han trascendido a la prensa, sino más valdría decir que no hay dedos de una mano para contar los que se salven de la corruptela, los sobornos, los maletines, la desorbitada subida de incrementos dinerarios por parte de los intermediarios en la construcción de las viviendas…
La mayor parte del suelo en España está en manos de Estado, bien sea de las comunidades, bien de los ayuntamientos -especialmente éstos-, quienes en última instancia recalifican suelos, tasan precios, y miran a otro lado cuando la constructora edifica, incrementa costes, abarata calidades o cometen cualquier otra tropelía. Cuando en Barcelona sucedió lo del Carmelo, hubo un concejal que sin ningún tipo de rubor a la pregunta de si tenía conocimiento de algún pago a las empresas inmobiliarias, contestó que eso de pedir el tres por ciento era lo normal, que cómo venir con esas ahora. La comisión, el peaje y el pillaje, la mordida, está a la orden del día en democracia en eso de edificar. Se necesita ser inocente o algo peor para poner cara de membrillo y escandalizarse por ello. Apenas se hizo eco la prensa nacional de las declaraciones de un miembro de la Asamblea de Castilla-La Mancha, cuando en sede parlamentaria vino a decir: ” Señorías, la corrupción no distingue de ideologías ni colores, no atiende a partidos políticos; todos los partidos aquí representados estamos salpicados por la corrupción urbanística, así que mejor sería que antes de echarnos culpas unos a otros, cerrásemos el asunto y lo dejásemos estar”. Sin cometarios, creo que con esto queda todo dicho.
El capitalismo (la democracia) tiene una capacidad casi infinita de adaptarse a cualquier circunstancia, posee la envidiable cualidad de sacar provecho ante la adversidad que se encuentre. Si para ello es necesario deforestar centenarios bosques, pues se hace; si requiere esquilmar los ahorros de toda una vida a miles de familias no se duda un segundo si con ello se llenan los bolsillos; si es preciso acabar con los recursos acuíferos de una zona y condenar una enorme porción de tierra a la desertización, se realiza. Y ahí están los casos de Hellín o Las Navas del marqués por ejemplo. ¿Qué más da que media España carezca de los recursos suficientes para garantizar el suministro normal de agua?: se diseñan ingentes campos de golf, desde Cádiz a Granada.
No nos vale que “la corrupción es cosa de unos pocos”, afecta a todos los partidos políticos, es el Sistema mismo el que no ataja el problema, el que con su legislación permite y fomenta que todas estas cosas ocurran. Cuando la Ley del suelo es pasado por el forro de sus caprichos constantemente haciendo posible auténticas obscenidades urbanísticas en primerísima línea de playa, cuando se incumple por parte de inmobiliarias, promotoras y constructores, todo lo habido y por haber con esos engendros insufribles que son los PAU de las afueras de cualquier macro ciudad, convirtiendo a los que las habitan en clónicos ciudadanos mundialistas con aterradores centros comerciales, con esos auténticos monstruos en donde se rinde culto al consumismo y se hace realidad el mito de Moloch, cuando esto se hace con la aquiesciencia del Sistema, poco queda por decir. Pero claro, detrás de todo ello hay muchos, muchísimos millones de euros, amén de la intencionalidad última de estructurar pormenorizadamente hasta el último hálito de vida de las personas.
Como con cualquier otro problema, no cabe cruzarse brazos y pensar que poco o nada puede hacerse, que otra forma de vida no es posible; ¡claro que se puede!: haciendo efectiva una Ley del suelo en donde todo ésto fuera implanteable, que existieran consecuencias penales muchísmo más duras contra quien contraviniera lo legislado, la intervención estatal del precio del suelo, la tasación de máximos del precio del metro cuadrado, la prohibición de construir a una distancia dada de la línea de la playa, en espacios naturales o zonas devoradas por el fuego…Pero claro, abordar todo esto no interesa ni parece que para la plutocracia, para los mediocres politiquillos y la usuraria banca que padecemos, tenga esta cuestión la más mínima relevancia; mucho más capital parece ser legislar sobre el tabaco o acerca de si Alfredo se siente mujer.
Escenas matritenses II
“Nueve meses de invierno y tres de infierno”, oí decir a mis mayores desde pequeño que era el clima de Madrid. Este poco ingenioso juego de palabras no me parece fiel reflejo de la realidad, entre otras cosas porque supongo que no se tiene en cuenta la relativa suavidad de los otoños en esta ciudad. Septiembre tal vez sea el paradigma; daba gusto ver como se prolongaba el verano, a veces hasta finales de octubre, para, de un día a otro, recibir las lluvias y el frío. Sea como fuera es el final y el comienzo del año natural, creo que se equivocaron cuando designaron a enero como principio del calendario.
También el clima, como el resto de las cosas, ha cambiado, no es el mismo y esto indefectiblemente ha conllevado algún cambio de hábito que otro. Me gusta andar revolviendo las hojas de los árboles que por estas fechas inundan las aceras, camino sobre ellas, y hacen que este monstruo en el que se ha convertido la gran ciudad en la que habito me permita contactar por un segundo con la naturaleza. Es domingo, y callejeando observo que los nuevos templos a los que la gente acude puntualmente son los centros comerciales, iconos de un mundialismo que atrapa al ser humano, que secuestra su alma, y que ha impuesto su propia liturgia. Es la nueva religión, es el retorno de Mammón. Reniego y blasfemo ante su dios y sus prosélitos, y éstos me miran como si fuera un bicho raro, y recuerdo al instante que he descuidado mis quehaceres espirituales, y me dosifico pra poder acudir a la iglesia y a la taberna, los dos últimos refugios del Hombre.
Y me siento en la última fila de bancos de la pequeña capilla de San Antonio de los alemanes, y aunque haya estado ahí tantas veces quedo absorto ante lo que veo como si fuera la primera vez, una tarde de un no tan lejano mes de septiembre cuando tuve aquella decisiva revelación. Y salgo y me dejo llevar por la calle del pez, que tantas buenas tardes me ha brindado, y por las estribaciones del barrio de Maravillas llego hasta caer en la plaza de las Comendadoras. Y allí observo a los niños jugar, sin preocupaciones ni mentiras, y esa escena la hago mía. A mi lado pasa quien fuera mi novia tantos años, y aunque sabemos que nos hemos visto, pasa de largo como si tal cosa. Qué estúpida actitud mantenemos algunas veces el ser humano haciéndonos la vida más insoportable de lo necesario.
Después de comer algo en un descuidado antro en donde solamente sirven viandas que comieran mis abuelos, me adentro en el centro de ese Madrid misterioso y mágico, olvidado y real, el de la calle del prado y los pasajes que vieron pasear a Lope y Cervantes, a Calderón y Quevedo. Y me paro a curiosear en los mercados, esos que a no mucho tiempo desaparecerán devorados por el ansia antropofágica de Moloch.
Es por la tarde, el sol declina muy rápidamente, y busco un lugar donde sentarme sin ser molestado y beber un café. Con indignación y repugnancia reparo en que cadenas de hostelería mundialistas copan un extenso paisaje en mi ciudad, que se hace difícil en ocasiones hacerse entender con el camarero, que como recipiente utilizan el cartón o que no se puede fumar. Y todo este asqueroso proceder vendido perfectamente por la publicidad, que es el arte de envolver en un precioso celofán excrementos recién deyectados, esgrimiendo, eso sí, que es por tu bien y que se preocupan por tu salud.
Si pudiera escoger, me gustaría morir en septiembre.
Esbozos Ibéricos
Por Carlos Paz
Triste panorama se cierne sobre el pueblo español cuando lo único por lo que es capaz de sacar su bandera sin que nadie le increpe y sienta temor, donde sentirse públicamente orgulloso de pertenecer a la eterna estirpe ibérica, sea por seguir a un equipo de fútbol. Exceptuando este hecho, ¿a quién diantre le importa la milenaria y riquísima historia de nuestro país, cuando día a día se la está falsificando?, ¿acaso alguien se lanza a la calle para protestar por la cada vez mayor pérdida de soberanía? Si la degeneración y la corrupción crece a pasos agigantados, ¿quién mueve un solo dedo por todo ello? Evidentemente, nadie.
Hoy en día al oír el español medio hablar de patriotismo, su respuesta va desde la carcajada destornillante al infarto de miocardio. Y es que esto no es algo casual, al contrario, atiende a todo un proceso de decadencia no solamente coyuntural hispánico, sino cultural, que afecta a eso que de mala manera y para entendernos llamamos Occidente.
Es muy posible que estemos asistiendo al final de un largo ciclo histórico en el que nuestra cultura, en estado comatoso irreversible, se lance indefectiblemente a una muerte segura. Tal vez estemos siendo testigos del comienzo del declive norteamericano y con él, el de todos aquellos países que se ven atrapado en su órbita. Multitud de similitudes podemos encontrar entre las épocas de decadencia final de los grandes imperios y nuestro tiempo: la profesionalización del ejército dejando a manos de mercenarios, nacionales o no, la seguridad del territorio patrio; las cada vez más preocupantes invasiones extraeuropeas conocidas como “fenómeno inmigratorio”; el igualitarismo, de todo tippo, que deshace los entresijos más profundos de la sociedad; el individualismo exacerbado -renunciando la persona a las obligaciones más elementales y haciendo acopio indiscriminado de derechos-; el odio del Sistema hacia un verdadero sentir religioso y la consiguiente proliferación de moldeables pensamientos gnósticos; la subversión de los conceptos sociales tradicionales como el de la familia, el trabajo o la moral, fomentando la homosexualidad, el culto al dinero (siguiendo los postulados norteamericano-calvinistas) o la carencia total de ética. Todo esto sucede dentro de una sociedad que propugna la Libertad -ya sea de acción o intelectual- como máximo valor, mientras se impone por todos los medios un pensamiento único, ahogando a cualquiera que disienta lo más mínimo de los postulados democráticos y mundialistas.
El concepto mismo de Democracia -al menos de la forma de democracia que padecemos, la partitocracia-, guarda intrínsecamente la esencia de la corrupción (en todas sus formas, tanto económica como moral, y por ende, política), la decadencia y la destrucción social. Un sistema en el que la Verdad y la Justicia están supeditados a la mayoría y son susceptibles de ser cambiados en función de intereses partidistas, está condenado a su inevitable destrucción. Lo que hoy es cierto y bueno para la sociedad, mañana puede ser pernicioso y se requerirá su abolición; el pensamiento de Orwell se inserta en lo más profundo de la esencia democrática, despreciando el Bien Común, huyendo de todas concepción iusnaturalista. Herederos del caduco y trasnochado pensamiento racionalista salido de la Revolución francesa, el liberalismo y su forma política, la democracia, supone un atentado directo al orden natural del Hombre.
Buen ejercicio de prestidigitación, que les viene como anillo al dedo, han realizado los que anuncian el fin de la Historia y con ella la imposición de un único gobierno mundial. Quienes promulgan la victoria de las democracias frente a cualquier otra forma política que cuestione los podridos pilares sobre los que se asienta -en ocasiones recurriendo a la represión más dura- y su propagación a lo largo y ancho del mundo mediante su tentáculo económico -globalización-, destruyendo la idiosincrasia nacional de los pueblos, al día de hoy no podemos hacer otra cosa que darles la razón. Mas habría que advertirles que, si después de estos últimos sesenta y cinco años de pertinaz adoctrinamiento, no han logrado el total aplastamiento ideológico de los que nos oponemos a comulgar con ruedas de molino, mal vemos que puedan conseguirlo. Amén.
De alimentos, imbéciles y exploradores
DE ALIMENTOS, IMBÉCILES Y EXPLORADORES
Uno es lo que come, reza un antiguo dicho, y así creo que es, ya se trate bien de un individuo, bien de todo un pueblo. No hay más que ver a esos desvergonzados norteamericanos cómo son y lo que ingieren: indecentes hamburguesas, promiscuas pizzas grasientas y asesinas, que colapsan nuestras arterias y embotan nuestro entendimiento, perversas salsas traicioneras y mezquinas, insultos obscenos a nuestra vista y pituitaria, toda una gama de alimentos combinados de manera atroz, producto de mentes luciferinas. Colorines en el plato, como si se tratara de infantiles viandas.
Una de las señas culturales más palpable de una comunidad es, sin lugar a dudas, su gastronomía. A lo largo de estos últimos decenios hemos venido sufriendo un ataque desaforado en todo orden de cosas hacia nuestros usos y costumbres más arraigados, pues la globalización pretende por todos los medios crear un Hombre nuevo, un nuevo ser humano que piense, trabaje, coma, ame y muera, bajo los mismos parámetros mundializadores, y así de esta forma, desea vehementemente que se alimente de la misma manera todo bicho viviente, que no exista diferencia alguna entre lo que pueda ingerir una persona en Boston o en Oslo, en Bombay, en Jartum o Buenos Aires.
Y en estas estamos cuando vemos con pesadumbre proliferar en nuestro suelo, y arraigar entre la juventud, establecimientos estadounidenses de comida rápida, restaurantes orientales -ya no únicamente los de origen chino para los bolsillos menos pudientes, causantes directos de multitud de patologías digestivas; sino también en los últimos años, japoneses, moda extendida por la aburrida burguesía postmoderna-, la verdadera invasión de establecimientos islámicos -con los kebabs como buque insignia, esos inciertos mondongos de carne de dudosa procedencia- y todo tipo de cocinas de guardarropía, que pretendiendo hacerse pasar por lejanas y exóticas, no han dejado, día a día, de extenderse por las calles de nuestras ciudades.
Todo en aras de arrastrar nuestro patrimonio cultural por el fango, y pretender hacer tablar rasa de nuestro pasado. Por ello apenas logra comprender una persona menor de treinta años, qué queremos decir cuando le comunicamos que hemos comido una deliciosa tortilla guisada, el haber degustado un buen botillo, haber disfrutado con un pantagruélico cocido maragato, haber desayunado unos ricos chochos con leche, haber picado una escalivada, ingerido un sabroso pisto manchego, o hacer mención de cualquier producto de chacinería que vaya más allá del salchichón. Uno, que si se vanagloria de algo es de haber frecuentado hasta la saciedad las tabernas y las fondas, los bares y las casas de comidas, innumerables cafés e infinitas bodegas, de la práctica totalidad de la Península, le es común y cercano cualquier producto de casquería, el rabo de toro, el choco o las collejas, y le es inevitable sentirse en comunión con sus muertos cada vez que se sienta en rededor a una mesa y se alimenta.
Sobre la alimentación, creo yo que, hace mucho que está todo escrito, pero parece ser que periódicamente tenemos que ser testigos del descubrimiento de obviedades perogrullescas, como el de la dieta mediterránea. Es de sobra conocido por todos desde hace muchísimo tiempo que, por ejemplo, el consumo de aceite de oliva -denostado en un pasado no muy lejano al igual que el pescado azul por la estulta progresía-, es el responsable principal de la prevención de ingentes enfermedades y del consiguiente aumento de la esperanza de vida entre los españoles (mayor con respecto al resto de ciudadanos de nuestro entorno y comparable al de los esquimales, perdón inuits, por el consumo de aceite de hígado de foca).
En la gastronomía se encierra el más palpable carácter identitario, el más primario si se quiere, pero no estaría de más recordar que no existe una cocina española como tal, sino muchas, y si se prefiere, un compendio de cocinas regionales con sus subdivisiones y características propias dentro de cada una de ellas. Que del mismo modo, lo que hoy constituyen algunos de los iconos de nuestra cocina, son en verdad de novísima incorporación, y si no, piénsese solamente en el tomate, la patata, o el arroz, indispensables a la hora de hablar del gazpacho, la tortilla española o la paella, introducidos e incorporados de pleno derecho en nuestras mesas hace apenas unos pocos cientos de años.
Es el vino, el aceite de oliva, determinados productos cárnicos -el cerdo, y más concretamente esa joya única, zootécnica y bromatológica que es el ibérico-, algunos quesos, las legumbres y el conejo, la oveja y determinados pescados, lo que ancestralmente nos ha pertenecido como propio, ya sea a través de la cocción, la freiduría o los asados, y para constatarlo solamente nos es suficiente con leer las tres primeras páginas del Quijote.
Dentro de todo este pandemonium gastronómico en el que nos ha tocado vivir, no queremos olvidarnos de los vegetarianos, de esos que pretenden retrotraernos más allá del neolítico, que desean volver a hacer realidad que el consumo de huevos sea cosa única de los más pudientes; recordarles tan solo que nuestra naturaleza -nuestra dentadura y sistema digestivo- nos convierte en seres omnívoros, y que si lo que quieren es enfermar allá ellos, pero que al menos dejen de dar el coñazo. Y qué decir de la nueva cocina y sus tomaduras de pelo, de la cual algunos se han lucrado, y siguen haciéndolo, de manera inadmisible (recordamos vivamente cuando en los años de máximo auge, se llegaron a abrir restaurantes en donde lo que podía degustarse era ¡aire!, y a un precio nada módico por cierto).
Ni el humilde y cotidiano pan, se ha salvado de la vorágine capitalista, haciendo imposible recordar ya cómo sabía, habiendo sido sustituído por esas insulsas y cómicas baguettes. Y el bluff de los productos ecológicos, que digo yo que como no hay nada nuevo bajo el sol, lo ecológico sería lo que plantaba mi abuelo. Y el universo de lo light, que fomentado a machamartillo por la industria pesada de la propaganda mundialista -la publicidad- saca los dineros a los más tontos, engañándoles. Por no hablar del no tan benéfico uso indiscriminado de los alimentos ricos en fibra…y de tantas otras cosas más.
Y es que la sinrazón ha llegado hasta al agua, ahora en su versión mineral. Se hace imposible pasear por las calles y no ver a legiones de personas con un envase de agua en la mano, cual se tratase de exploradores urbanitas. Pereciese que no fuera posible deambular por una urbe sin ir avituallado de la correspondiente cantimplora, que en nuestros días no podía ser sino de plástico. ¡Cómo si no existiesen fuentes públicas, o resultase dificultoso entrar en cualquiera de los mil y un bares que pueblan nuestra geografía a pedir un simple vaso de agua! Supongo, que esto último queda a los ojos de según quien, de pobres.
Ezra Pound nos dijo, sabiamente, que el capitalismo nos colonizaba el alma, pero una cosa se le pasó por alto, que también lo hace sobre nuestros castigados duodenos, ¡y de qué manera! Sea pues la gastronomía, disciplina imperial.
Carlos Paz
Artículo de Carlos Paz sobre el feminismo.
FRÍGIDAS Y RESENTIDAS
Es aún pronto para evaluar el daño que el feminismo ha hecho a la mujer. Tal vez necesitemos que transcurran unos cuantos decenios más para tener la perspectiva suficiente con la que podamos analizar en profundidad toda esa sinrazón llena de odio.
De entrada, una idea que excluye y enfrenta a uno de los dos sexos 1 no nos parece que sea de recibo, pero máxime si lo que se intenta es que uno de los dos sea sojuzgado por el otro, creo que con ello está todo dicho. Cuando al ser humano se le ansía desnaturalizar, por el medio que sea, arrancarle de su entorno, el resultado nunca puede ser el apetecible. Cuando la pretendida liberación de la mujer ha consistido en hacerle madrugar e incorporarle al, con muy mal gusto llamado, “mercado laboral” 2, arrastrándole junto al varón a un mundo de sinsabores y obligarle de manera tácita a abandonar ese hermoso espacio que la naturaleza le tenía reservado (y al que en muchas ocasiones el hombre no ha sabido comprender, respetar y valorar), sin ofrecerle nada a cambio, mal vemos las cosas. Y es que el feminismo, con toda la progresía como escuderos, no tolera ni acepta que haya mujeres que, deseando o no desarrollar sus capacidades profesionales y para las que hayan podido estudiar, deseen tener hijos, cuidarlos, y dedicarse a ello. Y como botón de muestra, de qué manera pusieron el grito en el cielo las resentidas cuando hace apenas unos años se observó en Gran Bretaña que habiendo más mujeres que hombres en las facultades, con el tiempo éstas decidían quedarse en el hogar y no desarrollar sus vocaciones; eso les pareció intolerable y si por ellas hubiera sido, de buena gana habrían obligado a todas a trabajar fuera de casa. ¡Todo un ejemplo de tolerancia, que duda cabe!
Nunca nos ha preocupado saber realmente qué es lo que en verdad mueve a estas mujeres a actuar de este modo, a imponer sus dictados a sangre y fuego, a no tolerar que nadie piense distinto a ellas aunque, si nos paramos a pensar, bien pudiera ser que la envidia, el resentimiento, y la escasa lubricidad genital 3, no anduviesen muy lejos. La progresía -no solamente la izquierdista- ha adoptado a pies juntillas todas las viejas soflamas de aquel rancio feminismo de antaño que pomposamente fue llamado contracultura y, adecuándolo a los tiempos, lo ha extendido a otros sectores como el de la homosexualidad; todo en aras de la vieja idea de destruir la familia y los últimos reductos del Hombre, los entresijos más profundos de la sociedad, para de este modo, dejarle inerte, manejarle como a un guiñapo. Hoy en día, verbigracia, no existe cadena televisiva en donde no hayan impuesto a sus acólitos y con ellos sus dogmas.
Quienes propugnan estas ideas desde el odio y el revanchismo, con el feismo como principio estético; cuando el sentido del humor les es negado ad dies natalis y el espejo en que mirarse es el de una cultura de muerte, es lógico y comprensible que su máximo triunfo haya sido la materialización jurídica de ese espantoso y atroz crimen que conocemos con la eufemística expresión de “interrupción voluntaria del embarazo”.
Y en estas estamos, triste panorama.
Uno que ya va poco a poco teniendo un bagaje vivido, una mínima memoria, recuerda con nitidez los días en que Rosa María Mateo o Ana Belén abrieron el melón en cuestión, para luego seguirles en tan insigne periplo las Mercedes Milá, Cristina Almeida 4 … hasta llegar a nuestros días, con Eva Hache, Cristina del Valle 5, o Cayetana Guillén Cuervo, como tótem de la cultura, la solidaridad y la rebeldía. Todos unos modelos a seguir indudablemente. De justicia es mencionar que dentro de este revuelto río, no han faltado quienes se beneficiaran de todo tipo de prebendas y siguiendo la inercia de vientos favorables y como “progresistas de toda la vida” que son, se apuntasen a tan beneficioso carro. No queremos dejar en el olvido a esa enorme comunicadora que es María Teresa Campos, a la siempre elegante Cristina Tárrega, a la plural Concha García Campoy, o a la nunca comprendida y valorada Ana Rosa Quintana. ¡Jamás podrá el país agradecerles toda su labor como realmente se merecen! Y qué decir de la menopausica Pilar Bardem y sus Rosas blancas, de nuestra insigne vicepresidenta del gobierno María Teresa Fernández de la Vega, de Bebe y sus graznidos, o de lobas con piel de cordera como Natalia Dicenta…no tenemos palabras.
Cuando determinados siniestros personajes han decidido –e impuesto en la mente de la gente- que la cultura solamente puede ser la progresista; cuando se borra de la memoria colectiva el recuerdo de parte de quienes nos precedieron; cuando se impone una única y estrecha visión del mundo y lo demás se desprecia arrastrándolo por el fango; cuando la mediocridad es elevada a las más altas cotas de lo sublime; es normal y lógico que personas que en una sociedad sana y civilizada, y con un mínimo de gusto, no valiesen para nada y por consiguiente se les exigiera cuando menos el destierro, aquí se les encumbre y admire.
Carlos Paz
ESCENAS MATRITENSES NUEVA COLUMNA DE CARLOS PAZ.
ESCENAS MATRITENSES
Todos y cada uno de mis veranos pasados en esta ciudad los recuerdo perfectamente, todos han sido muy parecidos; mucho calor, poco dinero, la novia lejos y otra que venía a sustituirla cerca. Los que nos quedábamos en la Villa éramos pocos, casi podría decirse que nos conocíamos o al menos nos sonaban las caras; eran meses en los que por la calle prácticamente ibas saludando a personas que con el frío del invierno ni mirabas. El mundo parecía más humano desde luego. No faltaba, a Dios gracias, algún amigo que se quedara a hacerte compañía, o en su defecto se fueran turnando en el ir y venir de sus destinos veraniegos. Había días en que los coches pareciese que hubiesen desaparecido por ensalmo, y dado que entre el medio día y las nueve de la noche el calor es sofocante, las calles aparecían desérticas y poco más que abandonadas a su suerte.
Deambular libremente por Ópera, la calle Bailén, el palacio Real y sus jardines, todo el dédalo de calles, callejas y callejuelas que conducen hasta la plaza de España, detenerse parsimoniosamente en una de sus esquinas, el convento de la Encarnación…un lujo al alcance de cualquiera y al que la gárrula mayoría estultamente desdeña. En la actualidad a la gente le han impuesto maneras mucho más aberrantes de pasar el tiempo, de asesinarlo, ocio lo llaman; ya son pocos los que disfrutan con estas cosas. Los tiempos mandan. El modo de vida, de manera evidente, ha cambiado, y ni qué decir tiene que a mucho peor. Con la perspectiva que dan los años, estoy seguro al decir que los que nacimos a principios de la década de los setenta hemos sido testigos del final de un mundo y el comienzo de otro, éste infinitamente más perverso e inhumano. Y todo tamizado con muy buenas palabras y gestos de presunta amabilidad, pero que encierran llevar al Hombre por peligrosos desfiladeros de los que no sé si será capaz de retornar.
Hay en mi ciudad un lugar en el que en su día nada tuvo que envidiar a lo que hoy imaginamos que debió ser Hollywood, con sus cines, sus teatros y sus fastos. Hoy de todo eso no queda absolutamente nada. La Gran Vía y sus aledaños suponen lo más sórdido de la capital; pasear por sus aceras equivale, según la hora, desde presenciar lo más inhumano de nuestro mundo moderno a jugarse el tipo por tres euros. Pero pese a eso, confieso sentir debilidad por alguno de sus rincones.
Son los días de verano los que brindan la ocasión de vivir en la calle, en las plazas, -el ágora, el foro, vida mediterránea-, y las obligaciones parecen pasar a un segundo plano. Se esconde por un tiempo la celeridad atropellada de la vida cosmopolita para acomodar nuestro espíritu al esparcimiento…y a lo que un día fuimos. Regocijarse en el placer de no hacer nada ni tener que hacerlo, dejar pasar el tiempo, bebérselo a pequeños sorbos, quedamente, buscando un lugar para pensar o dejarse llevar y sentirse más próximo de quien tenemos cerca.
Y sentarse en el borde de la acera a fumar un cigarrillo sin prisa alguna, esperando al autobús que te lleve a casa después de una noche de excesos, y mirar al cielo para darse cuenta entristecido que ya no brilla ninguna estrella en el firmamento de mi ciudad.
Carlos Paz nos manda su nueva columna.
Publicado por hispaniainfo en 29/06/2010
ONG´S, INMIGRACIÓN Y OTROS CUENTOS
Desde hace un par de décadas se acuñó en Estados Unidos la expresión “negocio de la caridad” (Charity bussiness), para aquellas ocasiones en que hasta de las desgracias ajenas pudiera obtenerse algún beneficio pecuniario. No existe en la actualidad, por ejemplo, estrella de Hollywood a la que se le ocurra no figurar en su contrato una cláusula en donde se especifique la cantidad de veces, el modo y maneras, en las que deberá aparecer apadrinando niños, dejarse fotografiar en lejanos países so pretexto de su gran vocación humanitaria, rodeado siempre que sea posible de pobreza, hambre y miseria; todo ello previo pago de su importe, claro está. Más repugnante no podía ser la cosa.
Con relativa rapidez los más avispados y listillos del resto del orbe tomaron nota del asunto e intentaron sumarse al carro de tan lucrativo negocio. Así, de este modo, comenzaron a proliferar, cual setillas en otoño, una ingente cantidad de agrupaciones, asociaciones y grupúsculos, que con rimbombantes y pomposos nombres pretendían tocar la fibra sensible de la población. Nacían las Organizaciones No Gubernamentales (ONG´S). Definición que a todas luces era ya no incorrecta, sino bastante estúpida, pues tal aserto, digo yo que encaja a quien convenga, a todo bicho viviente vamos, desde los productores de vino blanco del Danubio, al Atlético de Madrid. Pero bueno, la cosa coló.
La práctica totalidad de ellas, con una rancia dosis de cantinela lacrimógena, parapetadas tras enormes compañías de publicidad haciéndoles el trabajo sucio, añadido con el aliño de un ñoño sentimentalismo, empezaron a funcionar divinamente, hasta el punto que recibiendo buenas inyecciones dinerarias del Estado, a nadie tenían que dar cuentas; y bien alto pusieron el grito en el cielo cuando se les pidió que rindieran un mínimo de explicaciones de qué era lo que hacían con tan cuantioso dinero. “¡Hasta ahí íbamos a llegar!”, fue su respuesta. A todas estas, era claro que al Sistema este entramado le venía de perlas, pues independientemente de que muchas de estas organizaciones no eran más que ramificaciones más o menos difusas de entidades bien conocidas y establecidas, y que hacían el juego a sectores de la más extrema y sibilina de las izquierdas, podían ser utilizadas para mostrar al pueblo –a los aborregados votantes, se entiende-, cómo los jóvenes eran con el tiempo más solidarios y preocupados por su entorno, y así justificar de este modo el maravilloso funcionamiento de la Democracia.
Quienes han planteado la posibilidad de poner coto a este maravilloso negocio, al instante se les ha tildado de insolidarios, demagogos e insensibles, pese a que existan más que indicios para pensar que nada fuera del lucro mueva a estas personas. Cuando estamos hartos de ver en las páginas de los periódicos cómo se destapan los verdaderos móviles de algunas de estas asociaciones, cuando vemos en la televisión qué modos se gastan estos desaprensivos cuando las cosas se tuercen en las zonas del planeta en las que viven a cuerpo de rey, al contemplar que no dudan en salir pitando en fastuosos vehículos mientras se quedan solas ante el peligro cuatro monjas viejas, uno no sabe qué pensar ya de estos personajes.
Y es que el problema es todavía de un profundo mayor calado, pues el daño que causan no tan a largo plazo es tremendo e irreparable. “Bueno, no serán todas: y mejor que hagan algo por poco que sea a que no se haga nada”, este tipo de estúpidas frases se vienen oyendo desde hace un tiempo al respecto por parte de ingenuos e incautos ciudadanos. Evidentemente no son todas. Existen –las menos- quienes en silencio, sin campañas publicitarias ni bellos rostros que les promocionen, han sabido trabajar y realizar una loable labor allá en donde nadie ha querido siquiera poner un pie. Éstas son la excepción. Hablamos de aquellas que muchos de nosotros conocemos y que estamos hartos de saber de ellas por los bombardeos publicitarios –no concederemos el placer de dar nombres-.
Ya no son tan pocas las voces de quienes han estado en países del mal llamado Tercer Mundo, que claman por la retirada de todo tipo de ayuda, pues a estas alturas el agravio que han generado es mayor que todos los supuestos beneficios que dicen haber logrado; y nos referimos a que sin tener en cuenta el descrédito y la desconfianza que han creado en la población de aquellos países, gracias a su quehacer han instaurado un sentimiento de autocomplacencia, “una filosofía de ahí me las den todas”, con lo que es imposible que esos países puedan salir de las circunstancias en las que se ver inmersos. Hasta que muchos de esos países no sean conscientes que tienen que ser ellos mismos quienes empiecen a luchar por escapar de su propia miseria, entretanto sigan en el poder sus corruptos gobiernos o se perpetúen las intestinas y seculares reyertas tribales, mientras que no acepten que sus circunstancias son las que son y que poco o nada se soluciona echando las culpas no se sabe muy bien a qué, mejor sería ninguna ayuda que la existente.
Es cierto que el mundo capitalista en ocasiones mantiene hipotecado los recursos de ciertos países –la Fruit Company, v.gr, es dueña del 90% de Centroamérica-, pero curiosamente son uno de tantos de los que promueven con sus hipócritas campañas publicitarias –propagandísticas- una falsa solidaridad y las actividades de ciertas ONG´S; al igual que las grandes compañías multinacionales son quienes en último término pagan las campañas antirracistas y alientan la llegada masiva de inmigrantes. Todo, para engrosar las arcas.
Al hilo de todo esto, no está de más recordar que con la inmigración masiva, se está produciendo una nueva problemática en los países de origen –muy similar a lo anteriormente citado- que es el empobrecimiento aún mayor de la poca industria –pensemos en una producción básica textil, orfebre o cerámica- dada la evasión de los más jóvenes y por tanto de quienes continuarían con los negocios, así como la relajación de quienes permanecen en casa a espera de la liviana llegada de divisas, condenándolos definitivamente. Pero claro, es más fácil, más cómodo –y más progresista-, decir que vengan sin control alguno; abaratar los sueldos y depauperar las condiciones de los trabajadores nacionales…y seguir manteniendo el negocio de la solidaridad.
Carlos Paz nos envía la segunda parte de “Un mundo feliz”.
Publicado por hispaniainfo en 02/06/2010
UN MUNDO FELIZ (y II)
Hace unas semanas esbozamos brevemente cómo el Sistema deja al Hombre inerte y maniatado (con todo lo que ello implica, tanto en el orden económico, como social, político o moral). La sociedad democrática se ha estructurado de tal manera, que nada, absolutamente nada, queda fuera de su control.
Cuando sobre el papel se nos dice que somos libres, que podemos disfrutar de una total libertad de expresión y de conciencia, como así se recoge en nuestra Constitución, el problema es doble. Por un lado se nos repite hasta la saciedad que podemos pensar, decir y hacer lo que nos venga en gana, que jamás se pudo disfrutar de libertad más plena, y que por ello deberíamos dar gracias (no sabemos muy bien a quien); Por otro, se limita –más valdría decir, se anula- la aparición en los medios de comunicación a quienes pretendan cuestionar los pilares sobre los que se sustenta la democracia (y el mundialismo), se incautan libros 1, y se lleva a los tribunales ya no a quienes los escriben, sino a aquellos que su único delito ha sido venderlos, llegando a modificar todo un Código penal 2 para castigar a quienes contravengan los dogmas de esa nueva religión que es el sistema democrático. Este fenómeno jamás se ha producido en la Historia, pues ya en tiempos de la Inquisición, de Stalin, o de quien se quiera pensar, existiendo una censura, unos límites a la libertad de expresión, éstos estaban bien definidos, y por lo tanto cada cual sabía a que atenerse en caso de traspasarlos. Existían listas de libros “prohibidos”, y cuestiones sobre las que no era posible pronunciarse: A nadie se pretendía convencer de la existencia de una maravillosa libertad. Ahora, por el contrario, la ciudadanía en pleno está convencida de esa ilusoria libertad que se recoge en la Carta Magna, y de hecho todas estas cosas que aquí escribimos bien podrían sonarle a chino manchuco, pues jamás habrán oído una palabra de lo que decimos, dado que toda esa “censura formal” no existe como tal.
Realmente vivimos la plasmación de la novela de George Orwell, 1984; Con el Gran Hermano, el Ministerio del Amor, las telepantallas y todo un Neolenguaje incluido. Escalofriante.
El modo en el que, recortándose las libertades largamente conquistadas, el Sistema es capaz de introducirse en la esfera privada del individuo en aras de una pretendida mejora de la persona es, lisa y llanamente, intolerable. Y todo esto hubiera sido impensable sin el enorme avance tecnológico de los últimos años 3. El móvil, Internet…han sido los verdaderos caballos de Troya del atontamiento del individuo a escala mundial. El relativismo como piedra angular sobre la que sustentar la ideología democrática; La deformación del lenguaje, bajo las directivas gramcianas para poder así cambiar la percepción de la realidad; La imposición de una concepción mundialista de la historia y la cultura; El etnomasoquismo institucionalizado que preconiza el multiculturalismo, la inmigración masiva y el mestizaje, para pretender arrancar al Hombre un poco mas de su entorno, dejándole sin identidad y desnaturalizarlo; El intencionado fomento de conceptos antinaturales presentándolos como normales con el fin de este modo derribar los entresijos más profundos del ser humano; El salvaje capitalismo y la publicidad…han hecho el resto.
Llegados a este punto, es posible pensar que no se puede ir más allá, que las cosas no puedan ir a peor pero lamentablemente vemos día a día que no es así. No tenemos más que mirar a nuestro alrededor y comprobar de qué manera se reglamenta cada acto, por nimio que este sea, cómo se nos controla hasta en lo más insospechado y cotidiano; Y si no, piensen ustedes en las leyes que de unos años a esta parte ya están en vigor referentes al tabaco o al alcohol, a algunos aspectos gastronómicos, la aparición de cámaras de vigilancia en espacios públicos, el control desmedido y la consiguiente deshumanización propiciada por la pérdida de derechos en el ámbito laboral, la sumisión absoluta a la banca, la intolerable intromisión más allá de cualquier posicionamiento razonable de la publicidad en nuestras existencias 4…y así hasta llegar a implantarse en los colegios esa auténtica aberración que es, el engendro de la Educación para la ciudadanía. Todo ello lo imponen bajo la excusa de que el Estado vela por nuestro bienestar, “que estaremos más seguros”, “que estaremos más sanos”…al fin y al cabo, “que seremos más felices”; Y el individuo (el votante, el consumidor) encantado, acepta y sonríe displicente por tener que pagar esos tributos al nuevo ídolo.
Es la imposición de esa nueva asignatura –Educación para la ciudadanía- el eslabón dorado que cierra la cadena con la que el individuo quedará perfectamente esclavizado. Nadie, ningún partido político, se ha opuesto a este hecho. Si la derecha ha puesto el grito en el cielo, ha sido por ver que dentro del programa de la asignatura en cuestión se encontraban manuales tales como Alí Babá y los cuarenta maricones (no es broma). Obviamente mal vamos si nuestros hijos van a aprender con tales libros, pero no es esa la cuestión. Lo sustantivo, lo capital, es que al niño van a adoctrinarle políticamente desde su más tierna infancia. Y esto es lo grave: que el Estado tenga ideado formar ideológicamente a la persona, cuanto antes mejor 5.
Al final lo que se persigue no es otra cosa que el adoctrinamiento integral del ciudadano en todo orden, totalitariamente, y así tenerle bien enseñado sobre lo que ha de hacer, dónde, cómo y cuándo, qué ha de comprar…y lo que debe pensar. Terrorífico. ¿Qué sucederá con quienes nos oponemos a comulgar con ruedas de molino? Mal lo vemos, aunque no sería la primera vez que los tolerantes, los demócratas, asesinan a quienes no toleran la imposición de su barbarie, los ingresan en sanatorios mentales o rebajándoles a la categoría de animales les meten en jaulas. Tiempo al tiempo.
No faltarán naturalmente, quienes piensen que este planteamiento es descabellado, pesimista y apocalíptico. Casualmente –o no tanto-, habrá que aclarar que éstos, son los mismos que conforman parte activa de todo ese tinglado, y colaboran gustosamente del reparto del pastel. De perlas les viene decir estas cosas, bien para justificarse, bien para tranquilizar sus conciencias; Amen de habernos acostumbrados a ver a la progresía defender dos posturas contrarias, según sea el caso 6. Hace unos años pudimos leer en un diario de tirada nacional 7, una magnífica explicación de todo lo que estamos aquí exponiendo, y de qué manera tan sucinta lo supo resumir un pensador inglés al definir como “sistemas inhumanos” a la democracia y al capitalismo, así como “formas extremas de totalitarismo”.
Hacia donde se nos está llevando sin aparente remisión alguna es, a un sistema muy parecido al que pueda existir actualmente en China. Esto es, un capitalismo salvaje en lo económico, sin protección alguna para el trabajador, sin amparo sindical real y efectivo; Combinado a la par con un sistema totalitario de corte orweliano en lo social, sin oposición de ningún tipo ni disidencia posible.
La cosa no acaba aquí. Podríamos hacer este artículo tan extenso como insoportable es esta sociedad. Tan solo añadiremos que, todo está tan perfectamente milimetrado que el mismo Sistema ha creado su propia oposición, sus propios disidentes, que a modo de anticuerpos le dejan vacunado para futuras crisis. Así, de este modo, comprobamos como “los antisistema” son en realidad resultado del Sistema mismo. Pudiéramos decir grosso modo que le sirve de coartada para ofrecer de cara al exterior una buena imagen, una imagen de pluralidad y libertad, y de paso, dar rienda suelta a los instintos naturales de los jóvenes que sienten que la sociedad no funciona. En realidad no hay más que ver que todo, absolutamente todo, lo que esos presuntos antisistema consumen –desde la ropa a la música, desde sus eslóganes a sus símbolos- está plenamente insertados en el Sistema mismo, y que son meros artículos de consumo perfectamente asequibles de comprar en cualquier gran superficie, yendo los beneficios a parar a los bolsillos de sociedades multinacionales. Además, para más Inri, no hace falta ser un sesudo sociólogo, para comprobar como todos sus ideales, todos, han sido adoptados por el mismo sistema político contra el que dicen estar.
Esta es la sociedad occidental en el año 2010.
Notas:
1. En ocasiones ediciones enteras. Ahí están los casos de Librería Europa, García Hispán o Ediciones Nueva República, entre otros. De todo ello, ni una sola mención en las televisiones y periódicos del Sistema; Suponemos que para ellos esto, simplemente, “no es noticia”.
2. Ya en el código de 1995, se incluyeron artículos ad hoc, para perseguir de manera explícita a quienes forman ese heterogéneo conglomerado que el Sistema denomina “nazi-fascistas”.
3. Conociendo la naturaleza democrática, su proceder y sus resortes, no es de extrañar que nos acordemos de las proféticas palabras que San Juan escribiera en la isla de Patmos: “E hizo que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, recibieran una marca en la mano derecha o en la frente, de forma que ninguno pueda comprar o vender si no ha sido marcado con el nombre de la bestia o con el número de su nombre”. Bien pudiera el Apocalipsis, hace ¡dos mil años!, estar hablándonos del hecho de la implantación de códigos de barras en microchips insertados en nuestro cuerpo; Hecho que ya se ha producido en alguna ocasión y que es una realidad.
4. Cada gobierno democrático exhibe con orgullo a la primera ocasión que tiene, el hecho de haber publicado en el BOE un ingente número de nuevas leyes: Es aceptado que cuantas más leyes se emitan, mejor habrá sido su labor.
En Cataluña, por ejemplo, se ha llegado al extremo de legislar ¡a cuánta distancia de la orilla se ha de depositar la toalla cuando se está en la playa!, vamos que ni el mismísimo Justiniano.
5. La progresía vuelve a imponer su neolenguaje, definiendo esto bajo el eufemismo “educación en valores”. Valiente acto de democracia… más nos recuerda este proceder al de Corea del Norte que a otra cosa.
6. Aquí vendría como anillo al dedo la definición que George Orwell da en su célebre novela del concepto del doblepensar, esto es, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente.
7. Entrevista aparecida en El Mundo a Philipp Allott -20 de junio de 2007-. Filósofo y profesor de derecho internacional en Cambridge. No tiene desperdicio.
Un mundo feliz, por Carlos Paz.
Publicado por hispaniainfo en 13/05/2010
UN MUNDO FELIZ (I)
Cuando Aldous Huxley escribió Un mundo feliz, nunca pudo imaginar de qué manera tan precisa podría hacerse realidad lo que solamente su imaginación había podido elucubrar. Al igual que en la novela, este mundo se ha convertido en una sociedad adocenada y displicente, un lugar en donde sus ciudadanos, esquilmados de todos aquellos valores que conforman la categoría de persona, controlados hasta extremos inéditos, aparentan rebosar felicidad, y voluntariamente se entregan en cuerpo y alma a las bondades de quienes los controlan. No rechistan si quiera, por muy grande que sea la adversidad, pues admiten que su forma de vida, la forma democrática que propugna el Sistema, es la única posible. Si después de todo a alguien se le ocurre discrepar lo más mínimo, se le tachará de inadaptado, de salvaje, abandonándole a su suerte, condenándole al ostracismo primero, certificando su muerte civil después. Todo nos hace pensar que sea esta obra el libro de cabecera de quienes detentan el Sistema: Idear un mundo en donde nadie proteste, en donde a nadie se le pase por la cabeza discernir lo más mínimo y poner en entredicho la perfidia de lo establecido; porque, ¡ay, de quien lo haga!
Podemos apreciar con claridad como el Sistema va poco a poco (o no tanto, pues los avances tecnológicos cada vez posibilitan que ésto sea más rápidamente) esquilmando todas y cada una de las áreas del ámbito privado de la persona, de una manera atroz y sistemática, sin que exista apenas voces disidentes que denuncien estos hechos, viendo aterradoramente que lejos de mover a la rebelión son justificados por la población con los argumentos más peregrinos. Curiosamente es el progresismo1 lo que ha posibilitado todo ello: preconizando que a mayores cuotas de desarrollo, el ser humano sería más feliz, que la ciencia y la tecnología alejaría al Hombre del oscurantismo que por siglos le había mantenido a ciegas. ¡Valientes majaderías!
El sistema democrático para su propia supervivencia, al contrario de otros regímenes, necesita tener a sus ciudadanos en perenne estado de excitación, movilización y adoctrinamiento. Así, por medio de campañas publicitarias, y teniendo a los medios de comunicación como fundamentales trasmisores propagandísticos, inundan de manera constante los cerebros de la población sin dejar resquicio alguno al disenso. No existe espacio televisivo, por anodino e inocuo que parezca, en el que de una manera u otra no se adoctrine ferozmente. El bombardeo ideológico al que es sometido un ciudadano medio es escalofriante. Y no hablamos únicamente de programas-debate2, sino que la ideologización es completa en series, anuncios, telediarios, películas…
El Hombre, de esta manera, se encuentra desbordado por el arrollador aluvión propagandístico del Sistema, sin poder acceder a ninguna fuente distinta de las que le ofrece la oficialidad. Se establece de facto una dictadura del pensamiento atroz, en la que no cabe la disensión más mínima. Quien ose hacerlo, será vetado de cualquier foro de la comunicación, se le aislará como si de un apestado se tratase, y, si es necesario, se le llevará ante los tribunales por cuestionar los pilares sobre los que se asienta el orden establecido. Esta es la sociedad occidental en el año 2010: Globalizada y homogeneizada, también en esto. Al fin y al cabo, lo que en última instancia se persigue, es que el ser humano se vea desprovisto de referente alguno, que se deshaga de todo aquello que le ate a su entorno natural, sea éste familiar o nacional, creando un Hombre uniforme y estandarizado, desde San Francisco a Alma-Ata, de Bergen a Pretoria, para así de este modo convertirle en mero consumidor, obediente y sumiso.
¿Cómo se ha llegado hasta este punto? Sería bastante complejo explicarlo en unas pocas líneas. Someramente podríamos decir que desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la intromisión del estado en la esfera privada del individuo3, ha sido constante y brutal, convirtiéndose el Sistema, en el sentido más peyorativo que la que la Democracia pretende conceder a la palabra, en verdaderamente totalitario.
En alguna otra ocasión se ha dicho que no se recordaba momento alguno de la historia universal, en el que el estado haya legislado, maniatado y coartado como el momento en que estamos viviendo; y eso creemos. Que a golpe de decreto, se legisle aspectos de la vida privada de la manera que se está haciendo, no tiene parangón alguno, y siendo esto terrible, lo es aún más cuando comprobamos que la ciudadanía lejos de protestar, sonríe complaciente y lo justifica, sintiéndose pretendidamente más libre de lo que pudo haber sido cualquiera de sus antepasados, para al instante tildar de demagogo o alucinado a quien pretenda abrirle los ojos. ¿Tendrá esto vuelta atrás? No lo sabemos.
El cínico intervencionismo estatal, en según que casos, la imposición de restrictivas leyes entorno al alcohol, al tabaco, y a determinados aspectos gastronómicos, la injerencia de la res pública en el campo de la moral, la tipificación en el código penal de determinadas ideas, son ejemplos preclaros de todo ello. Pero sobre todo ello, ya incidiremos más adelante.
- Lejos de lo que se pretende hacer creer, el progresismo no es otra cosa que una corriente de pensamiento, que al calor de la Ilustración, preconiza que conjuntamente al desarrollo científico y tecnológico del ser humano, con sus indudables cuotas de bienestar, conlleva necesariamente a que la sociedad alcance un mayor estado de satisfacción y desarrollo de la persona. Esto es a todas luces falso, pues nunca el empobrecimiento espiritual del Hombre ha sido mayor que en los tiempos que nos ha tocado vivir.
- Inexistentes realmente en la actualidad, pues no hay que ser un avezado sociólogo para darse cuenta que la posibilidad de un debate –la contraposición de opiniones-, simplemente no existe en democracia, habiéndose circunscrito a un mero toma y daca en el que la pluralidad de opiniones se limita únicamente entre ese amplísimo abanico ideológico que dista entre la socialdemocracia y el liberalismo.
- Las excusas que el Sistema aduce a la hora de esquilmar los derechos de la persona, o reducir las libertades más elementales del ámbito privado, son realmente curiosas. En general podríamos decir que el Sistema se justifica doblemente. Por un lado, necesita encontrar un motivo externo –el fascismo, el comunismo durante la época de la guerra fría y, en la actualidad, el integrismo islámico o el fantasma del “terrorismo internacional”-; por otro, ha de alegar de la manera que sea que esos recortes sociales (personales), esa intromisión en lo privado, atiende a una mejora existencial de la persona, que de este modo viviremos mucho mejor. Lo curioso, lo interesante, lo perverso, es que el ciudadano medio lo ve natural y lógico, y admite gustosamente esa violación.
Nueva columna de Carlos Paz.
Publicado por hispaniainfo en 28/04/2010
LA ALTERACIÓN DEL LENGUAJE
Asistimos con estupor, impávidamente, aterrados, a un momento intrahistórico que sin duda alguna hubiere de situarse entre uno de los de mayor dominio del individuo, del Hombre y de sus entresijos más profundos. La victoria gramciana en el lenguaje, el engranaje orweliano del sistema, se inserta en lo más profundo de la esencia democrática. Y tal vez sea en esto donde radique su maldad, la mayor perversión del quehacer mundialista.
Estamos siendo testigos mudos de una época que, por eunuca, languidece, y que día a día construye un novísimo lenguaje, todo un nuevo orden del pensamiento. El triunfo es claro, pues es el lenguaje y las palabras, lo que construye el entendimiento, nuestra manera de relacionarnos y comprender el mundo. Cambiando éste, pervirtiéndolo y deformándolo, habremos transformado nuestro juicio y con él, invertido la representación de la realidad.
Dejemos a un lado todos aquellos términos que el ciudadano de a pie maneja sin rubor, tomados directamente de la lengua mundialista por excelencia, el inglés; pues esto, además del mal uso del lenguaje y de frases estúpidas a la moda, es harina de otro costal.
Hablamos de aquellos vocablos que de un modo sibilino, y aparentemente inocente, se han instalado entre nosotros por el método de la reiterada repetición, con el fin de estructurar nuestro entendimiento dirigiéndonos sin remedio hacia la atrofia mental y el verdadero pensamiento único democrático-mundialista. Y en todo este entramado, es a través de los medios de comunicación (la televisión principalmente), donde encuentran el mejor vehículo para su difusión.
A continuación dejamos un breve glosario de este neolenguaje:
- Cultura: Dado que vivimos inmersos en un auténtico páramo cultural, la sociedad democrática ha impuesto eso de “la cultura de… lo que sea”. Y en este pandemonium, nos encontramos con que sus representantes son, a saber: Zerolo, Ana Belén, Bardem, Almodóvar…y quien comulgue con lo que el Sistema representa. La cuestión es que para ellos todo es cultura, y así, hay una cultura del deporte, de la naturaleza, de la radio… y así, ad infinitum.
- Discriminación positiva: Facultad por la cual el legislador establece quien ha incurrido en los delitos de “lesa tolerancia”. Esto se aplicará cuando y con quien convenga, dando igual (es más, se procurará que así sea) que se incurra en desigualdad jurídica e injusticia palmaria.
- Disfrutar: Entiéndase, bien como aspiración suprema del individuo (hedonismo), bien como realidad en la que éste se mueve (dejando patente lo maravilloso que es el sistema democrático). De este modo se puede disfrutar lo mismo de un sorbete de limón, que de un fin de semana en La Manga: el caso es disfrutar.
- Educar en valores: Más conocido por adoctrinamiento ideológico. “A mi hijo le educan en valores en el colegio”, podría decir doña Adelaida (que es muy demócrata y progre ella) a su menopáusica vecina Flora (de iguales costumbres, pues por algo las dos viven en un chalet adosado y de pésimo gusto a las afueras de la ciudad).
- Entender, (Gay): Nomenclatura postmoderna de los máximos exponentes de la cultura de nuestros días. Vocablos promovidos por grupos de presión homosexuales para eludir esos clásicos y pretendidamente olvidados palabros como son: maricón, arismético, sarasa, julandrón, invertido, puto, mariposón…Si además la traducción y significado de “gay” es “alegre”, queda todo mucho mejor ¿no creen?
- Euskadi, (Castellano, Estado español): Ni “Euskadi” está bien dicho (sí Vascongadas o Euskal Herria, y si se habla geográficamente, País Vasco), ni el castellano existe, pues se trata del idioma español. Pero de todo lo que sucede más allá de Miranda de Ebro y los gobiernos democráticos han permitido en los últimos decenios, merece un capítulo aparte.
- Fascista: Dícese de todo aquel que el Sistema crea que lo es. Me explico. Cualquiera que, ya no que ataque, si no que ponga en entredicho los principios básicos de la democracia o del mundialismo. Y aquí, como en todo lo referente al relativismo liberal, entra cualquiera, desde Stalin a Sadam, pasando por Hitler o Perogrullo, es lo mismo. Su antónimo: demócrata.
- Guetto: Se refiere a los lugares ocupados por la fuerza por parte de gentes foráneas. La idea es pretender dar lástima y crear un sentimiento autoinculpatorio. Con un ejemplo se entenderá mejor: “Los pobres magrebíes viven en un guetto en Lavapiés”.
- Hábitos saludables: Modos y costumbres democráticos para fomentar la estulticia del Homo Sapiens. Entiéndase por ello cualquier gilipollez que propugne la televisión para hacer un domingo cualquiera por la mañana.
- Homofobia, (Xenofobia): En referencia a las filias y las fobias, mucho se podría decir. En general baste con que comprendamos que no son más que subterfugios para criminalizar a quien el legislador considere oportuno (ver, fascista).
- Interrupción voluntaria del embarazo: Aborto, asesinato del no nacido. Aquí es palmario como “interrupción” le quita toda carga peyorativa y mal sonante que asesinato pudiera tener. Si además se añade eso de “voluntario”… ¡para qué queríamos más!
- Memoria (histórica): Dícese del proceso político-legislativo por el que se procede a reinterpretar la Historia al gusto del gobernante, determinando a posteriori a quienes se les ha de conceder las cartas de naturaleza de “buenos” y de “malos”.
- Normalización: Presentación de un proceso anormal y pervertido (normalmente político), como algo natural y democrático.
- Perdonar (en el trascurso de un deporte, generalmente en el fútbol): Se dice de aquella situación en la que el jugador falla en su cometido. Aquí la intencionalidad es clara: se establece el axioma mental: perdonar = fallar. Perdonar pasa a ser malo, (esto viene de antiguo; Ver solidaridad).
- Racismo: Acción de discriminar a alguien por su raza. Esta discriminación será evaluable por el legislador, de modo que tal proceder solamente podrá ser entendido en una sola dirección, pues para ello se podrá esbozar aquello de “la discriminación positiva”.
- Respetar (las ideas): “Todas las ideas son respetables”; Si usted no sigue esta máxima, si no la formula a lo largo de una conversación dada, estése atento: corre el peligroso riesgo de no ser un buen demócrata. Por cierto da absolutamente igual si lo que su interlocutor dice es una soberana imbecilidad y no sabe nada al respecto mientras que usted ha invertido media vida en leer acerca del asunto….Ya lo sabe.
- Solidaridad: Antigua treta masónica muy en boga en la actualidad. La finalidad es obvia, pues no es otra que sustituir el vocablo caridad por éste, para quitarle cualquier connotación cristiana. (De gran uso durante la guerra 1936-1939).
- Subvención: Dinero destinado a los amigos y demás compañeros de viaje. ¡Ah!, y si las circunstancias lo requieren, para las más absurdas actividades que imaginarse puedan.
- Taller: De profunda inspiración masónica, designa cualquier reunión de personas que realicen una actividad dada. Lo que antes eran cursos o seminarios, ahora por arte de birle-birloque, se han convertido en talleres. Así, de esta manera, usted puede hacer un taller de escritura, de restauración, de papiroflexia…y supongo yo que hasta de pepinillos en vinagre.
- Tolerancia, (Tolerar): Además de estar mal utilizada (pues solamente puede ser uno tolerante con alguien o algo desde la superioridad), se utilizará siempre y cuando uno quiera quedar bien con su interlocutor, y desee dejar bien sentado que tiene conocidos (se recomienda decir que son amigos) de las más infectas raleas. Eso sí, no habrá de esbozar el más mínimo atisbo de vergüenza si a renglón seguido califica de intolerable algo “políticamente incorrecto”. Ante eso podrá descargar toda la intolerancia que fuera necesaria, pues se sabe que: “Contra la intolerancia se ha de ser intolerante”, ¡no faltaría más!
- Violencia (los violentos): Esto será utilizado siempre y cuando, quienes realicen tales acciones sean afines a quienes hablan. De no ser así serán tachados de asesinos, genocidas…y si la cosa se sale de madre, de fascistas.
Carlos Paz, nos manda su primera colaboración.
Publicado por hispaniainfo en 12/04/2010
DE LA FIESTA DE TOROS
De unos cuantos meses atrás a esta parte, hemos sido testigos de los orquestados y virulentos ataques que contra la tauromaquia en general y las corridas de toros en particular, se han venido llevando a cabo.
Y escribo intencionada y conscientemente lo de “orquestados”, porque es obvio que en Hispania no sucede ningún hecho, nada es noticia, sin que determinados intereses entren en juego o que determinados grupos de presión puedan llegar a pensar y decidir que la ocasión les sea propicia para tal menester. No es casual que una vez habiéndose abierto fuego sobre alguna que otra expresión tauromáquica, a renglón seguido se haya disparado contra la línea de flotación de la Fiesta, y mucho menos casual es el hecho de que esto haya acaecido en Cataluña. Es en esta región donde el divorcio entre la clase política, -verdadera rémora oligárquica-, y la ciudadanía es más profundo.
Y en éstas estamos cuando a muy finales del año pasado, saltó a la primera plana de todos los periódicos, ese engendro ridículo y pomposo, inútil e irreal, que pretenciosamente ha venido a ser conocido como, “Iniciativa legislativa popular” (ILP).
La fiesta de toros es una realidad objetiva, que hace insustancial el ser partidario de ella o no, puesto que los que gastan su tiempo en abominar de la Tauromaquia, declaman estérilmente, contra un apetito, contra una pasión que está en el fondo mismo del carácter nacional.
Explicar cómo ha sido posible que la fiesta de los toros haya podido mantenerse tanto tiempo cuando otras características psicológicas tradicionalmente asignadas a lo español han desaparecido, o atenuado, nos parece bastante complejo.
A nuestro juicio, la corrida de toros no es una fiesta en el sentido de diversión, si no que representa la expresión irracional más palpable del subconsciente ibérico, la plasmación del verdadero inconsciente popular concretado en ese acto –en cualquiera de sus formas-. Muchas han sido las interpretaciones, que de la tauromaquia se han dado, desde Menéndez Pelayo a Ortega, pero hasta el momento sigue sin poderse esclarecer el sentido de la fiesta taurina, el impulso que lleva a torear porque el propio acto es mucho más profundo que cualquiera de las explicaciones dadas.
Lo primero que podemos observar es ver que en la fiesta de toros, el eje central de la misma es un rito de muerte. Está claro que el toro tiene un significado simbólico –hoy desconocido-, que está ligado a concepciones mágico-religiosas, y que el pueblo por medio del sacrificio de éste, se regenera y purifica –catarsis colectiva-. Aquí radica el enigma de la fiesta, en poder desentrañar el significado del toro y el de su muerte.
Es aceptado, que en torno al Mediterráneo, incluyendo Oriente Medio, el toro ya tenía un significado mágico-religioso entre el 3.000 y el 2.000 a.d.C. El hecho se hace palpable en Creta –después del 2.000 a.d.C.- en donde podemos ver las figuras y pinturas de Knosos, que aunque no sepamos exactamente como realizaban los actos que se representaban, sí tenemos la seguridad de que eran actos públicos y de carácter religioso –Taurocatapsia-. En esas fechas -1.200 a. d. C.-, en la Península Ibérica se han desarrollado culturas autóctonas, que ya tienen, con clara influencia oriental, una alta afición taurina. Prescindiremos aquí de culturas míticas como la de Tartessos, puesto que poco o nada se puede asegurar con certeza de la misma.
El dominio romano no altera lo anterior, pero sí introduce dos hechos relevantes: el culto a Mitra, que podría reforzar el carácter religioso de lo taurino, y la introducción del Cristianismo que pese a no ser favorable a los festejos, permiten su existencia, pero exige que radicalmente se elimine todo rastro pagano.
El periodo histórico visigótico, es irrelevante al respecto, manteniendo la situación ya existente hasta finales del siglo V.
Con la conquista musulmana de la Península, la fiesta de los toros es citada de un modo histórico, hacia el reinado de Alfonso VII, en el siglo XII. En este contexto es interesante mencionar la influencia vascona en el desarrollo de la fiesta de los cristianos del norte peninsular,- puesto que la influencia vasca en estos años es indiscutible, ya que, entre otras cosas, éstos siempre han realizado ejercicios de fuerza y destreza con ganado propio-. Ya en la Alta Edad Media, las fiestas taurinas van ligadas al concepto de festejo civil o religioso, constatándose la figura del matatoros, al tiempo que Alfonso X condena la profesionalidad.
Entre los siglos XV y XVII, acusándose los cambios sociales, se desarrolla el toreo a caballo –elemento que modifica la fiesta o que, al menos, la distorsiona-. Este factor es lo que provoca, con el paso del tiempo, una sustitución del elemento aristocrático por uno popular –ya en el siglo XVIII, aparece el primer torero conocido como tal-. De este modo, el sentido personalista domina la fiesta, instaurándose definitivamente a comienzos del siglo XIX.
Así pues, vemos que la fiesta de toros ha sufrido sucesivamente modificaciones y alteraciones que han originado que su sentido primigenio nos sea imposible reconocerlo, pero sí sentirlo como propio y que forma parte indiscutible de nuestra idiosincrasia nacional, hasta el punto que habiendo sido condenado a lo largo de los siglos desde los antiguos estamentos eclesiásticos, hasta los modernos ecologistas, la fiesta se ha mantenido viva superando a cualquier otra institución. En el momento que esto no fuese así, mucho nos tememos que no estaríamos hablando de España.
Y es que no hay mayor imbécil que el que no quiere entender. Los toros, la tauromaquia, en cualquiera de sus múltiples expresiones, es un sentimiento, y como tal, imposible de prohibir a golpe de decreto. Fuera de filias o fobias, se debe comprender que es la última seña de identidad ibérica, y que por lo tanto atacarle, es hacer el juego a quienes pretenden disolver a España en una amorfa disolución mundialista. Ha tenido que ser Francia, quien desde su parlamento, pusiese el grito en el cielo para enmendarnos la plana; Triste panorama.
Podrá verse la tragedia taurica desde el prisma de un infantil animalismo, pero han de saber quienes de tal modo proceden, que la fiesta de Toros es mucho más:
Los Toros son arte en sí: Son liturgia y religión, la más antigua de Europa, que es como decir del mundo;
Los Toros suponen el último bastión de lo heroico en un mundo eunuco;
Los Toros son poesía materializada;
Los Toros son sacrificio, violencia y muerte, puestas al servicio del alma;
Los Toros son voluntarismo e irracionalidad metafísica;
Y quien nada de esto comprenda, y se ciña meramente a las formas, bien pudiéramos decir de ellos, que están incapacitados para amar, para sentir, y contemplar lo trascendente en la materia.



















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Sobre el feminismo; el autor tiene razón en lo que ha degenerado hoy en día éste. Sin embargo, su origen en la Inglaterra del S.XVIII tuvo su razón de existir con Mary Wollstonecraft y su Vindication of the Rights of Woman.