La casta
Por Jesús María Zarco.
Pública es la desconfianza que siento hacia la clase política española. Tampoco tengo reparos en confesar que siento por ellos el mismo desprecio que por Ignatius J. Reilly sentían sus coetáneos de Nueva Orleans en La conjura de los necios. Y tanto me da que sean de derechas como que sean de izquierdas, diputados o senadores, consejeros o corregidores. Sin embargo, la desconfianza y el desprecio que a mí me provocan los políticos españoles se queda en nada comparada con la aversión que hacia ellos experimenta un viejo amigo mío que vive en Alemania. Catorce años lleva entre teutones, aventura que parece tener todos los visos de prolongarse indefinidamente.
El motivo que le llevó a poner los pies en polvorosa no fue otro que el hartazgo que ya por entonces sentía por los que en España se dedican a la cosa pública. Harto de ellos, de sus caprichos, de sus privilegios, de sus arbitrariedades, de su impunidad, de su habilidad en el arte de escabullirse, en el de decir algo y lo contrario al mismo tiempo, en el de dilatar eternamente el proceso de toma de decisiones, un buen día resolvió hacer las maletas y coger las de Villadiego. Eligió Alemania como podía haber elegido Kuala Lumpur, aunque quizás su germanísima propia le ayudara a tomar esa decisión. Sea como fuere, el caso es que hasta la fecha no se ha arrepentido de la elección. Y mientras los políticos españoles se mantengan en sus trece, mucho me temo que él también se mantendrá en la suya y sólo pisará suelo español para venir de visita. Para recordar que la meritocracia no tiene cabida al sur de los Pirineos.
Ricardo acostumbra venir a España una o dos veces al año: aterriza en el aeropuerto de Gran Canaria; visita su bendito Archipiélago; vuela a la Península; recorre la Sierra madrileña, y por último recala en mi casa la tarde anterior a tomar en Barajas el vuelo de vuelta a Husum. En esa localidad del noroeste de Alemania, Ricardo se dedica a vivir de las rentas, de las buenas rentas que le proporciona el alquiler de unos apartamentos que reformó con sus propias manos, tras comprar dos modestos inmuebles. Con el producto de la venta del piso que heredó de sus tíos en un pueblecito serrano, se hizo con la propiedad de dos viejos edificios que, con algo de dinero, un poco de tiempo y mucho esfuerzo, convirtió en ocho apartamentos de alquiler. Y es que Ricardo siempre fue un manitas, y a fe mía que ha sabido sacarle provecho. Ah, por cierto, que además de manitas es licenciado en Periodismo y rojete perdido.
A lo que iba. El caso es que hace un par de tardes Ricardo apareció por casa. Traía una botella de Martell X.O. en la mano. Con una sonrisa de oreja a oreja, me saludó con un afectuoso abrazo, al tiempo que, mostrándome al trasluz el licor ambarino, me decía que aquél era un coñac cojonudo. Después de interesarse por mi mala salud de hierro, tomó asiento en el viejo sillón de cuero que está junto a la chimenea, enfrente del ventanal. Lo siguiente que hizo fue pedirme un par de copas, las dos mejores que tuviera. Al abrir la botella, un aroma a especias, entre las que creí percibir el olor de la pimienta negra, el cilantro, el sándalo y la miel, llenó la estancia. El sabor del espirituoso néctar resultó redondo y frutal al paladar. Una vez más Ricardo tenía razón: en verdad era aquel un coñac cojonudo.
Saboreábamos la segunda copa cuando un brillo reverberó en los ojos de Ricardo. Entonces le ofrecí un cigarrillo, que él encendió con una caja de cerillas de propaganda del Hotel Theodor Storm que sacó del bolsillo de la camisa. «Pierde toda esperanza. La enfermedad que padece esa casta no tiene cura. Es como si un virus hubiera inundado su torrente sanguíneo, extendiéndose imparable por todo el cuerpo y contaminando todo cuanto se pone a su alcance. A veces pienso que son como una jauría de perros asilvestrados, que gastan su energía devorándose los unos a los otros. Como una jauría de podencos rastreando la presa. Y la presa, querido amigo, son siempre los contribuyentes», dijo, y acto seguido dio una profunda calada al mentolado. Luego, cruzando una pierna sobre la otra, se mojó los labios en coñac, y tras chasquear la lengua dijo que se estaba acordando de una historia protagonizada por un cura de pueblo, sus feligreses y un político español entrado en arrobas. Y a continuación se explayó sin reparos, como suele.
«El padre Remigio era un sacerdote que estaba siendo agasajado con una cena popular de despedida por sus veinticinco años de trabajo en un pueblecito manchego», comenzó a relatar Ricardo. Y a continuación añadió: « La máxima autoridad municipal, que había sido invitada a la cena para que diera un breve discurso, tardaba en llegar, por lo que el padre Remigio decidió decir unas palabras con la intención de llenar el tiempo mientras el político compadecía». En ese punto Ricardo detuvo la narración, se echó un nuevo trago de coñac al coleto, invirtió unos segundos en coger resuello y después continuó diciendo: « La primera impresión de la parroquia la obtuve en la primera confesión que me tocó escuchar. Pensé que mi obispo me había enviado a un lugar terrible, ya que la primera persona que se confesó conmigo me dijo que había cometido un desfalco, que le había robado la herencia a su hermano, que también se había apropiado de fondos de la empresa donde trabajaba, además de haber mantenido aventuras erótico-festivas con la esposa de su jefe. Y para finalizar confesó que había acudido con asiduidad al lupanar del pueblo. Pero cuando transcurrió un tiempo fui conociendo más gente y vi que no todos eran iguales. Descubrí una parroquia llena de gente responsable, con valores, comprometida con el prójimo… Y así he vivido los veinticinco años más maravillosos de mi sacerdocio». Luego, tras dar una profunda calada al pitillo y aplastarlo contra el cenicero, Ricardo concluyó: «Fue en ese momento cuando apareció el político de marras, e inmediatamente después tomó la palabra. Faltaría más. Primero, atribuyó el retraso a su apretada agenda, y después dijo con mucho énfasis: Nunca olvidaré el primer día que llegó al pueblo el padre Remigio. De hecho, tuve el honor de ser el primero que se confesó con él…».
Al caer la noche, Ricardo se despidió hasta el año siguiente y se fue por donde había venido, dejándome un buen sabor de boca y una sonrisa grabada en los labios.
Una historia de dragones
Por Jesús María Zarco.Hoy ha sido uno de esos días gloriosos. Me levanté hecho un mar de dudas, pensando que no sabía si subir impuestos era bueno, malo o regular. Por la tarde tampoco tuve las cosas mucho más claras, aunque supuse que lo de la subida de impuestos dependería de cuánto, cuáles y a quién estuviera dirigida la medida. Por la noche estuve peor que al principio, dudando de que subir impuestos fuera de derechas o de izquierdas. Pero lo que tuve claro durante todo el día es que no mantener la palabra dada es cosa de sujetos poco fiables.
Será por las dudas que he pasado durante todo el día por lo que ahora, envuelto entre tinieblas de no ser por la luz eléctrica, me viene a la memoria una historia que escuché hace tiempo. Se trata de una historia que viene de lejos, como suele ocurrir con casi todas las épicas y hermosas historias. Es la historia de siete hermanos que vivían en el valle de Ibia, en las proximidades de Aguilar de Campoo, provincia de Palencia. Los siete hermanos procedían de un antiguo linaje de origen castellano-leonés, que era muy respetado por sus contemporáneos ya que se encontraba entre sus virtudes cumplir con la palabra dada aún a costa de poner sus vidas en peligro.
Ocurrió que al alba de un día cualquiera los siete hermanos fueron despertados por el atronador sonido de la aldaba golpeando con violencia contra la puerta de su casa. Cuando abrieron la puerta, los hermanos descubrieron que una copiosa representación de los habitantes de la comarca demandaba su socorro, pues desde tiempos inmemoriales un formidable dragón se dedicaba a robar las doncellas, quemar los graneros, arrasar los campos y devorar el ganado de los habitantes de la comarca. Los aldeanos, cansados de soportar las maldades del dragón, prometieron a los hermanos toda clase de honores si ponían fin a tanto desmán, sabedores de que el valor y el arrojo del linaje de aquellos muchachos eran legendarios.
Aquel mismo día, después de un frugal desayuno, los siete hermanos se pertrecharon con sus escudos, asieron sus afiladas espadas y salieron en busca del dragón. Primero buscaron por el páramo; después recorrieron las orillas del lago; más tarde registraron las cuevas situadas en la montaña; luego buscaron en los más recónditos lugares del valle, y por último, cuando el sol había comenzado a declinar, vislumbraron detrás de una gran roca al portentoso animal.
Entonces se encomendaron a Dios, maldijeron al diablo y empuñando sus espadas se enfrentaron, como un solo hombre, en cruenta batalla con el dragón. No se trataba de un dragón cualquiera, sino de una bestia enorme y feroz, que encarnaba la maldad y las perfidias humanas. Uno detrás de otro fueron cayendo los hermanos, bien abrasados por las llamas que escupía el dragón, bien destrozados por sus garras. Cuando los seis primeros habían muerto y la batalla parecía estar perdida, el benjamín, que a duras penas lograba mantenerse en pie, lanzó un grito pavoroso y juró, ante los cuerpos inertes de sus seis hermanos, venganza. Luego el muchacho cortó una gruesa rama de árbol, la afiló en sus extremos y, sosteniéndola fuertemente con ambas manos, se arrojó contra el dragón, introduciendo la improvisada lanza en las fauces de la bestia. Al sentir el golpe, el dragón comenzó a revolcarse de dolor, y sus formidables coletazos partieron la tierra y levantaron tal polvareda que llegó por los aires hasta África. Entonces el muchacho enarboló su espada a dos manos y con todas sus fuerzas la clavó en el centro del corazón del dragón, cumpliendo así su juramento y liberando a sus vecinos de la bestia inmunda. De este joven, valiente entre valientes, descendieron luego otros iguales de valientes que él, que conservaron como trofeos la espada y el escudo de armas de su ancestro, en el que dos serpientes muerden un trozo de árbol sobre un campo de gules.
Para los protagonistas de la historia, a diferencia de Rajoy, el empeño de la palabra dada tuvo un valor infinito, supuso una obligación y, en consecuencia, tuvo el doble valor de retratar la voluntad y franqueza de quienes asumieron el compromiso. Aquel que no es consciente de la magnitud que tiene su palabra, ni del impacto que ésta tiene en las personas, pone al descubierto su código ético particular, porque la palabra de un hombre, esa misma que a todos nos compromete, esa misma que a todos nos identifica, es como sus huellas: se puede seguir donde quiera que él vaya.
Todos hemos conocido hombres como Rajoy, entre cuyas virtudes no estaba el cumplimiento de la palabra dada. Sujetos estos que fueron siempre los peores de todos, los menos respetables, los más detestables, por ser consumados especialistas en disfrazar la verdad. Estos individuos, cuyos rostros suelen ir cubiertos por una máscara de aparente sinceridad, son merecedores del mayor de los desprecios, pues un hombre que se precie de serlo debería demostrar en todo momento ser dueño de un alma noble, sea cual sea el lugar y la situación a la que se enfrente, sea cual sea el trance y la circunstancia a la que se vea abocado. Y como es imposible que un hombre se oculte de sí mismo, a no ser que esté enajenado, los compromisos que uno asume y cómo se llevan a cabo son un reflejo de quién se es en realidad.
¡VAE VICTIS!
Por Jesús María Zarco.
Durante las pasadas Navidades, en un país como Nigeria donde en el año 1999 se implantó la legislación musulmana de la Sharia en doce de sus estados, se han asesinado cristianos como se fumigan los campos de cultivo cuando sus cosechas están afectadas por plagas. Constatada la noticia, yo confieso que no salgo de mi asombro cuando escucho a la progresía patria citar a España como ejemplo duradero de convivencia pacífica entre las tres comunidades monoteístas. Entonces, cuando oigo semejantes insensateces, por muy conspicuos que sean los autores, comienza a embargarme una sensación de incredulidad que a menudo me evoca al desconcierto. A partir de ese momento lo único que me resta es recomendar a quienes tales cosas afirmen que se den una vuelta por el más allá a ver qué opinan del tema, por ejemplo, Rabbi Moses ben Maimon, o Aben Aboó, o las santas María y Flora, y que luego, cuando tengan la respuesta, regresen a la vida mundana y tengan la bondad de hacerme partícipe, no vaya a ser que el que suscribe tenga un conocimiento de la Historia de España tan pobre que no sea verdad que hayan sido pocos, por no decir ninguno, los momentos en los que en la otrora campeona de la católica cristiandad reinó por completo la paz entre los devotos de las tres religiones.
Hace tiempo que poseo –regalo fraterno– un ejemplar de una modesta edición en castellano del Corán, hecho lingüístico este, aunque parezca mentira, que facilita extraordinariamente la comprensión del texto original a un infiel ignorante como yo que tiene como única lengua, hablada y escrita, el español. Y a Dios gracias. De tarde en tarde ojeo el contenido de sus páginas y leo con atención alguno de los versículos que componen los 114 suras que contiene. En el texto hay un poco de todo. Por ejemplo: del sura 9 puedo reproducir el siguiente versículo: Proclama de Alá a su Enviado, dirigida a los hombres el día de la peregrinación mayor. «Alá no es responsable de los asociadores, y Su Enviado tampoco. Si os arrepentís será mejor para vosotros. Pero, si volvéis la espalda, sabed que no escaparéis de Alá». ¡Anuncia a los infieles un castigo doloroso!
Si yo no he entendido mal, que todo puede ser dado mi proverbial falta de entendederas, los “asociadores” somos los cristianos y los judíos; y si no nos convertimos al islamismo, literalmente se nos amenaza con una muerte dolorosa infringida por los buenos creyentes musulmanes. Cuanto menos resulta curiosa la visión conciliadora de la doctrina coránica, ¿no? ¿Sabéis a qué me refiero? Pues eso, que lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.
Citas e interpretaciones coránicas al margen, lo cierto es que en España se produjeron en la antigüedad infinidad de episodios violentos protagonizados por sarracenos, judíos y cristianos. Episodios en los que resaltaba con luz propia la mutua y recíproca inquina; vamos, que cuando hubo ocasión, y si no la hubo unos y otros la anduvimos buscando, nos dimos hasta en el cielo de la boca. Por mor de una de estas sangrientas pendencias hay depositado en la biblioteca del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial un tesoro literario difícil de igualar: más de 4000 manuscritos árabes, turcos y persas que versan sobre todas las materias imaginables.
Los hechos sucedieron más o menos de la siguiente manera. Se cuenta que en el año 1612 la fortuna quiso contribuir a engrandecer las riquezas con las que Felipe II había dotado la biblioteca del Monasterio de El Escorial. Ocurrió que Pedro de Lara, capitán de las galeras de España, navegando con su flota por el mar de Berbería, pasado el puerto de Mamora, junto a Zalé, se encontró con dos navíos que portaban la recámara del rey Muley Zidan. Entonces, nada más divisar los barcos sarracenos, la escuadra española acometió con decisión contra el enemigo. De nada sirvió la tenaz resistencia que opusieron, pues al poco tiempo la escuadra de Pedro de Lara había apresado los dos navíos sarracenos con todas las riquezas y efectos que conducían. A pesar de que fueron muchas las joyas que se encontraron en las bodegas de los navíos capturados, sin duda la mayor de todas fue la biblioteca de dicho rey, compuesta por más de 4000 manuscritos árabes, turcos y persas. El monarca sarraceno sintió sobremanera la pérdida de su biblioteca personal, hasta tal punto que trató de rescatar el tesoro literario a cambio de dinero, pero Felipe III no accedió a los deseos del musulmán. Felipe III despreció el dinero, poniendo sin embargo una condición que sabía difícil de cumplir: la libertad de todos los cautivos cristianos que estuvieran en los dominios de reino de Muley Zidam a cambio de los códices. Al monarca berberisco le pareció que el costo del rescate era exagerado, más aún cuando la rebelión de sus vasallos y la guerra civil que mantenía estaban en todo su apogeo. Cuando Felipe III se convenció de que el rescate no se produciría, envió los manuscritos al Escorial, donde aún se conservan.
Pero a lo que iba, que todo lo relacionado con el Monasterio de El Escorial es mi perdición y me hace perder el hilo. Sostenía que no se puede poner a España como ejemplo de convivencia pacífica entre los fieles de las tres religiones monoteístas. Y no ha de extrañarnos, porque los seres humanos somos así, vivimos entre extremos, en orillas infinitamente alejadas. Tan sólo tenemos que echar un vistazo a las diferencias internas de cada comunidad de creyentes para ver que ni siquiera entre los miembros de cada una de ellas ha imperado por completo la concordia. Si nos fijamos, por ejemplo, en el devenir histórico de la religión islámica, veremos que sus devotos sólo se ponen de acuerdo en los pilares básicos que fundamentan su fe: uno, dar fe de que no hay más Dios que Alá, y que Mahoma es su Profeta; dos, rezar cinco veces al día; tres, pagar cada año el diezmo de la limosna obligatoria para los ricos; cuatro, ayunar durante el mes del ramadán, y cinco, peregrinar al menos una vez en la vida a la Meca. Esto es lo que los une, ahora veamos sucintamente qué los separa. Las múltiples ramas del islam nacieron la misma noche de la muerte del Profeta, el 8 de julio del 632, noche en la que se enfrentaron tres partidos: el de la gente de Medina, el de los compañeros del Profeta y el de los seguidores de Ali (su yerno y primo). Este último partido tomó como nombre el de «partidarios», del árabe shiia. Unos años más tarde otro partido, cuyos seguidores se autodenominaron kariyitas, se seccionó de aquél porque Ali les parecía demasiado débil para dirigir la comunidad de creyentes. Poco después se desató la tragedia cuando un kariyita apuñaló a Ali. Y el desastre terminó de completarse cuando también fue asesinado su hijo Husayn. O lo que es lo mismo: unos musulmanes mataron al nieto del mismísimo Profeta. Entonces los musulmanes se separaron en dos ramas irreconciliables, la de la tradición del Profeta, la sunna, y la del heredero legítimo asesinado, el Partido, al-chiia. Posteriormente, los primeros se convirtieron en los sunníes y los segundos, en los shiitas.
En la actualidad existen dos corrientes que nada tienen que ver con los siglos anteriores, y una tercera que es tan vieja como los orígenes mismos del islamismo. La primera quiere aplicar al pie de la letra el Corán y respetar la Sharia (ley coránica). Los partidarios de esa corriente religiosa son conocidos como «integristas». La segunda corriente, llamada «reformista», sostiene que Mahoma había sido capaz de adaptar su mensaje a la sociedad de la época, por lo que nada impide que ahora se modifique el Corán para ajustarlo a los tiempos actuales. La tercera rama del islam, tan antigua como el Corán, es el «sufismo», que consiste en dejar a cada cual libre de expresar el amor hacia Dios a su manera. Esta rama ha atravesado la historia de la religión musulmana sin provocar el menor cisma. Sus miembros sostienen que los devotos de todas las religiones aman a Dios por igual, creen en la tolerancia como forma de convivencia y no convierten a los infieles a la fuerza.
Después de haber hecho una somera incursión en la historia de la religión coránica me pregunto, ¿cómo se puede afirmar que en España reinó el entendimiento, la paz y la armonía entre unas comunidades religiosas cuando ni siquiera entre ellas mismas se entendían? Creo, pues, que semejante afirmación sólo puede hacerse desde el afán de manipulación o desde el desconocimiento. La negación de ciertos hechos ciertos es como el muro que obstaculiza el camino que lleva al conocimiento. Y ya se sabe que sin conocimiento sólo hay confusión y caos. De todas maneras, lo más penoso de esta acomplejada civilización occidental que me ha tocado en suerte es la facilidad con que la gente se vuelve tan boba como haga falta para creer que las cosas son como quiere que sean.
LOS MAGOS EN EL VALLE ENCANTADO
Por Jesús María ZarcoHe aquí, negro sobre blanco, la Noche de Reyes a través de la mirada inocente de un niño. De todo aquello han pasado tantos años que aquel otrora niño ahora piensa que hace ya demasiado tiempo de casi todo.
Pudiera tratarse de un lugar cualquiera, pero sin embargo se trata de un espacio y de un tiempo concretos. La historia puede ubicarse en el tiempo por quienes tengan edad suficiente; y el espacio también será reconocido con facilidad por la inmensa mayoría de vosotros. Otra cosa será que el lugar siga siendo para muchos un perfecto desconocido, aunque no por ello menos atractivo para el protagonista de la historia, quien comparte con Delibes la sensación de que la patria es su infancia.
Sabed, amigos míos, que está la gélida tarde vencida y que comienza a arroparse el día con el oscuro manto del ocaso, cuando en los ojos del niño, feliz y rotundo, reverberan las titilantes estrellas que salpican de luz la noche mágica.
Dos enormes piras embreadas, que ocupan el centro de la explanada, están esperando a que les den candela, para cumplir con el ritual anual e iluminar la prodigiosa comitiva. Del colosal abeto penden alegres cientos de bombillas, y en el porche de la escuela, junto al mástil del que el niño jamás vio ondear enseña alguna, los presentes aguardan ateridos la apertura de las puertas de la escuela, cuyo interior está adornado con coloridas guirnaldas. La lumbre de la chimenea a duras penas logra caldear la estancia. Arrumbado a la pared, el Belén está hecho con escorias, musgos y guijarros.
Al cabo, silban, estallan e iluminan la noche los primeros cohetes pirotécnicos, anunciando con estrépito la inminente llegada de la cabalgata de los Reyes Magos. Entonces el niño comienza a correr nervioso de acá para allá, a un lado y a otro, ora junto a un amigo, ora junto a un hermano, y juega y salta y ríe y canta y sueña despierto con un único deseo, que los Reyes le traigan un cohete Apolo XI.
Ocultos tras el edificio del economato descienden del autobús los mágicos viajeros. Precedidos por una docena de pajes, que tea en mano les escoltan en la última parte del trayecto, Melchor, Gaspar y Baltasar, poco a poco, un paso tras otro, sin prisa, haciéndose esperar, se van acercando hacia la explanada. Cuando hacen acto de presencia en el interior de la escuela, ésta se encuentra abarrotada de espectadores embelesados. Infinidad de ojos quedan deslumbrados ante las ricas vestimentas que portan los anacrónicos visitantes: terciopelos rojos, túnicas carmesíes, capellinas de armiño, babuchas orientales, doradas coronas sobre las luengas cabelleras, llamativos turbantes de lejanas tierras y lujosos anillos engarzados con azules zafiros, verdes esmeraldas, rojos rubíes y refulgentes diamantes.
En la escuela del lugar donde cuelgan los muros, la reunión está presidida por D. Ricardo, médico y alcalde del pueblo al que pertenece la pedanía, D. Juan, el administrador, y el P. Alejandro, sacerdote benedictino que hace las veces de capellán, chofer, fotógrafo, mecánico, consejero, practicante, encuadernador, o cualquiera otra cosa que se precise. El grupo de espectadores lo forma los habitantes del poblado: algo más de cincuenta familias empleadas por el Estado para la protección, conservación y administración de un monumento erigido para dar cristiana sepultura a los muertos caídos en no sabe el niño qué vieja y dolorosa guerra.
Se hace el silencio, y D. Ángel da la bienvenida a la mágica comitiva. Después, el niño, con filial orgullo, escucha cómo su padre va leyendo de viva voz los nombres de los más pequeños, que entre nerviosos y asustados van recibiendo los regalos. Por fin llega su turno y besa la tez tiznada de Baltasar, quien, con las manos enguantadas, mesa el cabello castaño del niño conminándole a seguir siendo un buen muchacho. Luego, el rey negro le hace entrega de un juego de petanca. Los nombres y los regalos se suceden: petancas, juegos de bolos, diábolos, balones de fútbol e infinidad de muñecas que hacen las delicias de los enanos.
Pero la noche no ha hecho más que comenzar. Al niño aún le queda llegar a casa, cenar a la carrera para dormir deprisa, con los párpados bien apretados; y así, entre sueños, pasará la noche de los Reyes Magos. Con la llegada del alba, junto al Belén habrá un saco de arpillera repleto de figuras de indios, vaqueros, soldados y caballos, que enseguida pasarán a engrosar las huestes que no ha mucho tardar estarán asaltando diligencias y atracando bancos.
Y los días irán cayendo al mismo ritmo que las hojas del calendario, hasta que en un eterno retorno vuelvan a repetirse, en aquel valle encantado, la maravillosa noche de Reyes Magos. O quizás no, y aquello que el niño tan bien recuerda haya muerto para siempre, como también han ido muriendo muchas de aquellas buenas gentes que imprimían alegría al poblado; un lugar que cuando ahora visita lo encuentra triste, en silencio y desolado. Aunque quizá este estado de cosas no sea culpa de nadie, ni de los vivos, ni menos aún de los muertos, porque quien decide las cosas de esta vida es el azar, unas veces, y las otras, el destino, triunfos que baraja un ciego, y a ese ciego lo llamamos tiempo.
EL EXTERMINIO DE LOS AGUSTINOS DEL ESCORIAL
(14 de Abril de 1931–30 de Noviembre de 1936)
Jesús María Zarco Ibáñez
MMXI
I – ADVERTENCIA PRELIMINAR
Los que se hayan llegado hasta aquí con la legítima esperanza de escuchar una encendida proclama en contra de lo que para algunos españoles supuso el advenimiento de la Segunda República española, los años previos al comienzo de la Guerra Civil y los meses inmediatamente posteriores al estallido de la contienda, se han equivocado de hora y lugar, porque lo que aquí se va a escuchar en breve es el opúsculo de unos hechos tan ciertos como trágicas fueron las consecuencias para las involuntarias víctimas que los protagonizaron.
El Autor
II – LOS ANTECEDENTES
El 14 de Abril de 1931, se produjeron en España tres hechos que habrían de marcar de forma trágica el futuro inmediato de nuestra patria: la abolición de la monarquía, la proclamación de la Segunda República y el comienzo de una implacable persecución religiosa contra los símbolos, los intereses, los bienes y las personas relacionadas con la Iglesia Católica.
Tres veces se ha alzado el pueblo español contra sus reyes: en 1808, en 1868 y en 1931. Y siempre se ha encontrado con la misma dinastía ocupando el trono: los Borbones.
Dos veces se ha instaurado la república en España: en 1873 y en 1931. Y siempre se han producido tres hechos característicos: la profunda inestabilidad político-social, el clima de violencia y la brevedad.
Cinco veces se ha vertido la sangre de miembros de la Iglesia Católica a lo largo de la historia contemporánea de España anterior al advenimiento de la Segunda República: los asesinatos en el bienio de 1822-1823, durante el Trienio Liberal; la matanza de sacerdotes en Madrid de 1834, durante la Primera Guerra Carlista; los fusilamientos en el trienio de 1846 y 1849, durante la Segunda Guerra Carlista; los asesinatos selectivos entre los años 1872 y 1876, durante la Tercera Guerra Carlista; y finalmente en el transcurso de los episodios de la Semana Trágica de Barcelona de 1909.
Sin embargo, el carácter recurrente y prolongado en el tiempo como uno de los rasgos más destacados del anticlericalismo español, que surgido en el ideario político liberal, luego sería retomado por las corrientes republicanas más radicales, alcanzó su máximo apogeo de violencia ejercida en contra de las personas relacionadas con la Iglesia Católica, los símbolos y los intereses de la misma, en la Segunda República Española, a pesar de que en los días posteriores a su proclamación, la jerarquía católica instó a actuar desde el primer momento con lealtad al nuevo orden legal constituido, además de dictar instrucciones precisas que los distintos obispados trasmitieron a los sacerdotes, instándolos a que no intervinieran en cuestiones políticas. Instrucciones que, como la del gobernador eclesiástico de Gerona, rezaban: «Procuren los reverendos sacerdotes no mezclarse en contiendas políticas, a tenor de los sagrados cánones. Permanezca cada uno en su puesto, cumpliendo celosamente las funciones propias de su cargo; y en cuanto a la predicación, eviten las alusiones directas o indirectas al estado actual de cosas, desempeñando ese importante ministerio con la más exquisita prudencia. Guarden con las autoridades seculares todos los respetos debidos y colaboren con ellas, por los medios que les son propios, en la prosecución de nobles fines».
La prudente acogida dispensada por la Iglesia Católica al nuevo régimen, empero, no se vio correspondida, puesto que el 11 de Mayo de 1931, menos de un mes después de la proclamación de la Segunda República española, la corriente anticlerical propició los primeros disturbios, con las consiguientes profanaciones, incendios y saqueos de iglesias, conventos y colegios religiosos. La respuesta del Gobierno republicano ante estos acontecimientos consistió, teniendo como base la separación de la Iglesia y el Estado, en la promulgación de la extinción en dos años del presupuesto del clero y culto y el sometimiento de las órdenes religiosas a una ley especial. A lo largo de los años 1932 y 1933, se fueron promulgando leyes y decretos complementarios: la disolución de la Compañía de Jesús y la confiscación de todos sus bienes; el reconocimiento del matrimonio civil y el divorcio; la secularización de cementerios; la declaración de propiedad pública de monasterios, iglesias y conventos; la prohibición de la enseñanza de las órdenes religiosas y la prohibición de los colegios religiosos. Dichas medidas acarrearon un enorme costo político, ya que el Gobierno republicano carecía de medios, materiales y humanos, para suplir la enseñanza religiosa.
No es de extrañar, pues, que semejante postura contribuyera en buena medida a que se intensificaran los episodios vandálicos contra la Iglesia Católica; prueba de ello son los violentos sucesos acaecidos en Jerez de la Frontera, Madrid, Cádiz, Valencia, Sevilla, Málaga, Murcia, Alicante y Córdoba. A partir de entonces, el abigarrado clima de agitación anticlerical se intensificó exponencialmente, como demuestran los hechos acaecidos durante la revolución de Asturias de 1934, en la que fueron asesinados un buen número de religiosos. Incontenible, como un viento que crece, la violencia contra los miembros, los símbolos, los bienes y los intereses de la Iglesia Católica derivó en un caótico y violento desenfreno que llegó a su punto álgido en los meses precedentes al 18 de Julio de 1936, cuando se destruyeron o profanaron en España más de cuatrocientas once iglesias y hubo más de tres mil atentados de carácter religioso, político y social.
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A través de la ventana
Por Jesús María Zarco.Cuando apago la luz y me sumerjo en la oscuridad absoluta, cubierto por su perpetua y fantasmagórica sombra, siento que el alma se me escapa a borbotones, como la sangre a un torero con la arteria femoral cercenada por el asta del toro. Entonces oigo a lo lejos el ruido de las ramas del almendro que viento mece a su antojo. Alocadamente. Escucho los latidos de mi corazón, que se acelera cada vez que una rama golpea contra la pared de la casa. Según el reloj de la mesilla de noche, que he consultado minutos antes de apagar la lámpara, es medianoche cumplida. Ahora sólo me queda esperar a que las primeras luces del alba comiencen a inundarlo todo. Horas y horas por delante, que una vez más el insomnio hará eternas.
La misma historia se repite cada día, como si una maldición bíblica se hubiera cebado conmigo. O cada noche, para ser más precisos. Y como ni mucho menos es ésta una circunstancia especialmente agradable, me obligo a pensar en positivo. Para pasar el rato de la mejor manera posible. Se me ocurren otras, pero no ha lugar mencionarlas. Aunque de maldición bíblica nada de nada. La culpable es una de esas enojosas herencias familiares que si por uno fuera mejor que le hubiera correspondido a otro. Lenta, lentísimamente, pasan las horas y de repente, sin previo aviso, un haz de tenue luz comienza entrar por la ventana. Por fin ha llegado la hora de saltar de la cama, llegarse hasta la cocina, servirse un café y entre sorbo y sorbo mirar a través de la ventana. Entonces el espectáculo que se vislumbra en el exterior le hace a uno reconciliarse con la existencia.
Las hojas del almendro han comenzado a cubrir las pizarras del suelo, dejando el jardín salpicado de naturaleza muerta. Junto a los muretes de piedra, las hortensias también han empezado a trocar los colores de sus flores malvas, blancas, azules y rosas, que penden de los tallos cual banderilla ensartada, por tonalidades grises, marrones, bermejas y ocres. Todo ha cambiado de la noche a la mañana, como si de una voluntad poderosa dependiera el orden mismo de las cosas.
A la sombra del laurel crece un frondoso granado, que al morir el invierno será trasplantado a un agujero que hay excavado en el suelo, en medio justo de la plazoleta. En ese segundo nivel del jardín también hay unas cuantas plantas de albahaca, otras pocas de romero, algunas otras de tomillo y un parterre preñado por entero de lavanda. Los rosales, al abrigo del murete que divide los dos niveles, cubierto ya por colonias de musgos y líquenes, han comenzado a perder las hojas, dejando al descubierto la esencia traicionera de las rosas.
Y dentro de poco, sin que apenas me dé cuenta, llegará el día que de la noche a la mañana los incipientes rayos de sol apenas logren calentar la tierra, que estará dura, como el cuarzo, impenetrable, como el topacio, dispuesta a albergar en su seno toda la decrepitud que se le viene encima. Una brisa fría soplará del norte, allende las cumbres más altas, las que mañana verán sus cerros cubiertos por un manto de nieve muy blanca, las que en poco tiempo sentirán en sus entrañas las puñaladas mortales de los hielos. Entonces, sin prisa pero sin pausa, el cielo se vestirá de negro, se oscurecerá el día, caerá la noche y el hielo formará figuras inverosímiles y fantásticas: protuberancias, ondas, espirales, rizos y carámbanos cristalizados en una alocada competición hacia las más originales formas onduladas, en fin, que me encontraré inmerso en un frenesí geológico en miniatura, con su alocado chisporroteo de agua y luz.
El periódico atrasado
Por Jesús María ZarcoNo sé si será el café, la salud o las preocupaciones pero cada vez duermo peor. Antes pensaba que la culpa era de la luna llena, que de algún modo me afectaba robándome el sueño. Ahora estoy convencido de que estaba equivocado: simplemente me despierto a las tres o cuatro horas de haber conciliado el sueño y a partir de entonces ya no hay forma humana de volver a pegar ojo. Cuando me despierto así, de golpe, en medio de la noche, el corazón se me desboca y durante unos minutos vivo en un estado de pánico lamentable. Tengo la angustiosa sensación de que todavía estoy en la facultad y que a la mañana siguiente tengo un examen que ni siquiera me he tomado la molestia de preparar. La misma desagradable sensación que sentía en el estómago los domingos por la tarde cuando, sentado en una butaca del cine Variedades, asistía a la proyección de una película que ni siquiera veía. Mi vida entonces era como un círculo vicioso que se abría y cerraba cada mañana como una marioneta desmadejada, sin hilos que me levantaran, sin palabras que decir ni argumentos que interpretar, en un escenario monótono de clases, amoríos y lecturas. Soy plenamente consciente de que el paso del tiempo ha trastocado mis recuerdos, pero si algo he aprendido en la vida es que tratar de comprender lo incomprensible sólo conduce a gastar el tiempo inútilmente.
Me levanto, y al hacerlo la tarima cruje bajo mi peso. Avanzo por el pasillo y me detengo un momento delante de la puerta que desde hace años permanece cerrada. Allí se conservan todos esos objetos de la infancia que el paso del tiempo ha convertido en trastos inútiles. Me dirijo a la cocina, donde me preparo un café bien cargado. Después, con la taza entre las manos, voy al salón y del rimero de periódicos viejos que hay sobre una mesa baja de madera cojo uno al azar, el primero que encuentro. Alguien dijo que no hay nada tan antiguo como un periódico del día anterior, pero a mí me gusta leer las noticias atrasadas, recrearme en las equivocaciones de algunos titulares, comprobar que no todas las desgracias anunciadas han sucedido, descubrir que mi nombre no figura en alguna de las esquelas del día. Costumbres que pasan de padres a hijos nadie sabe cómo ni por qué.
Antes de empezar a leer me acerco a la ventana y miro el reloj: son las cuatro y media de la madrugada. Noche cerrada. Echo una ojeada en lontananza, hacia el remodelado barrio del Rosario. Hace frío y sobre el cristal resbala cansada la noche en gotas de rocío. Nada se mueve en el exterior. Me acerco la taza de café a los labios y de un sorbo me acabo el negro brebaje. No entro en calor, pero lo que me queda del mal dormir se ha evaporado como por arte de birlibirloque. Enciendo la luz y abro el periódico, repasando despacio cada página. Al llegar a la crónica de política nacional, me detengo y leo: « España entrega al PP todo el poder en las Elecciones Generales del 20 de noviembre». El periódico es del 21 de noviembre de 2011 y hoy, dos días después, compruebo, una vez más, que los españoles no tenemos remedio. Y no tenemos remedio porque, tal y como están las cosas, el derroche de energías empleado en ganar las elecciones debería haberse enfocado hacia las funciones propias de Gobierno. Unos y otros, reyes, banqueros, liberales, socialistas, comunistas, nacionalistas, plutócratas, nos han metido en un atolladero del que no se atisba salida buena. Condenados a la esclavitud económica, un buen puñado de españoles hemos arrostrado las elecciones sin esperanza, absolutamente convencidos de que cualquiera que fuese el resultado, el vencedor sólo miraría por su conveniencia política. La derecha, la izquierda y el nacionalismo son el cáncer inveterado que padece nuestra patria, maligno tumor que hay que extirpar en su raíz si pretendemos impedir que brote de nuevo la mala hierba.
Cierro el periódico, desolado, y entonces me viene a la memoria que en cierta ocasión un amigo me contó que había ido invitado a una boda. Cuando llegó a la ceremonia, mi amigo comprobó que los familiares de la novia eran personas discretas que procuraban pasar desapercibidas; los del novio, iban todos muy emperifollados, con el mentón levantado y mirando a los demás por encima del hombro. Como la curiosidad fue siempre fiel compañera de la personalidad de mi amigo, impelido por ella preguntó a la madre de la novia: « ¿Qué profesión tiene el novio?». La madre de la novia contestó, orgullosa: «Político». Acto seguido mi amigo replicó: «Pero si político no es una profesión». Entonces la buena señora sentenció: «Pues no le conozco ninguna otra. Es del PSOE o del PP, no sé muy bien, y si te digo la verdad, tampoco me importa, porque le ha ido divinamente. Vive muy bien. Su chalet, su coche y su doméstica sudamericana desde el primer día. Tú dirás lo que quieras, pero para muchos la política ha sido una muy buena profesión». La anécdota tiene su moraleja: la ignorancia es atrevida y España está como está por culpa del atrevimiento. Entre otras cosas.
El ingenio volador
Por Jesús María Zarco.El día ha salido frío y claro, sin viento, como a menudo se dan en las luminosas mañanas escurialenses de otoño. Media la mañana del 14 de noviembre de 1792 cuando los sanloretinos se echan en masa a la calle para ver elevarse hacia el cielo un extraño artefacto volador, que asciende cada vez más alto desde un punto situado en el Patio de los Evangelistas, provocando la algarabía de los niños y el espanto de los más viejos. Muy pocos son los que han oído hablar de los ingenios voladores que más de tres siglos atrás Leonardo da Vinci proyectara para liberar a la humanidad de su esclavitud con el suelo, y menos aún los que han tenido noticias de que los hermanos Montgolfier han logrado llevar a cabo, en los jardines de Versalles, una demostración de la ascensión del primer globo aerostático convencional.
Intramuros del Monasterio, una frenética actividad ha despertado durante días la curiosidad de las humildes gentes del lugar, pero nadie ha logrado saber con certeza qué se han traído entre manos los moradores del colosal edificio. La familia real al completo, los miembros de la Corte, la soldadesca y los monjes puede estar satisfecha, pues han logrado mantener en secreto lo que fuera que estuvieran haciendo, dando así pábulo a toda suerte de rumores. Por estas fechas, la actividad principal de los habitantes del lugar ha consistido en deambular por plazas y calles pelando la hebra y de corrillo en corrillo.
A primeras horas de la mañana, cuando ni siquiera el sol ha comenzado a despuntar, con un simple mendrugo de pan y un pedazo de tocino rancio y salado por todo alimento, una partida de artilleros, que días atrás ha llegado del Cuartel de Artillería de Segovia, siguiendo las instrucciones del profesor don Louis Proust Fuertes, a las órdenes de los oficiales don Manuel Gutiérrez y don César González, con la colaboración de los cadetes don Gerardo Sahagosa y don Pascual Gayangos, se afana en preparar todo lo necesario para realizar una demostración del funcionamiento de un globo aerostático. Unas semanas atrás, el rey había tenido noticias de que miembros del citado cuartel habían realizado una prueba similar en las inmediaciones del alcázar de Segovia, motivo por el cual ha sido voluntad del monarca que se repita el ejercicio en El Escorial y en presencia de la familia real.
Las campanas del Monasterio anuncian la hora del ángelus cuando el rey Carlos IV, la reina María Luisa de Parma, sus hijas las infantas Carlota Joaquina, María Amalia, María Luisa, María Isabel y María Teresa, y sus hijos el príncipe Fernando María y el infante Felipe María hacen acto de presencia en el Patio de los Evangelistas, acompañados de un reducido número de cortesanos que se mueren de ganas por presenciar el desarrollo del prodigioso acontecimiento. El espectáculo que se abre ante sus ojos es digno de figurar con letras de oro entre las páginas de Las mil y una noches: casi en el centro del patio, junto a un hermoso templete realizado en piedra –con el interior forrado con mármoles y jaspes de diversos tonos y colores, de cuyas entrañas surgen cuatro fuentes como los cuatro ríos que, según el Génesis, surgían del centro del Paraíso– se eleva por encima del cimborrio un aerostato, que permanece anclado al suelo por una red de cordaje terminada en cuatro cabos. A diferencia de la exhibición realizada en Segovia, el ingenio volador ha sido mejorado con la red de cordaje y una válvula de escape de gas, asegurando de este modo la sustentación de la barquilla.
En lugar de pensar en las ventajas que para sus ejércitos en las guerras supondrá disponer, día y noche, de una atalaya fija desde donde poder vigilar el contorno del terreno, la situación, los movimientos y las variaciones de las tropas enemigas, al rey le da por pensar en las vistas que en esos momentos tendrán los intrépidos oficiales que se encuentran en el interior de la barquilla del globo: desde lo alto del cielo se abrirá ante sus ojos una nueva perspectiva hasta entonces virgen, puesto que el entorno del Monasterio hace décadas que ha dejado de ser un desierto señorío eclesiástico para andar ladera arriba hacia Abantos y discurrir a continuación suave hacia Guadarrama.
Y no anda muy desencaminado el monarca en sus elucubraciones, pues los oficiales columbran desde lo alto barracas, cafés, fondas, mesones y casillas conviviendo con cuarteles y casas como las de Oficios, las Pizarras, las Parrillas y la de los Profesores seglares del colegio. Edificios que han sido emplazados ejecutando fielmente el plano del nuevo Real Sitio realizado por Juan Esteban, siguiendo una perfecta y estudiada alineación en paralelo al Monasterio, repartiendo los nuevos edificios en manzanas regulares adaptadas al terreno y orientando el crecimiento del pueblo por la calle de las Pozas.
El pescador pescado
Por Jesús María Zarco.A veces uno tiene la suerte de conocer lugares extraordinarios gracias a la intervención del azar. Unas veces caprichoso, otras puñetero como pocos. Algo parecido es lo que vino a ocurrirme a mí con un pequeño y deshabitado pedazo de tierra gallega. La verdad es que yo no descubrí el inolvidable Cabo de Udra, porque lo cierto es que él me descubrió a mí. O quizás sería más preciso decir que me reclamó a su servicio. Avatares del destino, que ahora no vienen a cuento.
El Cabo de Udra es una franja de territorio gallego que se adentra un buen trecho en el mar, dividiendo las rías de Aldán y Pontevedra. Hogaño, esas escasas y desoladas hectáreas de tierra son un paraje natural protegido; ayer, fueron zona militar desde que, en 1936, se enclavara en el lugar una batería de costa, compuesta por tres cañones Munaiz-Argüelles 150/45. En sus buenos tiempos, entendiendo por buenos los habidos, hubo allí un pequeño destacamento militar, formado por una batería de artilleros cuyos miembros habían sido adiestrados en el servicio de tres piezas fijas de tiro rápido, con las que debían proteger las entradas de ambas rías de posibles incursiones enemigas.
De todo eso ha pasado ya tanto tiempo que ahora allí no queda nada, ni tropas, ni piezas, ni luz eléctrica, ni agua corriente, ni barracones. Nada. Pero no todo se ha perdido en el Cabo de Udra, pues la naturaleza ha sido tan generosa con el lugar, que lo ha dotado de una panorámica extraordinariamente hermosa. Durante el tiempo que permanecí allí raro fue el día que, desde su punto más septentrional, la climatología me impidió ver, al Noroeste y a escasa distancia, las mágicas y misteriosas islas Ons y Onza, que protegen la ría de Pontevedra de los embates del mar cuando éste se propone hacerse notar. Y se lo propone a menudo. Dichas islas, junto a sus vecinas las Cíes, se han convertido hoy en el Parque Natural de las Islas Atlánticas. La parroquia más cercana al Cabo de Udra es Beluso, una pequeña pedanía que pertenece al Ayuntamiento de Bueu. Los lugareños son parcos en palabra, astutos, precavidos, incluso me atrevería a decir que bastante huidizos, y tan desconfiados como acostumbran a serlo los contrabandistas. Y yo sé lo que me digo.
A ambos lados del largo camino de tierra que unía el Cabo de Udra con Beluso se enseñoreaban altivos los eucaliptos. Un paso tras otro el caminante podía entretener el tiempo observando cómo la brisa marina cimbreaba los troncos, contorneaba las escuálidas ramas y hacía entrar en alocada danza a las aromáticas hojas de los árboles. En las empinadas laderas, los míseros tojos esperaban sedientos la expiación del estío, listos para que a golpe de guadaña se concluyera con su ciclo anual y quedaran dispuestos como camas en las cuadras de las bestias. Nada desaprovechaban los paisanos. Todo tenía utilidad para quién sabía dársela o tenía necesidad de aprovechar cuantos recursos la naturaleza había puesto a su alcance.
Pero lo más extraordinario que había en el Cabo de Udra era el mar, ora de un azul índigo, ora de un verde esmeralda, ora de un gris plomizo. A veces rabioso, calmado las menos, siempre surcado por infinidad de buques que, monótonos e incansables, navegaban en cabotaje al albur de la rosa de los vientos. La línea costera estaba formada por una suave pendiente de roca que permitía entrar y salir del agua sin mayores dificultades. Durante la bajamar las rocas quedaban por doquier salpicadas de sabrosos mejillones y huidizos cangrejos, y las cuevas, entonces visibles, quedaban a su vez habitadas por enigmáticos pulpos; durante la pleamar las olas rompían furiosas contra las rocas, dejando tras de sí una blanca estela de espuma. La contemplación del Atlántico embravecido era algo sobrecogedor, pues, convertido como solía estar en una inmensa masa de agua impredecible y salvaje, transformado en uno de los espectáculos más inquietantes que el hombre pudiera imaginar, uno se sentía a su lado pequeño, insignificante y mínimo. Ante la contemplación de la naturaleza desatada se adquiría conciencia de lo fútiles que somos los seres humanos.
En la parte noroccidental del Cabo de Udra había una pequeña cala con playa de arena blanca y fina. Allí, a escasos metros de la orilla, se levantaba una buena casa que permanecía olvidada por sus dueños la mayor parte del año. La casa, que era de dos plantas, con el techo de pizarra, muros de granito, grandes ventanales que estaban orientados a Poniente y un buen muro cubierto de hiedra circundando la finca, estaba habitada, en un par de piezas de la planta baja, por un viejo guardés con quien, a lo largo de todo un año, apenas logré sostener media docena de conversaciones, siempre en las contadas ocasiones que él tuvo a bien acercarse hasta el extremo del Cabo para recolectar los frutos que tal generosamente a todos nos ofrecía el mar. El guardes era un viejo enjuto, con el rostro surcado de infinitas y profundas arrugas, que iba siempre tocado con una descolorida gorra marinera. Los ojos rasgados y glaucos. La nariz aquilina. El cuerpo ligeramente encorvado, y dueño de una ligera cojera que sólo era perceptible después de observar detenidamente su peculiar modo de caminar. Solía vestir un oscuro pantalón de pana, jersey de gruesa lana y botas catiuscas. Era un hombre que en su simplicidad estaba rodeado por un halo de misterio.
La primera vez que percibí su presencia él cruzaba por delante del banco en el que yo estaba confortablemente sentado, de cara al sol y con la mente allende los mares leyendo Cien años de soledad. Con paso firme, la vista clavada en el horizonte y un cubo verde de plástico en la mano, el guardés se acercó hasta las rocas de la orilla. Había bajamar y los mejillones estaban esperando tener un dueño. Cuando terminó de llenar el cubo de moluscos, lo posó en el suelo y se acercó hasta un grupo de zarzas que tenía a escasos metros de distancia. Antes del rebuscar entre ellas, miró a un lado y a otro, y cuando creyó que nadie le observaba, de su interior extrajo dos buenas varas, en el extremo de una de las cuales había un pequeño arpón en forma de tridente. Entonces cual Neptuno volvió sobre sus pasos, echó mano del cangrejo más cercano que encontró a su alcance y valiéndose de un trozo de sedal lo ató en la punta de la pértiga libre. Ya con el crustáceo amarrado al extremo, comenzó a meter la vara entre las cuevas que la bajamar había dejado al descubierto. Cuando sintió que un pulpo había hecho presa en el cangrejo, incrustó la otra pértiga en la cueva ensartando al cefalópodo. A continuación, con la mano desnuda, liberó el pulpo del arponcillo y procedió a golpearlo repetidas veces y con violencia contra las rocas. Luego, colocó el pulpo encima de los mejillones que llenaban el cubo, escondió los rudimentarios aparejos de pesca entre las zarzas y se marchó por donde había venido sin decir esta boca es mía.
Desde aquel día comí sabrosos pulpos siempre que tuve el antojo y el mar la generosidad de ponerlos a mi alcance. Y los comí de todas las maneras imaginables: pulpo en ensalada; salpicón de pulpo; pulpo a la gallera; con tomate; en su salsa; pulpo guisado con patatas; con cachelos; con vino tinto; pulpo a la vinagreta; al ajillo, en fin, que el pulpo, su pesca y los fogones se convirtieron durante un tiempo en una de mis actividades diarias más reconfortantes gracias al pescador pescado.
Sobremesa en el Gato Muerto
Por Jesús María Zarco.
Confieso que me gustan las vacas. Y entiéndaseme bien, que no quiero dar lugar a equívocos. Esas bestias peludas, carnudas, tetudas, cornudas, de largo rabo y mirada atónita, me llaman la atención por la contundencia que ponen en todas sus manifestaciones. De mugidos estruendosos, cagadas descomunales, meadas prodigiosas, pedos apoteósicos, las vacas son unos seres deliciosos. Sobre todo a la vista, en el campo; y al paladar, en la mesa. Si además logramos unir mesa y campo, entonces de la combinación puede surgir pura ambrosía. Poco más que una buena taberna, una botella de tinto, un buen chuletón a la brasa y la compañía adecuada se necesita para convertir un día de campo lluvioso en una jornada gastronómica inolvidable. Bueno, sí. Tal vez un revuelto de bonetes.
Los senderos del bosque de La Herrería están limpios de malezas. Este otoño las lluvias se han hecho rogar. Todavía nos queda un buen trecho por recorrer desde la Cueva del Oso hasta El Gato Tuerto; un antiguo zaguán en la cuesta Grimaldi convertido, oh prodigios de la serrana hostelería, en una taberna donde el buen yantar es cosa corriente. Al cabo, ocupamos una mesa de mármol en el fondo del local, junto a un buen muro de mampostería de piedra berroqueña. En el exterior cae un ligero calabobos, pero la temperatura es cálida. Miguel, el único hijo varón de Balbína, La Pasiega, se nos acerca a tomar la comanda, y aunque sabe que vamos a piñón fijo, no se priva de recomendarnos el chuletón de la casa y el consabido revuelto de bonetes. «Sea pues», al unísono le seguimos la corriente.
Nos tomamos nuestro tiempo, pero hora y media más tarde estamos con los cafés y el pacharán sobre la mesa. Es entonces cuando se nos acerca el abuelo de Miguel, el señor Molinero; un hombrecillo de aspecto triste que hizo la mili con Matusalén y que de tarde en tarde se sienta un rato a pelar la hebra con los habituales. Inmediatamente, Carlos arrima a la mesa una robusta silla de madera. Vista de cerca, la cara del abuelo parece el mapa de una cordillera. Entre las manos, temblorosas, con la piel pegada a los huesos, puro pellejo, sostiene un bastón con el que va trazando signos indescifrables sobre el suelo de piedra. El señor Molinero no dice palabra, escucha, reflexiona, espera, da un pequeño sorbo a la copa del dulce licor de endrinas que Gustavo le ha puesto delante, se anima, y en un par de minutos nos pone en nuestro sitio, demostrándonos que él es un pozo de sabiduría mientras que nosotros sólo cuatro pobres ignorantes con la barriga llena. Es la escena de un hombre sabio ilustrando a unos zoquetes saciados en torno a una mesa.
«Vosotros, los jóvenes –téngase en cuenta que a los ojos del señor Molinero de Alfonso XIII para acá todos somos niños de pecho–, lo habéis tenido tan fácil en la vida, que no sabéis lo que un hombre es capaz de hacer por quitarle el hambre a sus hijos», comienza a perorar. «Si tuvierais que ganaros la vida como nos la ganábamos antes, a buen seguro que vuestros hijos se habrían muerto de hambre», sentencia seguido. Y a continuación añade: « A ver, ¿quién de vosotros sabría decirme cómo hacer carbón de encina para vender como combustible?». « Que ahora no se utiliza carbón en las cocinas, señor Molinero», me atrevo a meter baza. « Quia, entonces de qué te ibas a haber comido tú un chuletón como ése si no fuera por el carbón de encina», responde mientras me mira fijamente con esos ojos azules y profundos que parecen traspasarme. Acto seguido nos da cuenta de que él había sido carbonero, por cuyo trabajo cobraba cien duros al mes y la costa. « Trabajábamos desde el amanecer hasta el oscurecer, con media hora de siesta; pero cuando llegaba la Virgen de agosto, de la siesta ni acordarse, porque los días se acortaban mucho y había que aprovechar las horas de luz. Los peones teníamos que llevar el hacha para trinchar; los demás aparejos, mazas, cuñas, burros de madera, ganchos, los ponía el amo de la carbonera», dice con los ojos cerrados, como si recordar le costara un esfuerzo enorme. Después de tomarse un descanso para coger resuello, añade: « penurias y escasez por todas partes sí había, que hasta los capataces preferían a los peones de cuello corto y estómago pequeño, que comieran poco y que trabajasen mucho, como los bueyes chiquitos, a los hombretones».
Iñaki, un tanto angustiado tras escuchar el relato y tremendamente agradecido por los tiempos que le han tocado en suerte, deja el importe exacto de la cuenta sobre la mesa. Ni un céntimo de propina, porque sostiene que en cierta ocasión leyó en alguna parte que las propinas permiten los sueldos bajos y que además escenifican la jerarquía; que el trabajador cobra la mitad del salario y la otra mitad se la tiene que agradecer al amo redoblando el servilismo. Chitón. Él apoquina y él decide cómo emplear su dinero. Entonces nos despedimos del señor Molinero, Miguel y La Pasiega, y nos vamos por donde hemos venido con nuestras miserias a cuestas.
La hora de la verdad
Por Jesús María Zarco.
Son las cinco de la tarde cuando el condenado del mono azul estampa la rúbrica en el testamento. Tiene enrojecidos los ojos, entumecida la mano en la que aún ase la estilográfica y la conciencia tranquila. Acaba de desprenderse de un peso enorme que le lleva oprimiendo el pecho desde la madrugada. Mas no ha sido una tarea tan sencilla como en principio preveía, pues completar apenas cuatro hojas le ha llevado diez buenas horas. Diez horas interminables que sólo han sido interrumpidas por el tiempo que ha tardado en dar cuenta de una escudilla de potaje de lentejas y un pedazo de pan duro. El resto de la tarde se ocupa ordenando asuntos contables, que deja por escrito para el conocimiento de sus albaceas. Es responsabilidad de las postrimerías otoñales que a cada minuto que pasa entre menor luz por la ventana que da al patio, por lo que tiene que esperar a que los carceleros entiendan la luz de la celda desde la galería, en un panel lleno de interruptores que hay junto al cuerpo de guardia en donde los carceleros suelen pasar los ratos libres jugando a cartas, si quiere seguir poniendo negro sobre blanco sus últimas voluntades. Mientras llega ese momento, decide tumbarse en el camastro y cerrar un rato los ojos. Prevé que la noche se avecina larga.
Las tinieblas han conquistado por completo el día cuando el condenado del mono azul se sienta en el camastro, con las manos encima de las rodillas, la vista clavada en el suelo y el pensamiento perdido en un punto indeterminado del laberinto de su conciencia. Salvo el carcelero nadie más ha entrado en la celda en todo el día, como si estuviera apestado, afectado por una enfermedad contagiosa de la que conviene mantenerse uno alejado. A lo largo de la tarde, para echar un vistazo, tres veces alguien ha corrido la tapa que cubre la mirilla abocinada que hay en la puerta, a la altura de los ojos. Está solo, tiene miedo y el único consuelo que le queda es concentrarse en la oración. Reza. Reza con fuerza, cual si no hubiera rezado nunca. Sabe que en breve se va a ver las caras con Dios, ante quien tendrá que rendir cuentas de todos sus actos. Mira su reloj de pulsera, cuenta las horas que le quedan de vida y espera que nadie incurra en dramatizaciones inútiles de su muerte, trance que pretende afrontar con dignidad, pues sólo se muere una vez y ese preciso instante en que se muere no es el momento más adecuado para lanzar al viento secretos consabidos que ya nunca serán pronunciados.
Faltan treinta y seis horas para su ejecución y el condenado del mono azul sólo tiene dos deseos que satisfacer: ver a un sacerdote para que le escuche en confesión y despedirse de su hermano, que está encarcelado en la misma prisión por un delito de conspiración. A cadena perpetua, le han condenado al pobre. La bombilla que cuelga del techo por un cable mugriento no se enciende en toda la noche, lo que para él equivale a pasar las horas en vela envuelto por un manto de tinieblas. El primero de sus deseos no se cumple hasta bien entrada la mañana siguiente, horas después de que el carcelero, que ha entrado en la celda con un cuenco humeante que contiene un líquido parecido al café, le informe que un cura que está detenido en la misma galería suele confesar a los presos que están en capilla, a la espera de ser ejecutados. Al escuchar la noticia, el condenado del mono azul siente que la luz comienza a brillar en medio de la oscuridad. Et lux in tenebris lucet, traduce al latín espontáneamente, como si el sonido de la lengua de Cicerón le ayudara a sosegar su agitado estado de ánimo.
A media mañana, el carcelero corre el cerrojo de la puerta, y junto a él atraviesa el umbral un sacerdote vestido de secular. Prácticamente un anciano, el sacerdote posa su mano en el hombro del hombre que está de pie junto a la ventana. La puerta de la celda se cierra. Los dos hombres quedan solos en su interior y el anciano sacerdote toma asiento en el recio taburete, muy cerca del camastro donde se sienta el preso que en breve va a escuchar en confesión. Después de hacer un acto de contrición, el condenado del mono azul comienza a desgranar uno a uno sus pecados. Tras imponerle la penitencia y darle la absolución, el sacerdote le invita a rezar un instante en silencio, mientras que él, abriendo el Libro de los Salmos, comienza a leer con voz pausada: « El Señor es mi pastor, nada me falta. Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, haciendo honor a su Nombre. Aunque cruce por oscuras quebradas, no temeré ningún mal, porque Tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me infunden confianza. Me preparas un banquete frente a mis enemigos, unges con ungüento mi cabeza y mi copa rebosa. Tu amor y tu bondad me acompañan todos los días de mi vida; y habitaré en la Casa del Señor por años sin término». Luego el sacerdote cierra el libro, traza con el pulgar la señal de la Cruz sobre la frente del hombre y llama al carcelero para que le abra la puerta. Cuando abandona la celda, el sacerdote repara en que apenas ha pasado diez minutos en su interior, tiempo suficiente para comprender que ha estado ante un hombre íntegro, ante un hombre con un valor moral enorme, porque el valor moral de un hombre se mide por su capacidad de sacrificarse por defender sus convicciones.
Inmediatamente después, el carcelero entra con la que ha de ser la última comida del preso, que consiste, de nuevo, en una escudilla de potaje de lentejas y un pedazo de pan. Sencillas viandas para emprender el último viaje, piensa el condenado del mono azul mientras que con la mano izquierda se mesa los cabellos. La última tarde encerrado en la celda la pasa haciendo la maleta, como si en lugar de llegarse junto al paredón del patio, a la mañana siguiente tuviera que emprender un viaje al extranjero. Con tanta parsimonia como delicadeza, en la maleta coloca varias prendas de ropa interior, un mono, unas gafas, unos recortes de periódicos, varios manuscritos, una serie de cartas, que van dirigidas a sus familiares y amigos, acompañadas de una nota en la que se indica que son para entregar a sus destinatarios, y las cuatro hojas que contienen su testamento.
Son las cinco de la mañana, el condenado del mono azul lleva puesta una chaqueta gris y un abrigo claro sobre el mono, el director de la prisión y varios hombres armados ocupan la celda, cuando el anhelado hermano aparece por el umbral de la puerta. Los dos hermanos se abrazan en silencio. Cuando rompen el fraternal abrazo, se despiden para siempre en inglés, buscando una intimidad de la que carecen por completo. Al hermano que ha de seguir viviendo le arrastran por la fuerza fuera de la celda, y ya en el pasillo comienza a sollozar en un tono quedo.
Cuando a las seis y media de la madrugada el condenado del mono azul es conducido al patio de la enfermería, aún con las estrellas condecorando el firmamento, ya está dispuesto el piquete de ejecución. Junto a la docena de hombres que lo forman, un pelotón a cuyo mando hay un alférez permanece expectante, por si su intervención se hiciera necesaria. Por la puerta que da al patio aparecen otros cinco reos, que van a compartir suerte con el condenado del mono azul, quien acercándose al sargento que manda el piquete le hace un ruego que suena extraño: «como siempre que se fusila se derrama sangre, yo quisiera que se hiciera desaparecer la que yo vierta para que mi hermano no la viera». Y a continuación, dirigiéndose al pelotón de fusilamiento, pregunta con cierta sorna si son buenos tiradores. Entonces el sargento, previa consulta del reloj, alinea a los reos contra el paredón, ordena al piquete apuntar con sus máuseres, aplasta contra el suelo el cigarrillo que está fumando y manda abrir fuego a continuación. Atruena la descarga y los cuerpos de media docena de hombres caen sin vida sobre el suelo con dos balas en el pecho. Acaban de matar a seis hombres, pero no han logrado matar sus ideas.
EL CONDENADO DEL MONO AZUL
Por Jesús María Zarco.
Ha caído la noche y la celda está sumida en una oscuridad absoluta. El condenado está tumbado cuan largo es encima del camastro, con las palmas de las manos debajo de la nuca. Las imágenes que ha visto en el patio, las de los inocentes cayendo desmadejados a los pies del paredón, continúan atormentándole. Se siente en deuda con ellos. Con los vivos. Con los muertos. Pero sobre todo se siente en deuda con la vida, de la que no va a poder seguir disfrutando por uno de esos extraños caprichos que a veces tiene reservado el destino. Cuarenta y ocho son las horas que le restan de vida, y pretende emplearlas poniendo en regla sus asuntos, disponiendo todo lo necesario para que la posteridad sepa de su puño y letra cuáles fueron los motivos por los que fue condenado.
El condenado tiene las articulaciones entumecidas, tanto que se ve obligado a hacer un esfuerzo extraordinario para sentarse en el camastro, mesarse los cabellos y acodarse sobre las rodillas. Aún es un hombre joven, fuerte, sano, apuesto, moreno, de frente ancha y despejada, con sendas entradas que anuncian una incipiente calvicie. Va vestido con un mono azul, una camisa blanca y unas botas negras de cuero con los cordones blancos. Se pregunta si va a morir de esa guisa, porque si de él dependiera, encararía la muerte concienzudamente afeitado, vestido con su mejor traje, la camisa pulcramente planchada, los zapatos bien lustrados y mirando a los ojos de sus verdugos sin odio, como ha visto hacerlo a hombres mucho más jóvenes que él, apenas niños, que han dado la vida por un ideal con la generosidad de los que no esperan nada a cambio.
La celda que ocupa el condenado del mono azul es un cuchitril de tres metros y cincuenta centímetros de largo, por dos y medio de ancho y tres de alto; tiene una pequeña ventana, apaisada y fuertemente enrejada, por la que entra la luz del patio. La puerta es de madera, blindada por su cara interior con una plancha de hierro y con un cerrojo de grandes dimensiones en la parte exterior. A la altura de los ojos, la puerta tiene una mirilla abocinada para observar desde fuera sin ser visto desde dentro. Debajo de la mirilla, a tres palmos de distancia, hay un pequeño ventanuco que permanece siempre cerrado y un respiradero en la parte inferior. Bajo la ventana que da al patio, se encuentra el grifo del agua y en un rincón de la celda, el retrete; un simple agujero en el suelo sin tapa y sin cisterna. Arrumbado a la pared hay un camastro de hierro, con su colchón y su manta de lana basta; y frente con frente una sencilla mesa de madera de pino, un robusto taburete y una bombilla que cuelga del techo por un cable mugriento. Tal es el escueto mobiliario que contiene la celda.
A través del ventanuco que da al patio entra la brisa marina. La celda huele a salitre y el frío de las postrimerías otoñales se deja sentir. ¿O es el frío que antecede a la muerte? Porque el condenado del mono azul sabe que la muerte no es un esqueleto con guadaña en la mano para segar el trigo, tampoco es una mujer vestida de negro, no, la muerte es un olor, un olor fuerte, áspero, penetrante, que se anuncia con un viento helado, un viento que se mete por debajo de la manta y recorre el cuerpo hasta que éste tiembla de frío. Ha imaginado con tanta frecuencia a la muerte que ésta no va a sorprenderle. La conoce bien. La ha visto el rostro de frente. Ahora se le hace presente el cuento que en más de una ocasión ha oído relatar a su tía, que se lo contaba a sus hermanos pequeños cada vez que éstos se lo pedían; el de aquel comerciante de Bagdad, un hombre culto y juicioso, que tenía por sirviente a un joven al que estimaba mucho. Un día el joven sirviente, paseando por el mercado, se encontró con la muerte, que le miraba con una mueca extraña. Asustado, el joven echó a correr y ya no se detuvo hasta llegar a la casa de su amo. Una vez allí le contó a su señor lo sucedido, pidiéndole a continuación un caballo, a cuya grupa cabalgaría hasta llegar a Samarra, donde tenía unos parientes que le ayudarían a esconderse de la muerte. El comerciante accedió a su ruego, recomendándole que si forzaba un poco el caballo podría llegar a Samarra aquella misma noche. Cuando el sirviente se hubo marchado, el comerciante se llegó al mercado, donde al poco rato se encontró con la muerte que paseaba tranquilamente por los bazares. « ¿Por qué has asustado a mi sirviente? –preguntó el comerciante a la muerte–; tarde o temprano te lo has de llevar. Déjalo tranquilo mientras tanto». «Oh, no era mi intención asustarlo –se excusó la muerte–; pero es que no pude evitar la sorpresa que me causó verlo aquí, pues esta noche tengo una cita con él en Samarra».
Como el sirviente del cuento, el condenado del mono azul no puede evitar a la muerte. Esta vez viene a por él y no está dispuesto a darle esquinazo. La va a afrontar cara a cara, con gallardía pero sin jactancia, sin protesta, aunque nunca es alegre morir a esa edad. Además, es lo menos que puede hacer por los que le han precedido en el último trance. Pero antes de que llegue ese momento tiene que dar cuenta por escrito de algunos de sus actos, pues no puede cometer la ingratitud de alejarse de todos sin ningún género de explicación, sin pedir perdón a la sangre vertida por la parte que hubiera podido tener en provocarla, limitándose de este modo a hacer justicia y a retribuir la lealtad y la valentía de quienes le han seguido con fe ciega hasta el último aliento.
La luz lo inunda todo cuando el condenado del mono azul escucha correr el cerrojo de la puerta. Chirrían los goznes y, atravesando el umbral, entra un carcelero con un cuenco de hojalata humeante y un pedazo de pan en las manos. El carcelero avanza unos pasos y deja el frugal desayuno sobre la mesa, gira en redondo y cuando está a punto de abandonar la celda, el condenado del mono azul le pide recado de escribir, para redactar su testamento. Un minuto después aparece el mismo carcelero portando unas cuartillas y una pluma estilográfica, las deja en una esquina del camastro y sale de la celda con gesto contrito. Entonces el condenado del mono azul se incorpora, se lava la cara y las manos en el fino chorro de agua que cae a plomo del grifo, se pasa las manos mojadas por los cabellos, se las seca lo mejor que puede en las perneras del mono, recoge el recado de escribir, aparta a un lado de la mesa los alimentos, se sienta en el taburete y toma la pluma estilográfica con la mano diestra. En medio de un denso silencio, fruto de una tensión interior ambivalente, lamentándose porque no ha tenido tiempo de decirlo todo pero completamente convencido de haber escuchado demasiado, comienza a escribir el protocolario preámbulo, y luego, sin levantar la vista del documento, continúa garabateando el segundo párrafo del testamento: Condenado ayer a muerte, pido a Dios que si todavía no me exime de llegar a ese trance, me conserve hasta el fin la decorosa conformidad con que lo preveo y, al juzgar mi alma, no le aplique la medida de mis merecimientos, sino la de su infinita misericordia….
Sosiego en los rincones
Por Jesús Zarco.
En el vetusto estanque destaca sobre los demás un nenúfar violeta que, anclado al fondo del agua, recibe la visita diaria de una libélula. Cuando más aprieta la canícula, la libélula azulada revolotea nerviosa sobre un manto arcoíris de nenúfares, para finalmente confundirse, suspendida y ociosa, al lado de su predilecta y acuática compañera. No se mueve una brizna de aire, y el fino chorro del surtidor de la fuente cae a plomo en delgadas gotas sobre las brillantes hojas de las plantas, emitiendo dulces susurros que solazan la mañana. Y de ahí las gotas rotas en rumor sordo hasta descansar calmadas junto al resto del agua.
La tupida sombra de un enorme cedro cobija de los dardos ardientes a la fuente y al estanque, donde chochines y jilgueros se refrescan en una zambra de trinos y en un jolgorio de aleteos sobre la superficie cristalina del agua, despertando poesía al oído y excelencia para el alma. El lugar está en calma, preñado de olores y aromas de excelsas fragancias, que convierten el recinto en un paraíso armonioso que disfrutan por igual los hombres, las aves y las plantas.
A los pies del cedro parte un sendero de arena fina, que está escoltado por frondosas catalpas, cuyas ramas cubren, hermanados los brazos, del cielo las pisadas de personas tranquilas que saben sacar partido a la belleza sosegada. Al fondo hay, cerrando el camino, un enhiesto ciprés que proyecta contra el suelo su esbelta sombra alargada, sombra que gira incansable al ritmo que le marca el tañer de las campanas, hasta dibujar en la tierra un círculo infinito que se une e inicia en el preciso instante en que se acaba. Campanas que cuelgan de las torres de la pétrea mole berroqueña que impone un color plomizo al horizonte, al que contemplo desde aquí sentado, donde el universo y uno mismo parecen estar consigo en calma. En un lugar por el que han pasado los siglos, los príncipes y sus damas. Jardines por los que ahora pasean gentes en busca del preciado silencio, tan escaso por desgracia. Estoy en los jardines de la Casita de Arriba, en cualquier día, en cualquier mañana.
EL DÍA DE LA FIESTA NACIONAL DE ESPAÑA
Por Jesús María Zarco.
Me vais a disculpar que dé un salto atrás en el tiempo, pero diez días tampoco son demasiados. Un saltito de nada. El caso es que la mañana del lunes de hace diez días salía yo del dentista con una sensación extraña en la boca y una muela de menos en las encías. Como ni juicio ni muelas homónimas tengo, me quedan siete. Siete muelas en la boca y cincuenta euros menos en la cartera. A cincuenta la pieza, con otros cuatro dolientes la dentista había echado el día. Ya imaginaréis, consulta diminuta, auxiliar de enfermería que también hace las veces de recepcionista, en fin, el agro.
En eso iba yo pensando, con la punta de la lengua tomando las medidas de la tronera abierta en la dentadura, cuando escuché la noticia: « El próximo 12 de Octubre, día de la Fiesta Nacional, se celebrará un desfile militar en Madrid, que saldrá de la Glorieta del Emperador Carlos V y terminará en la Plaza de Colón». Entonces me dio por pensar que si en cualquier otro país del mundo se hubiera realizado una gesta comparable a la acontecida el 12 de Octubre de 1492, cuando Cristóbal Colón descubrió lo que creyó eran las Indias occidentales, los ciudadanos de ese hipotético país estarían, en el día del aniversario del evento, dando palmas con las orejas. Nosotros, los españoles, por el contrario, saldamos la celebración con un paupérrimo desfile militar que en demasiadas ocasiones se ha tenido que realizar de tapadillo y sin hacer mucho ruido, no vaya ser que media docena de antimilitaristas o docena y media de nacionalistas periféricos se molesten y alguien tenga que comerse los sables. Y como de faquires no andamos sobrados por estos andurriales, yo me pregunto: ¿si tanto les disgusta la milicia, por qué no se compran una isla, ínsula o península para montarse allí el rollo a su aire?
Total, que aunque a más de uno le moleste el próximo día 12 de Octubre se celebrará, supongo, el tradicional desfile militar con el que se suele conmemorar el descubrimiento de América. Allí estarán todos de nuevo: el rey con la familia real; los miembros del poder ejecutivo, legislativo y judicial; los representantes locales y autonómicos; los diplomáticos; las autoridades eclesiásticas; la tropa, los medios de comunicación y el pueblo llano. Que yo los he visto otros años con estos ojitos llenos de dioptrías que Dios me ha dado. Muy monos y muy serios todos, interpretando con tanta naturalidad la escena que hasta parecía real. Muy convincentes ellos, la verdad. Para sí los querría cualquier cineasta de medio pelo en el reparto de su próximo bodrio. Yo, desde luego, prefiero a la Pataky. Ay, la Pataky…
Pero a lo que iba, que su sola mención me hace perder el hilo. Decía que el día de la Fiesta Nacional de España, o Día de la Raza, o Día de la Cultura, o Día de la Hispanidad, o cómo diablos convengan en llamarlo, ha pasado por la Historia de España con todos esos nombres. Y lo que te rondaré morena. A principios del siglo pasado, el término “Hispanidad” ya había caído en desuso, siendo Faustino Rodríguez San Pedro quien, en 1913, propuso y logró que se denominara la fiesta del 12 de Octubre como Día de la Raza. En el año 1918, dicha nomenclatura alcanzaría en España rango de fiesta nacional. Unos años después, en 1926, Zacarías de Vizcarra propuso que “Hispanidad” sustituyera a “Raza” en las celebraciones del 12 de Octubre. De hecho, esta denominación era la más ampliamente utilizada en muchas de las distintas repúblicas americanas. Pero habría que esperar hasta 1931 a que un ex embajador español en La Argentina, Ramiro de Maeztu, publicara un ensayo sobre la necesidad de la idea de “Hispanidad”. El ensayo de Maeztu caló en buena parte de la intelectualidad española. Personajes tan dispares como Unamuno, que prefería hablar de hispanidad en lugar de españolidad, Antonio Machado, el cual se definiría como un español consciente de su hispanidad, o el Arzobispo de Toledo y Primado de España, Isidro Gomá Tomas, aplaudirían públicamente la idea del malogrado Maeztu. De esta manera el día 12 de Octubre de 1935 se volvió a celebrar en Madrid el Día de la Hispanidad. Pero no sería hasta 1958 cuando el Día de la Hispanidad alcanzaría el rango de fiesta nacional. En 1982, tras la restauración de la monarquía, se refrendó el 12 de Octubre como Día de la Fiesta Nacional de España y de la Hispanidad. Desde 1987 se mantiene el 12 de Octubre como Día de la Fiesta Nacional de España y a su vez se prescinde de la denominación de Día de la Hispanidad. En esas estamos. Veremos lo que dura la fiesta.
Y digo que veremos lo que dura la fiesta porque últimamente uno ya no sabe a qué atenerse cuando intenta disfrutar in situ de alguno de los tradicionales festejos que desde siempre se han venido celebrando a lo largo y ancho de toda España. Que por ejemplo nos invitan a participar en el Día de la Hispanidad en Nueva York, pues allá que nos vamos sin la mitad de la tropa porque los moros tienen el paso cansino. Qué pobres. Que se celebran las Fiestas de Moros y Cristianos en Alcoy, pues, atendiendo a la actual moda de rendición preventiva, se suprime la quema del muñeco representativo de Mahoma no vaya a ser que el imán de turno se indigne y exija la supresión total de la fiesta. El asunto está alcanzando tintes tan esperpénticos que ya no sé si lo que tengo que celebrar es la huida de Mahoma a Medina, las lágrimas de Boabdil en Granada, la derrota de Mohamed al-Nasir en la batalla de las Navas de Tolosa o la derrota de Alfonso VIII de Castilla en Alarcos. Lo dicho, que estoy hecho un lío y sólo puedo sugerir a Santiago Matamoros, a don Pelayo, al Cid Campeador, a Jaime I, a los Reyes Católicos, a don Juan de Austria y a Don Luis de Requesens que se vayan atando los machos allá donde se encuentren porque cimitarras y alfanjes sarracenos podrían apoyar de nuevo el filo de sus hojas en sus cuellos.
Y ahora, sufridos lectores, os preguntaréis, con razón, ¿qué he hecho yo para merecer el rollo que se ha marcado este tío? Pues, amigos, quizás algunos de vosotros hayáis hecho exactamente lo mismo que yo, es decir, nada. Y quizá, tal vez, a lo mejor, probablemente, acaso, haya llegado el momento de hacer algo y exigir al monarca y a los miembros del poder ejecutivo, legislativo y judicial que se ganen el sueldo que tanto nos cuesta pagarles y que se dejen de tonterías. Que van a volvernos locos con tantas gilipolleces. La última, por cierto, la protagonizada estos días por la ínclita y otrora antimilitarista ministra de Defensa, que para que la Fiesta Nacional “no se quede sólo en el ámbito estrictamente militar, el Ejecutivo pretende que sean más los ciudadanos que se echen en ese día a la calle”. Y ezo que ee… pregunto, sin ánimo de herir susceptibilidades regionales.
Tres chatos de vino
Por Jesús María Zarco.
Qué cosas tiene la casualidad. Un día cualquiera te despiertas, enciendes la radio y escuchas que el locutor de turno dice que ahora resulta que los partidos políticos mayoritarios quieren abrir un debate público. Desde la izquierda se propone abrir un debate sobre la sostenibilidad del sistema de bienestar, mientras que la derecha propone hacerlo sobre los movimientos migratorios.
Luego sales a la calle, y cuando por fin entras en Los Mariscos, para tomar un café, te das cuenta de que alguna de las conversaciones que mantienen los parroquianos giran en torno a esos dos temas. A continuación abres el periódico por una de esas páginas en las que aparecen los nombres de los que acaban de dejar de fumar, y al pasar las hojas te encuentras con un informe, presentado por la Europea Contra el Racismo, en el que se afirma que los ataques violentos por motivos racistas aumentaron de forma muy preocupante tanto en España como en el resto de la Unión Europea. En lo que a nosotros concierne, Cataluña, Valencia y Madrid fueron las comunidades en las que más aumentaron este tipo de incidentes violentos, añadiéndose que los gitanos, los judíos, los musulmanes y los inmigrantes no comunitarios fueron los colectivos más expuestos al racismo.
Un segundo después, mientras remueves el azúcar del café, el azar quiere que dos desconocidos de cierta edad, que están tomando unos chatos de vino sentados a la mesa contigua a la que yo ocupo, comiencen a pelar la hebra sobre el tema de los inmigrantes. He de reconocer que no me gusta el giro que está tomando la conversación, pero allá cada cual.
Uno de ellos dice que los barrios de las ciudades ya no son lo que eran, que se han ido muriendo poco a poco, como un enfermo terminal de cáncer. «Ya me dirás tú lo que queda de las viejas familias que conocíamos de toda la vida, oye, las familias que salían a hablar los domingos de verano y se lo contaban todo, desde lo cabrón que era el jefe del marido a lo santo que era el novio de la nena», dice el más orondo. El otro escucha con atención, y de vez en cuando asiente con la cabeza. Parece como si lo que está escuchando lo hubiera escuchado ya mil veces.
El que lleva la voz cantante sigue hablando y hablando, haciendo gala de una verborrea imparable, hasta que saca a relucir el tema de la inmigración. Entonces mete la directa, se pone estupendo y se despacha a gusto. Que si no se puede dar un paso sin encontrarte con un inmigrante; que si los ambulatorios están atestados de gente que no es de aquí; que si los españoles tenemos que hacer colas interminables por culpa de toda esa gente; que si las familias no pueden llevar a sus hijos a los colegios que quieren porque las plazas están ocupadas por hijos de inmigrantes; que si muchos españoles están sin trabajo y no menos inmigrantes cobrando un paro que pagamos entre todos; que si la delincuencia está cada vez peor, que si patatín y patatán. «Ahora, oye, que a mí ésos no me la dan», dice antes de llevarse el chato de vino a los labios para vaciarlo de un solo trago.
A continuación llama al camarero y pide otra ronda, aunque en esta ocasión la hace acompañar de dos buenos trozos de queso en aceite. «Mira –prosigue con la perorata mientras les sirven los vinos y el queso–, de eso de vigilar, a la debida distancia, eso sí, a los inmigrantes yo entiendo un rato, porque todo se va llenando de gente de fuera. Mira, Manolo, esos barrios antaño obreros los han ido ocupando los paquistaníes, los moros, los colombianos, los dominicanos, los ecuatorianos y hasta los chinos, por no hablar de los negros. Aunque los negros trabajan en lo que sale, y los ves poco. Los paquistaníes ponen un locutorio y los ves mucho. Los moros se dividen en dos clases: moros y moritos. Los primeros nunca sabes de qué viven, pero tienen siempre cinco hijos y una mujer con caftán. Los moritos se dividen en dos subclases: los que dan y los que toman. Los que toman hacen de chaperos y me dan pena, porque ha de ser muy triste eso de que te dé un gachó al que encima no conoces de nada. Los que dan, se ganan la vida de hacérselo con señoras bien descontentas con la vida, y a mí ésos me dan envidia, porque ha de ser muy cojonudo hacérselo con una gachí que no conoces de nada. Y en eso de hacerlo por dinero hay una competencia durísima, porque hasta tiran de navaja por un quítame allí esas pajas. ¿Y qué te voy a decir de colombianos, dominicanos y ecuatorianos? Los colombianos trabajan de vigilantes de parking, y bailan la cumbia desde la noche del viernes hasta la madrugada del lunes. Los dominicanos y ecuatorianos, machos y hembras indistintamente, se dedican a cuidar viejos como nosotros, y de vez en cuando los ves por ahí paseándolos en silla de ruedas, para que tomen el aire. Pero los que de verdad me dejan pasmado son los chinos, Manolo, los chinos. Llegan cien, no sabes cómo, y en un santiamén montan un restaurante que siempre se llama La Gran Muralla, El Río Amarillo o El Mandarín, pero cien chinos no hacen falta para llevar un restaurante chino, de modo que los que sobran desaparecen sin más, sin dejar rastro, ni siquiera se mueren, oye, ni siquiera se mueren. Para mí tengo que los parientes se quedan con los papeles, mientras que las partes comestibles del difunto son repartidas entre los diversos mandarines, ríos amarillos y grandes murallas que hay por todas partes. O los entierran en los sótanos. O los envuelven en hojas de morera y se los dan de comer a los incautos gusanos de seda. Con todo, las ciudades ya no son lo que eran, oye, Manolo, los barrios de las ciudades se han ido muriendo. Y ya me dirás lo que hacemos para evitarlo, para poner las cosas en su sitio».
Ya con el tercer chato de vino en el estómago, el orondo parlanchín sentencia: «Y aquí ni Dios mueve un dedo, porque España es rica, Manolo, y los españoles lo aguantamos todo. El que puede, se jubila de funcionario, y en su lugar ponemos a un chaval que también sueña con jubilarse de funcionario, y así el país sube alto, oye, tanto que las multinacionales se van a otros países donde la gente piensa en llegar a los setenta años en el tajo. Y los trabajos duros para los inmigrantes, oye, que hay por ahí ministros que dicen que los inmigrantes han contribuido a levantar el país, pero ahora pedirán su parte, lógico, y aquí se acabará armando la marimorena. Y si no, al tiempo. Lo que yo te diga, Manolo, lo que yo te diga».
Y ahora, amigos lectores, sacad vosotros vuestras propias conclusiones, que yo hace tiempo que ya saqué las mías.
La última estación
Por Jesús María Zarco
El tren abandonó la estación con puntualidad británica. Justo en el momento en el que el reloj de la pintoresca estación había marcado las seis de la tarde, y el pasaje había terminado de subir a los vagones, el jefe de estación agitó la banderola de señales e hizo sonar su silbato. Sólo entonces la vieja locomotora emitió un prolongado gemido, comenzando a lanzar contra el andén densas nubes de vapor que dejaron el muelle sumido en una intensa neblina. Cuando el tren había recorrido varios kilómetros y alcanzado esa velocidad uniforme y constante que convierte el monótono traqueteo de los viajes en tren en una invitación al sueño y a la melancolía, la puerta del vagón de cola, que estaba ocupado por un hombre alto, vestido enteramente de negro, con el cabello cano cortado a cepillo, que iba leyendo un libro de León Tolstoi cuando no mirando pasar el frondoso paisaje a través de la ventanilla, se abrió para dar paso a una muchacha que, apenas hubo tomado asiento, clavó la vista en las pequeñas manos que había dejado apoyadas y quietas sobre sus rodillas. Entre ambos se instaló un incómodo silencio, sólo roto por el cortés saludo inicial y por el monótono y cadencioso traqueteo de las ruedas del tren rodando sobre las vías.
El pasajero, con el sobrio ademán y metódico proceder que dan los actos mil veces repetidos, con el hipnótico ritual de quien ejecuta una ceremonia antigua, sacó una pitillera de plata de uno de los bolsillos del gabán que había dejado apoyado sobre el asiento contiguo al que ocupaba, y, mirando los ojos marinos y profundos que lucía la muchacha, le pidió permiso para encender un cigarrillo. Después de dar una profunda calada al pitillo, exhaló el humo azul y dulzón, dejando la atmósfera embriagada de un aroma a canela y a madera antigua. Luego de sacudir la ceniza dentro de uno de los dos ceniceros que había adosados a sendas planchas de metal que estaban atornilladas a ambos lados de la ventanilla, fue a repetir una vez más el gesto de la calada, dando así por acabado el pitillo que dejó aplastado dentro del cenicero. El hombre volvió a fijar su atención en la lectura, y con la tranquilidad que dan los años y las experiencias vividas, levantó la vista hacia la joven, estudiando el óvalo de su rostro e interrogándose por cuáles serían los pensamientos que en esos momentos ocupaban su mente.
Caía la tarde –una luminosa tarde color de naranja– cuando el tren, la muchacha y el hombre, éste enfrascado en la lectura de La muerte de Ivan Llich, llegaron al término de cierto valle navarro, pudiendo contemplar desde sus respectivos asientos la imagen del singular caserón que desde tiempos remotos estaba emplazado en lo alto de una colina. El caserón y la colina cerraban el paso a un nuevo valle, y parecía que allí se encontraba el límite del mundo –un mundo enloquecido y convulso que no hacía tanto tiempo había mantenido a la vieja Europa sumida en una lucha agónica–. A medida que iba menguando la luz del día y las vías del tren se iban acercando a aquella cascada de techos verticales, al estilo de los edificios de alta montaña, cúspides de pizarra azul prusia y guardillas desvencijadas, haría pensar a un sujeto de imaginación desbordante en los sombreros en forma de capirotes que usan las brujas de los cuentos de hadas. Y el bosque de abetos que abrazaba el caserón parecía tan oscuro como una bandada de cuervos en busca de una pieza de carroña. En el paisaje flotaba una de esas brumas de misterio que crean una mayor aflicción y pesadumbre en los hijos del hombre.
Ya las sombras habían conquistado el día cuando la joven pareció quedar afectada por el ambiente lúgubre y tétrico que estaba adquiriendo el entorno, pues su semblante había mudado y reflejaba un rictus de preocupación hasta entonces desconocido. El gesto de la muchacha no pasó desapercibido para su solitario compañero de viaje. Al levantar la mirada, los ojos del hombre dejaron traslucir una señal de serenidad que causó un efecto balsámico en el ánimo de la joven. Fue entonces cuando el revisor del tren entró en el vagón, y, llevándose los dedos índice y medio de la mano derecha a la visera de la gorra de plato que intentaba poner un toque de respeto en su uniforme arrugado, anunció el nombre de la estación que no ha mucho tardar sería la siguiente parada. Lentamente, el hombre de cabello cano y traje oscuro se levantó del asiento, se echó el gabán sobre los hombros, cogió un cartapacio de piel que había dejado, al entrar en el habitáculo, apoyado en la repisa que había atornillada al tabique debajo de la ventanilla, y con una ligera inclinación de cabeza se despidió de la muchacha. Entonces el tren comenzó a reducir paulatinamente la marcha, hasta que, entre convulsos tirones, fue a detenerse en uno de los últimos confines del ferrocarril Vasco-Navarro.
Sola en el vagón solitario la joven contempló, a través de la ventanilla, la silueta de negro alejarse por el andén con pasos seguros y elegantes. Como le fue del todo imposible retirar la vista de la hipnótica figura, alta y bruna, pudo entrever que aquel hombre se encaminaba hacia el sendero que conducía al caserón que momentos antes ambos habían podido contemplar desde el interior del tren. Una vez la sombra hubo desaparecido, la muchacha dejó vagar la mirada a lo largo del vagón, percatándose entonces de que el oscuro personaje había dejado olvidado su libro sobre el asiento. Al cabo, asegurándose de que nadie más que ella ocupaba el vagón, tomó el volumen entre sus manos, al tiempo que un papel doblado, que había hecho las veces de marca, caía de entre las hojas del libro hasta posarse en el suelo. Desdobló con cuidado la hoja de papel y prestó atención a su contenido:
Querido padre:
Con todo el dolor de mi corazón, me veo en la necesidad de comunicarte, a través de estas líneas, pues me falta valor para hacerlo en persona y me sobran razones para pensar que nunca obtendría tu consentimiento, que, durante el último viaje que hice hasta nuestra casa al finalizar el curso pasado, conocí a un joven del que me enamoré al primer golpe de vista, con el cual me he estado citando durante el invierno, y con el que pretendo casarme tan pronto como volvamos a reunirnos, desoyendo así tu recomendación de que lo haga con tu socio, D. Diego, al cual aprecio como merece, pero no amo.
Consciente de las consecuencias que, sin duda, traerá consigo la decisión que ahora te anuncio, te ruego seas una vez más paciente con tu hija, sepas perdonarme en nombre del amor que hacia ti profeso, logres con el tiempo ser tan noble y generoso conmigo como siempre que hubo ocasión me demostraste serlo con los demás, y me tengas presente en tus oraciones, como yo te tendré en las mías.
Antes de concluir, te ruego no consideres a la tía Consuelo cómplice de esta relación, pues la desconoce por completo; y por último, ten la bondad de despedirme de mi hermana, ya que no resistiría el dolor de su mirada si fuera yo quien lo hiciera.
Tu hija, Aurora
La pasajera, con un pañuelo de hilo que sacó del pequeño bolso que portaba consigo, se secó una lágrima solitaria que ya escurría por su mejilla encarnada. Sintió una inmensa pena por la tal Aurora, porque demasiado bien sabía ella que si hay un riesgo que un español no está dispuesto a afrontar es el de que le convenzan.
Otoño
Por Jesús María Zarco.
Sentado en el poyo de madera que hay arrumbado contra la pared junto a la puerta de la casa, sacando finas virutas de una rama de enebro con su vetusta navaja, hay un viejo que puro pellejo entretiene el tiempo hasta que por fin da cuenta de la rama. Entonces el viejo se lleva la navaja al bolsillo y, con las manos entrelazadas, se abraza la descarnada rodilla que mantiene sobre la otra cruzada.
Del zaguán de la casa encalada, atravesando el umbral, sale un perro canela que feliz y mimoso va a echarse a los pies de su amo. La tarde está fresca, la luz apagada, y en el ambiente se respira la calma. El animal levanta el hocico venteando el aire, y adivina y percibe aromas de hongos, musgos y líquenes, que más pronto que tarde cubrirán las rocas, los troncos y las zonas umbrías del bosque, que desde siempre ha sido horizonte y jardín de la casa.
Declina la tarde cuando el anciano se alza con su viejo bastón en la mano dispuesto a dar un paseo sin rumbo aparente, al albur de la atracción que sobre él ejerza el irresistible olor de las plantas. Robles, castaños, prunos, madroños, encinas, olmos y un sinfín de matas bajas que hacen del bosque un paraíso en el que por doquier se esparcen excelsas fragancias, preñando el ambiente de sutiles aromas que prenden la mecha de la añoranza. El perro corre nervioso a su lado, delante y detrás, a un lado y a otro, de acá para allá, y salta y brinca y ladra, y vuelta a correr alrededor de su amo, que cansado busca un sitio cercano donde poder reponer las fuerzas perdidas mirando tantas idas y venidas.
A tan sólo unos pasos, el anciano agotado toma asiento sobre una roca que parece pulida a propósito por el tiempo. Con tranquilidad y pericia, del bolsillo saca una petaca de cuero y lía un cigarrillo panzudo y con tripas que enciende con un viejo mechero de yesca. El pitillo se consume entre sus dedos. De tarde en tarde, el anciano aspira en cortas caladas el humo del tosco tabaco, y a continuación y muy despacio lo exhala, confundiéndose las volutas de humo con el color azul mortecino que en esos momentos tiene el firmamento, donde luce una nube de algodón que juega con su forma y que continuamente se transforma, nube que cuando se vuelve oscura y triste, llora. A su alrededor apenas hay movimiento, tan sólo sonidos que se confunden con el silencio.
Súbitamente, el jamelgo se queda parado mirando un punto fijo en la hondonada que precede al riachuelo y a la montaña. Entonces el anciano, atento a las señales del perro, se incorpora y dirige sus pasos con parsimonia hacia la figura que ahora sí vislumbra estática frente a un caballete. Ya a su lado, observa cómo el pintor moja, impregna y prueba los pinceles en una paleta que está salpicada de pegotes de óleos verdes y rojos y amarillos y marrones y ocres y toda la gama cromática que tiñe de melancolía y tristeza lo que hasta hace bien poco era luz y ahora comienza a ser decadencia. El artista observa al viejo que está situado a su vera y, con aire casual, le susurra lo maravillosa que está la naturaleza. «Es el otoño, que llega», responde el anciano, y luego suspira con toda el alma.
El hombre sin nombre
Por Jesús María Zarco.
Un luminoso día de mayo, mientras el hombre sin nombre deambulaba embebido de aquí para allá matando la mañana, rememorando viejas historias e hilando otras nuevas, pudo ver cómo su viejo profesor miraba absorto y goloso al otro lado del escaparate de La Violeta, donde un tentador mundo de azúcar y merengue ponía a prueba la voluntad inquebrantable de quien había aprendido a olvidar los olvidos. Capiteles, columnas dóricas, arcos ojivales, estucos arabescos, bóvedas de crucería, alfas, iotas, landas, sigmas y omegas habían mudado en milhojas, trufas, pestiños, hojaldres, buñuelos, canutillos de crema y bocaditos de nata. Su viejo profesor no pudo verle, pero él sí que logró observarle en el breve espacio de tiempo que tarda un semáforo en cambiar del rojo al ámbar y de éste al verde.
La calle Juan de Leiva estaba desierta de gentes, y su enjuta figura destacaba en medio de la amplia acera cual lucero en noche sin luna. Los pequeños ojos de su viejo profesor parecían brillar deslumbrados ante la contemplación de las obras de arte fruto de la más dulce artesanía, en el momento que, mano sobre mano, creyó verlo rozar con la nariz el cristal separador de la confitería, la de tonalidades cárdenas. En aquel escorzo lamerón, lo encontró menudo, frágil, chiquito, comedido; habían pasado casi treinta años desde que por primera vez lo viera rocoso, macizo, sereno, impulsivo, y casi siempre imbuido en un universo que para el profano era un arcano oculto tras la figura siempre esquiva de la huidiza Atenea. No le costó esfuerzo alguno reconocerle porque, así como el carácter de un hombre forja su imagen y su destino, el rostro de algunas personas se graba de manera indeleble en la incierta memoria de sus semejantes. La faz de su viejo profesor delataba a uno de esos hombres que aparentan haber pactado en secreto con el mismísimo diablo; aunque sería tan paradójico como extraño que el maligno hubiera sellado un acuerdo con un siervo del Crucificado.
Sentado frente al ventanal que le hacía las veces de mirador, con el folio en blanco sobre la pesada mesa de trabajo, el hombre sin nombre dejaba vagar su mirada cansada por la fachada del edificio de enfrente, en el que de cuando en cuando una silueta humana se dejaba vislumbrar tras los cristales de alguno de los apartamentos del moderno inmueble que hacía pocas semanas había sido inaugurado. Cada día que pasaba, eran más los camiones de mudanzas que aparcaban al filo de la acera al otro lado de la calle, más los inquilinos que tomaban posesión de las nuevas viviendas, más los individuos que, a primeras horas de la mañana, salían de lujoso portal con el sueño reciente reflejado en el rostro y el cabello aún húmedo por el agua de la ducha mañanera. El hombre sin nombre había observado que nunca entraban niños ni ancianos en el edificio, lo que le hizo suponer que éste estaba ocupado en su mayor parte por personas de mediana edad que, aparentemente, debían gozar de una holgada posición social.
Aquella tarde de miradas furtivas observó que una figura femenina apartaba los visillos de una de las ventanas, y gracias a que estaba iluminada por la última luz del atardecer, pudo entrever que ella llevaba puesto un vaporoso vestido de gasa blanco, sujeto a los hombros por unos finos tirantes. Un segundo después la mujer estaba sentada en un taburete tocando un violonchelo. Con el instrumento abrazado entre las piernas y apoyado en el suelo, sus manos acariciaban las cuerdas y movían el arco al ritmo que marcaban las notas de la partitura que tenía delante apoyada en un atril de aluminio. De tarde en tarde, con la mano que sostenía el arco, pasaba las hojas de la partitura y a continuación se retiraba de los ojos el flequillo. Luego, concentrada, volvía a mover manos y brazos en un baile infinito. La postura que había adoptado la mujer era demasiado sugerente para que él no evocara algunas de las noches de amor que ya creía olvidadas. Entonces el hombre sin nombre tomó la pluma y, con gesto grave y pulso tembloroso, comenzó a garabatear las primeras palabras del atardecer: «El muchacho terminó de leer la última página de La historia interminable y luego cerró el libro. Después besó los labios de la joven que estaba tendida a su lado, posó sus pies sobre la arena dorada y fue a zambullirse por última vez en el mar definitivo». Leyó en alta voz las dos oraciones y se sintió satisfecho.
Estaba la noche muy avanzada y él a punto de sumirse en un sueño reparador y profundo, abrazado a la silueta de una ausencia, cuando comprendió que se estaba abandonando a un duermevela placentero y nebuloso. Paso a paso se iban aletargando sus sentidos; paso a paso se iban apaciguando sus pensamientos. No obstante, se resistía a trocar ese duermevela por el simple sueño, y tal era su afán por permanecer despierto, que hubo de hacer un esfuerzo extraordinario que sólo sirvió para prolongar un momento más la llegada de lo inevitable. Entonces soñó con un chiquillo que a su vez soñaba con un tornado que arrasaba la casa de sus padres, levantando el tejado de pizarra, lanzando al cielo jambas, ventanas, vigas, ladrillos, enseres, reduciendo a escombros lo que hasta entonces había sido el hogar de su familia. Después el tornado, serpenteando, bufando, amenazando, avanzó hacia las fálicas moles turrianas, y una vez las hubo engullido, jugó con ellas en lo alto cual cíclope Polifemo hubiera jugado con un castillo de naipes levantado por Ulises; el que regresó a Ítaca desde Troya; el que venció al hijo de Poseidón y de la ninfa Toosa, emborrachándole primero y clavándole una vara ardiendo en el único ojo después. Luego el chiquillo, huyendo aterrado del tornado, se refugió en el interior de una oscura cueva que estaba oculta tras unas zarzas, se acuclilló con la espalda apoyada contra la pared, abrazó sus piernas con las manos entrelazadas y perdió el conocimiento. El sueño continuó con la visión de un hombre que mucho tiempo atrás se había extraviado, y que buscando ayuda estaba haciendo sonar la aldaba de la puerta de su casa. Lo dejó entrar, y el recién llegado se sentó en una de las butacas del salón con las manos posadas sobre las rodillas, la vista clavada en el suelo y el pensamiento descansando en un punto indeterminado del laberinto de su consciencia. Sin decir una palabra, sin hacer un gesto, sin comprender quién era aquel intruso y qué era lo que allí hacía, el soñador echó una fina manta de lana sobre el cuerpo del recién llegado para que le diera abrigo. Cuando horas después retiró la manta que cubría al desconocido, descubrió que éste se había volatilizado y que allí sólo quedaba la frazada que tenía entre las manos y la butaca vacía. Y por último, coincidiendo con las primeras luces del alba, en su mundo onírico surgió una pareja de enamorados que paseaba por un parque cogidos de la mano. Cuando tomaban asiento en un banco, que estaba cubierto por la sombra que transfigurada en paraguas sobre él proyectaba una catalpa, un individuo de aspecto desaliñado, escuálido y desdentado, con los ojos hundidos y oscurecidos por una sombra malva, se fue hacia ellos y, colocándose a tan sólo un par de metros de distancia suya, se quedó mirándolos con perturbadora fijeza. Visiblemente alterado, el sujeto se llevó la mano derecha al bolsillo trasero del raído pantalón vaquero que ocultaba de la vista unas piernas muy largas y muy delgadas, de donde sacó una navaja, la cual abrió paradójicamente con pasmosa tranquilidad, como si fuera la cosa más corriente del mundo. Acto seguido exigió a la sorprendida pareja el dinero y las joyas que llevaran encima. El joven, tranquilo, le entregó la cartera, al tiempo que le pedía que mantuviera la calma. Cuando el individuo arrancó el colgante de oro que la mujer lucía en el cuello, el muchacho, insensato y protector, se puso en pie e hizo frente al asaltante. Éste, sin pensárselo dos veces, lo apuñaló a la altura del corazón. A continuación el sujeto echó a correr y, al mirar a su espalda, vio a una joven que lloraba desconsolada mientras abrazaba al hombre que yacía en el suelo con una gran mancha de sangre en el pecho.
Lo soñó una noche entre las noches, y, aunque la gente también aquel día siguió matándose y la paz no se vislumbró por ninguna parte, aquel tornado, aquella aldaba y aquella navaja no supieron nada sobre la desgracia del género humano. Y tampoco supieron que el destino de aquel niño, aquel extraño y aquellos enamorados había sido marcado, entonces como siempre, por las directrices que señalaron los cielos, involuntaria naturaleza que jugó a su antojo, con la misma facilidad que un mago saca un conejo blanco de su negra chistera, con el incierto destino de aquellos seres.
Ya con la luz inundándolo todo el hombre sin nombre se despertó sudoroso y agitado, se puso en pie, entró en el baño, se dio una ducha, y mientras se afeitaba miró la imagen que reflejaba el espejo, creyendo por un instante descubrir en ella a un extraño. Le ocurría a menudo: a veces no era capaz de reconocerse en aquel rostro maduro y sereno que cada mañana lo miraba ajeno desde el fondo de un espejo que el paso del tiempo había convertido en un adversario hostil, sincero e insobornable. Luego, tranquilo, sin prisa, como los que nada buscan porque nada necesitan, se vistió, tomó un café, fumó varios cigarrillos, cerró la puerta de la casa, bajó las escaleras hasta el segundo descansillo, donde se detuvo para facilitar el paso a un anciano que subía penosamente las escaleras con un periódico doblado bajo el brazo, y, cuando varios tramos de peldaños más abajo por fin alcanzó la calle, vio que un espléndido sol iluminaba de nuevo la mañana.
Bajaba por la calle san Antón cuando el semáforo en rojo le cerró el paso. Era un luminoso día de mayo, y mientras el hombre sin nombre deambulaba embebido de aquí para allá matando la mañana, rememorando viejas historias e hilando otras nuevas, pudo ver cómo su viejo profesor miraba absorto y goloso al otro lado del escaparate de La Violeta, donde un tentador mundo de azúcar y merengue ponía a prueba la voluntad inquebrantable de quien había aprendido a olvidar los olvidos.
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El SOLDADO QUE SE CONVIRTIÓ EN ESPÍA
Bernardino de Mendoza, el décimo hijo de los condes de Coruña y vizcondes de Torija, don Alonso Suárez de Mendoza y doña Juana Jiménez de Cisneros, recordaba el semblante que había puesto don Juan de Austria cuando su hermano el rey Felipe le prohibió partir en socorro de los caballeros de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta, orden religiosa católica encargada del gobierno y defensa de la estratégica isla que, en el año 1565, había pretendido ser conquistada por las tropas turcas. Contrariedad y amargura, pero ni un ápice de resignación fueron las expresiones que Bernardino había creído leer en los ojos del joven don Juan. Y no anduvo desencaminado Bernardino en sus apreciaciones, puesto que desoyendo las órdenes de su hermano, don Juan había huido a Barcelona, en cuyo puerto había pretendido embarcar rumbo a Malta para poner su brazo, su escudo y su espada al servicio de los caballeros de Malta y en defensa de la verdadera religión. Pero una cosa eran los deseos de un muchacho de apenas diecisiete años, y otra muy distinta era desacatar una orden directa del rey, por lo que finalmente don Juan hubo de ceder, resignarse y regresar a Madrid, no sin antes confesarle a don Luis de Quijada que demostraría a su hermano el rey que si en algo había pecado había sido más por impulsivo que por obstinado.
En 1565, dos años después de haber colocado la primera piedra del monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial, en los cimientos del refectorio del convento, bajo la silla del Prior, en la fachada meridional, Felipe II observaba cómo las obras avanzaban a buen ritmo, habiéndose levantado hasta el momento buena parte del cuadro general de la planta del colosal edificio. Satisfecho por la vista que se habría ante sus ojos, el rey comentó con fray Antonio de Villacastín, obrero mayor de la fábrica, las gigantescas dimensiones que estaba alcanzando la obra: treinta y tres mil trescientos veintisiete metros cuadrados en los que se ordenarían, alrededor de distintos patios interiores y con la iglesia como eje central, un palacio, un monasterio y un panteón dinástico, en fin, un conjunto arquitectónico que una vez concluido contaría con más de cuatro mil estancias, dos mil quinientas noventa y tres ventanas, mil doscientas puertas, trescientas celdas para los frailes, ochenta y seis escaleras, ochenta y nueve fuentes, dieciséis patios, siete torres y once aljibes.
Tras una década de asedios, escaramuzas y sangrientas batallas, luchando al lado de don Juan de Austria, luego de haber participado en la estratégica victoria de Mook, así como en las batallas que consiguieron la rendición de las ciudades de Mons, Nimega y Harlem, Bernardino de Mendoza recordaba con cierta nostalgia aquellos otros días en que batiera sus primeras armas luchando contra las tropas bereberes en el norte de África, tomando parte en las expediciones de Orán y del Peñón de Vélez, en los años 1563 y 1564 respectivamente. Visto con la perspectiva que da la distancia, Bernardino podía afirmar que la vida soldadesca en Flandes era un auténtico calvario, suplicio que en nada se parecía a combatir en las sedientas y tórridas tierras africanas. La guerra en Flandes se hacía en campos cenagosos, sobre terrenos embarrados, bajo aguaceros pertinaces, envuelto en nieblas perpetuas, en definitiva, se mataba y moría sin ver la luz del sol durante meses y en medio de una humedad que le calaba a uno hasta los huesos.
Una docena de años después de haber comenzado las obras del monasterio de San Lorenzo, por deseo expreso del rey, se intenta dar un nuevo impulso al ritmo de los trabajos, para lo cual fray Antonio de Villacastín había contratado a tres maestros canteros que ya por entonces gozaban de un enorme prestigio en toda la Meseta Norte: Juan de Nates, Diego de Sisniega y Francisco del Río. El primero había nacido en Secadura, un pueblo de la provincia de Cantabria, siendo Valladolid la ciudad donde había aprendido el oficio junto a su padre y en la que había residido durante la mayor parte de su vida al lado de su esposa, María de la Vega, que era hija de Juan de la Vega, también cantero y maestro del que fuera su yerno. El segundo, asimismo conocido por el nombre de Diego Gómez de Sisniega, era natural de San Mamés de Aras y estaba casado con Inés de Matienzo, hija del maestro de cantería Diego de Matienzo. El tercer cantero era natural de Bádames, capital de Voto, provincia de Cantabria, paisanaje que había unido a los tres canteros en una estrecha y fructífera colaboración.
Entretanto, Bernardino de Mendoza echaba la vista atrás y concluía que la experiencia flamenca no había sido del todo negativa para sus intereses personales, pues luchar en los Países Bajos, hombro con hombro al lado de don Juan, le había supuesto el inicio de una larga carrera diplomática. Primeramente, había sido enviado a Roma, para obtener la bendición del Pontífice Pío V en la guerra; en otra ocasión, hubo de viajar a Madrid, para entrevistarse con Felipe II –a cuyo servicio había entrado en 1560 gracias a ser descendiente de una familia de gran poder y prestigio, que en una sociedad estamental y de influencias personales, pudo en buena medida intervenir en favor de la larga carrera diplomática de Bernardino– con el difícil cometido de pedirle más dinero, tropas, recursos y apoyo, objetivo que se vio sobradamente cumplido gracias a sus innatas dotes de convicción; asimismo, en junio de 1574, por orden de Luis de Requesens y de Felipe II, había realizado una tercera misión diplomática rápida en Inglaterra, con objeto de conseguir de Isabel I el permiso para que los buques españoles pudieran acogerse en los puertos ingleses en casos de mal tiempo.
Unos meses después de la llegada de los maestros canteros cántabros, Juan de Herrera había sido designado aposentado real, trazador principal, matemático e ingeniero de las obras de la Corona, incluidas las del monasterio de San Lorenzo. El nombramiento de Herrera como nuevo arquitecto había supuesto una revolución en el concepto mismo de la obra, puesto que de la traza universal diseñada por Juan Bautista de Toledo, el cántabro había planteado soluciones que tendían hacia la simplificación y geometrización del edificio. Las principales variantes sobre la solución original habían consistido en la construcción de una planta más en la fachada principal, que regularizaba la primera solución escalonada, la reducción del número de torres de sus fachadas y el cierre del Patio de Reyes con la doble fachada de la iglesia, donde se habría de situar la biblioteca. Pero Herrera aún habría de ir más allá proponiendo un nuevo método para trabajar la piedra, gracias al cual, al ser labradas en la propia cantera, las piedras quedaban tan perfectas, hermosas, uniformes y ajustadas como si lo hubieran sido al pie de la obra, ahorrando considerablemente en tiempo, coste, número de peonadas y confusión en las inmediaciones de la obra.
Finalmente, tras una década en Flandes, en premio a sus méritos, en reconocimiento a sus heridas de guerra, Bernardino de Mendoza había obtenido el galardón de entrar a formar parte de la prestigiosa Orden Militar de Santiago. Dos años más tarde, al ser retirado de los campos de batalla de los Países Bajos, Bernardino había sido designado por Felipe II embajador de España en la corte de Inglaterra, comenzando así su verdadera carrera diplomática y convirtiéndose en uno de los más experimentados espías de los servicios secretos españoles.
EL ESPÍA QUE SURCÓ LOS MARES
Al caer la noche, Londres estaba cubierto por una niebla húmeda y densa. En la margen derecha del Támesis, Bernardino de Mendoza esperaba a que el contacto acudiera a la cita. El embajador español miraba a diestra y siniestra, temeroso de ser descubierto por los hombres de la pérfida Isabel I. Al cabo, el jefe supremo del espionaje español en Inglaterra creyó ver que una figura humana emergía de entre las sombras. La figura avanzó unos metros, y Bernardino deseó con toda el alma que aquel embozado surgido de las tinieblas fuera el hombre que esperaba.
Bernardino de Mendoza había nacido en Guadalajara en el año 1541, en el seno de una familia de alta alcurnia. Desde 1576 era Caballero de Santiago y un par de años después había comenzado su carrera diplomática como embajador en Inglaterra. Durante el período que desempeñó esta función había planificado, creado y dirigido una importante red de espionaje al servicio de los intereses de la corona española. En poco tiempo, Bernardino se había convertido en un maestro recabando información, distribuyendo sobornos y realizando labores de espionaje. Había reclutado espías. Había conseguido colaboradores nativos en la Inglaterra isabelina. Había proporcionado información y fondos para toda suerte de conspiraciones favorables a los intereses de Felipe II.
El caballero embozado se identificó como emisario de su católica majestad, portador de un mensaje secreto. En esta ocasión, Felipe II pretendía que Bernardino de Mendoza infiltrara a uno de sus mejores espías como miembro de la tripulación del Ayde; un gran buque de la Royal Navy dotado con una tripulación de doscientos hombres que un año antes la reina Isabel I había puesto a disposición de la recién creada Compañía del Cathy, compañía a la que le había sido concedida por la Corona inglesa una carta que le daba derecho exclusivo de navegación en todas las direcciones, salvo al Este. La misión encomendada por Felipe II no carecía de dificultades, pues el infiltrado debía recabar información sobre el mineral que traería consigo la expedición inglesa. Dos años antes, sir Martín Frobisher –corsario inglés que había navegado al Ártico en busca del paso del Noroeste infructuosamente, que había explorado las costas de la isla de Bafflin, el estrecho de Hudson y la bahía de Frobisher–, había regresado a Inglaterra con una pieza de una piedra negra. Al año siguiente, había repetido la misma expedición trayendo consigo doscientas toneladas de dicho mineral, que los ingleses habían tomado por oro.
Londres no era la misma ciudad después de que trece años atrás se hubiera declarado la Gran Plaga, una epidemia de peste que diezmó la población hasta el punto de dejar la capital londinense prácticamente despoblada. Por si aquella desgracia no hubiera sido bastante, un año después un incendio, el gran incendio de 1566, que duró cuatro días con sus correspondientes noches, había arrasado la ciudad, dejándola convertida en un montón de escombros y cenizas. Una década larga más tarde Bernardino todavía podía percibir el olor de la muerte y de los incendios impregnándolo todo a su alrededor. Con ese olor metido en todos los poros de la piel, Bernardino fue descartando uno por uno los nombres de los espías que consideraba menos apropiados para cumplir tan arriesgada misión.
Cuando el 3 de junio de 1578 la tercera expedición zarpó desde el puerto de Harwich en busca del paso del Noroeste, un espía español había conseguido enrolarse como miembro de la tripulación del Ayde. El 20 de junio los expedicionarios tomaron posesión de Groenlandia. A finales de julio anclaron en un pequeño brazo interior de la bahía de Frobisher, bautizando aquel pequeño brazo de mar con el nombre de estrecho de la condesa de Warmick. El último día del mes de agosto, después de varios intentos de fundar un asentamiento, la flota emprendió la travesía de regreso a Inglaterra, con 1350 toneladas de mineral en sus bodegas, donde arribó a principios de octubre.
Unos días después Bernardino tenía en su poder toda la información que el espía había logrado recabar durante el viaje. Entonces se puso manos a la obra. Se encerró en sus aposentos. Atrancó la puerta, y buscando el camino más seguro para sus misivas aunque éstas pudieran tardar algo más en llegar a manos del rey, buscando lugares donde esconder sus cartas, como por ejemplo podía ser el reverso de un espejo, bien empleando tinta invisible, bien empleando el cifrado, cambiando letras por signos, unas letras por otras, letras por números, pares de letras por pares de números y nombres simbólicos, detalló todos los pormenores de la expedición.
Felipe II se había llegado hasta El Escorial para seguir en persona los avances de las obras de la gran fábrica. A primeras horas de la tarde, uno de sus ayudas de cámara le hizo entrega de un pergamino lacrado con el sello de Bernardino de Mendoza. Cuando estuvo a solas rompió el lacre. Entonces vio que el pliego de doble tamaño estaba escrito con una solución de carbón de Sauces. Sólo tardo un instante en comprender que debajo de aquellas letras menudas el jefe de sus servicios secretos en Inglaterra debía haber grabado un mensaje utilizando tinta invisible, cuya técnica consistía en el uso del vitriolo romano, es decir, sulfato pulverizado mezclado con agua. Luego el rey ungió el pliego con una sustancia llamada gala de Istria y el mensaje se hizo visible inmediatamente. En el escrito se relataba, con toda clase de detalles, que el paso del Noroeste seguía siendo una incógnita para las cartas de navegación inglesas y que un grupo de mineros y soldados habían llenado las bodegas del Ayde con toneladas de un mineral que, tras su fundición en Inglaterra, había resultado ser pirita, el oro de los tontos. El rey estalló en una carcajada y rompió el pliego en mil pedazos.
EL ESPÍA QUE EXPULSARON DE INGLATERRA
El futuro de Bernardino de Mendoza como embajador de Felipe II en Inglaterra pintaba tan negro como negras eran las nubes que cubrían los cielos de Londres. Finalmente, mediado el mes de enero de 1584, el jefe de los servicios secretos españoles en la corte isabelina recibió un pliego de doble tamaño cerrado al dorso, lacrado con el sello de la Casa Tudor. No necesitaba abrirlo para saber su contenido, pero no pudo resistirse a la tentación de leer el documento que le declaraba persona non grata y decretaba su expulsión inmediata de territorio sajón. En el escrito, rubricado por Isabel I, se fijaba un plazo de dos horas para que Bernardino abandonara la isla, tiempo que el aristócrata alcarreño confiaba fuera suficiente para descender por las turbias aguas del río Támesis hasta su desembocadura en el Mar del Norte, donde permanecía fondeada una impresionante galeaza española de tres mástiles en la que embarcaría para cruzar el Canal de la Mancha hasta alcanzar un puerto de la costa francesa.
Felipe II consumía sus últimos días en El Escorial tras haber pasado allí las Navidades de 1583. Sobre la mesa de escritorio, iluminado por un candelabro de plata de tres brazos, el rey escuchó cómo el reloj, que dos décadas atrás había construido Juanelo Turriano, con la ayuda de Jean Valtin, Jorge de Diana y Juan de Serojas, anunciaba la muerte del día. Había perdido la noción del tiempo trabajando, escribiendo recados, leyendo documentos y pensando en cómo se habían torcido todas las acciones preparadas para dar un golpe de Estado contra Isabel I y poner en el trono, ayudado por los católicos escoceses, a María Estuardo. Pero todo había salido mal. La Estuardo estaba encarcelada en el castillo de Sheffeid. Bernardino había sido expulsado de Inglaterra. Y la pérfida reina no dejaba de apoyar la actividad pirata de sir Francis Drake. Algo habría que hacer. Y pronto.
Habían pasado tres meses desde su desembarco en el puerto de Boulogne sur Mer, dos de su llegada a París y uno de su nombramiento como embajador ante Francia cuando Bernardino de Mendoza recibió la orden de volver presto a Madrid, donde fue recibido con grandes muestras de afecto por el rey. Fueran cuales fueran las órdenes que había recibido del monarca, Bernardino guardaba un cautelosos silencio. Al comenzar el otoño, el décimo de diecinueve hermanos, Caballero de Santiago, licenciado en Arte y Filosofía y nuevo embajador ante Francia regresó a París, en principio con una misión de condolencia por la muerte del duque de Alençón, aunque la realidad era otra: Bernardino habría de comenzar a recabar información sobre los preparativos necesarios para recoger un ejército español de más de 30.000 hombres, que dirigido por Alejandro Farnesio, duque de Parma, atravesaría el Canal de la Mancha en barcazas protegido por el grueso de la flota filipina para desembarcar en el condado de Kent e invadir Inglaterra. Los informes de Bernardino, que el diplomático hacía llegar a la corte madrileña, especialmente a don Juan de Idiáquez y a su primo don Martín de Idiáquez, ambos secretarios de Estado y leales avalistas del aristócrata alcarreño, podían ser interceptados o bien desvelar valiosa información, puesto que los correos debían atravesar las líneas y los territorios enemigos, motivo por el cual Bernardino utilizaba un amplio repertorio de técnicas de cifrado –transformación de las letras en signos de su propia invención, de letras en otras letras según una tabla progresiva de equivalencias, de grupos de letras en números de dos cifras, de títulos y palabras cifradas en símbolos o en sílabas con símbolos, de nombres propios en nombres simbólicos, utilización de tinta invisible–.
El día había salido cálido y soleado, sin nubes, como a menudo se dan en las luminosas mañanas escurialenses de verano. Felipe II, protegido a prudente distancia por seis hombres de los Monteros de Espinosa, paseaba a lo largo y ancho del Jardín de los Frailes; un espacio verde repleto de flores que creaban el efecto de una especie de tapiz, geométrico, estrecho, largo y elevado que gracias a la creación del cuerpo basamental sobre el que se asentaba, se diferenciaba con toda claridad de los huertos inferiores, en fin, un auténtico jardín botánico, con docenas de variedades de flores, más varios centenares de plantas que habían sido traídas del Nuevo Mundo. A lo lejos se escuchaban los cantos de los monjes. De la dehesa llegaba un embriagador aroma a albahaca. Las obras del monasterio habían concluido y el rey no lograba sacarse de la cabeza la construcción de una gran flota para que los tercios de Flandes invadieran Inglaterra, a mayor gloria de la Corona española y la verdadera religión. Sin duda los informes de Bernardino valdrían su peso en oro.
Cuatro años después, en 1588, tras duros meses de trabajo y la puesta en marcha de una compleja red de espionaje, Bernardino de Mendoza se vio en la obligación de cumplir con un penoso deber: informar al rey de que apenas había zarpado la Gran y Felicísima Armada del puerto de Lisboa, al mando de Alfonso de Guzmán, duque de Medina-Sidonia, las galernas habían dispersado la flota frente a La Coruña, empujando a muchas naves al sureste de Inglaterra y a otras tantas al golfo de Vizcaya. Más de un mes llevó reunir de nuevo la flota. El 31 de julio, se entablaron las primeras refriegas con la flota inglesa. El 2 de agosto, la Armada tuvo su primera y única escaramuza importante contra la flota inglesa, que capitaneada por sir Francis Drake se dio a la fuga en vista de la superioridad naval española. Fue éste el mayor enfrentamiento naval de la Armada Invencible contra la marina inglesa. Entonces, un empeoramiento repentino de las condiciones meteorológicas en la zona obligó a la dispersión de la Armada Invencible hacia el Mar del Norte y el Mar de Irlanda, produciéndose el desastre y el hundimiento de algunos buques en las abruptas y tormentosas costas británicas. Los restos dispersos de la flota fueron llegando a la costa cantábrica en un estado lamentable durante los meses siguientes.
Felipe II estaba descansando en El Escorial cuando recibió la trágica noticia. Cuando el rey leyó el informe que había redactado Bernardino, aguantando el chaparrón, taciturno y circunspecto, no pudo evitar que se reflejara en su rostro un gesto de contrariedad; cuando brillaba el sol de agosto; sentado en el rígido sillón que antaño perteneciera al emperador su padre, cuyo retrato pintado por Enea Vico estaba colgado en la campana de la chimenea; rodeado de la más rica y minuciosa cartografía jamás conocida que mostraba los límites de todas las posesiones españolas diseminadas por todo el mundo; en la sala de paseo de San Lorenzo el real de El Escorial. Al cabo, Felipe II exclamó entre dientes: «Yo la mandaba contra los hombres, no contra los vientos y huracanes».
EL ESPÍA QUE REGRESÓ DE PARÍS
Bernardino de Mendoza estaba cansado, agotado de participar en toda suerte de conspiraciones. Prácticamente ciego, con la salud quebrada, a estas alturas de la vida, apenas cuarenta y siete años cumplidos, después de haber participado en las campañas de Flandes, servido como embajador de la Corona española en Inglaterra y Francia, Bernardino sólo aspiraba a abandonar toda una vida dedicada a las armas, el espionaje y la diplomacia para retirarse a Madrid, donde había comprado una buena casa en la calle Convalecientes. En vista de que su puesto en Francia era ambicionado por varios individuos más cercanos a los resortes del poder y que a tenor de sus influencias pudiera ser considerado en el país galo enemigo declarado del rey de Francia, Bernardino deseaba abandonar el servicio diplomático y dedicar los últimos años que le restasen de vida a su verdadera vocación: el estudio y la escritura. Pero en una España cuyo monarca estaba rodeado de una cohorte de nobles incapaces, consejeros desleales y clérigos ambiciosos, una cosa eran los deseos personales y otra muy distinta los planes que para su persona pudiera tener reservados Felipe II. Consciente, pues, de estas circunstancias, Bernardino se barruntaba que el rey no accedería a concederle la dispensa de su misión.
En el verano de 1589 Felipe II se refugiaba de los rigores estivales en El Escorial. Un año antes, frente a las abruptas y tormentosas costas británicas, se había producido el desastre de la Gran y Felicísima Armada, desbaratando los planes que para la invasión de Inglaterra había trazado Felipe II. Mas como en cuestiones de política internacional cuando no llueve escampa, sólo unos meses después, durante la Navidad de 1588, Enrique III de Francia, ante el temor de ser depuesto del trono por los partidarios de la Santa Liga Católica –el Papa Sixto V, los jesuitas, Catalina de Médicis, la nobleza católica francesa y Felipe II–, se refugió en Cartres, convocando los Estados de Blois, que estaban compuestos por los partidarios de La Liga más furibundos enemigos del rey galo. Allí citó al Consejo, aprovechando la ocasión para asesinar a los hermanos Enrique de Guisa y el cardenal de Guisa. La noticia del doble crimen corrió como la pólvora, y cuando llegó a la capital del reino el pueblo parisino entero se levantó indignado, declarando a los dos hermanos mártires de Jesucristo. Con la ayuda del rey hugonote Enrique de Navarra, Enrique III puso cerco a la ciudad de París. Quizá sin saberlo, con el asesinato de los hermanos de Guisa y el cerco a París, el rey hereje había firmado su sentencia de muerte.
Y tal fue su inevitable destino, porque a mediados del mes de julio de aquel mismo año de 1589, cuando Felipe II paseaba por los jardines que daban a la casa del rey, en los que a primeras horas de la mañana las hojas de las plantas aún reverberaban la frescura nocturna escurialense y el monarca más poderoso del mundo deleitaba la vista en la simple contemplación de rosales, ligustros, mosquetas, jazmines, madreselvas, naranjos y limones, que formaban un conjunto armónico de flores blancas, azules, coloradas, amarillas y encarnadas que semejaban una alfombra oriental, recibió un correo cifrado que Bernardino le había enviado a través de los conductos habituales. En él se relataba, con toda suerte de detalles, que la mañana del día uno del mes en curso, mientras Enrique III mantenía el cerco a París, el monje Fr. Jacques Clemens –de origen humilde, borgoñés, de ventipocos años, que fue soldado antes de entrar en el Convento de los Jacobinos de Sens, partidario de la Santa Liga, de poca fortaleza física y débil constitución, barba corta, coronilla tonsurada y ojos muy grandes–, durante una recepción privada que le había sido concedida, vestido con el sayo propio de la orden jacobina, hundió un largo y afilado cuchillo en el bajo vientre del monarca gabacho, asesino de miles de buenos católicos franceses, que murió a las tres de la madrugada de esa misma noche, sin que los galenos pudieran hacer nada por salvarle la vida.
Dios era testigo de que Felipe II había pensado dispensar de todas sus responsabilidades a Bernardino de Mendoza, pero el asesinato de Enrique III y la consabida guerra civil generada inmediatamente después, había dado al traste con estos planes, motivo por el cual hubo de forzar al aristócrata, espía y diplomático alcarreño a permanecer en París, donde aún habría de servir sus intereses durante dos largos y tensos años de guerras, asedios, sufrimientos y conjuras. Cuando pensaba que ya lo había dado todo por su señor, cuando creía que no podría seguir sirviendo a su rey como era debido, cuando la falta de visión le impedía realizar cualquier tarea que otrora hubiera sido cosa de coser y cantar, Bernardino aún hubo de pasar por uno de sus peores momentos participando activamente en el asalto a París. Hijo de alta cuna, Caballero de Santiago, licenciado en Arte y Filosofía, soldado en Flandes, experimentado espía y reputado diplomático, Bernardino hizo un último intento y se dirigió de nuevo al rey para que éste le dispensara de sus obligaciones. O Felipe II prescindía de sus servicios, o tendría que desempeñar sus funciones a tientas; pues tan pobre era su visión, que no lograba distinguir con exactitud entre una jarra de vino y un jarrón adornado con flores.
Finalmente, en 1590, con cuarenta y nueve años de edad y completamente ciego, Bernardino de Mendoza consiguió la anhelada dispensa real, retirándose a vivir a Madrid, a la casa que había comprado en la calle Convalecientes, pegada al que sería el monasterio de monjes bernardos, con título de Santa Ana, que fue fundado por Alfonso de Peralta en 1596. Al ser Bernardino muy aficionado a los escritos de San Bernardo y a la orden por él fundada, el aristócrata alcarreño no negó su ayuda económica ni reparó en gastos hasta que el cenobio quedó concluido, abriendo entonces desde su casa puerta al convento y ventana a su iglesia, para desde ella poder seguir los ritos religiosos. En su testamento, Bernardino de Mendoza legó su casa al convento, muriendo el día 3 de agosto de 1604, según consta en la tosca lápida que hizo colocar en el presbiterio de la iglesia de Torija donde mandó ser enterrado tras su muerte. En ella, junto a una escueta calavera y dos tibias cruzadas, mandó grabar el siguiente epitafio: «Nec timeas nec potes», es decir, «Ni temas ni desees». Por fin Bernardino de Mendoza habitaba en el reino donde no hay comida, ni sueño ni temor ni agrias disputas ni, en definitiva, nada de cuanto constituye el destino de los seres humanos sobre la tierra.





